Molenbeek: el patio trasero del yihadismo europeo

Este barrio de la capital belga es desde hace más de 60 años asiento de familias árabes inmigrantes que vinieron a trabajar; sin embargo, desde 2002 y sobre todo a partir de La Primavera árabe, ...

Bruselas

Todos los jueves el barrio bruselense de Molenbeek se transforma. A medio día, en sus calles flanqueadas por impresionantes edificios art déco que aún transpiran el viejo espíritu europeo, un mar de gente se mueve como en un cuento de Sherezada: mujeres ocultas tras largos velos, hombres con turbantes, jóvenes de negrísimas barbas que comercian en diferentes idiomas. A pie de banqueta se venden especies, frutas, telas y otros productos provenientes de tierras muy lejanas.

De no ser por los edificios, testigos inmutables, este lugar bien podría ser Marrakech, Trípoli, El Cairo o cualquier otra ciudad del mundo árabe; por eso es conocido como “el pequeño Marruecos”. Aquí, desde hace más de 60 años, cientos de personas provenientes en su mayoría del norte de África, Medio Oriente y Asia conviven entre puestos que huelen a todo menos a productos del viejo continente.

Llegar este barrio no es difícil. Desde el centro de Bruselas —la zona más turística con tiendas de diseñador y restaurantes bistró— apenas una breve caminata hacia el noreste conduce al canal de Bruxelas, y justo al otro lado se encuentra Molenbeek. He venido a este barrio porque quiero entender cómo, de ser un lugar donde han convivido por décadas decenas de familias originalmente invitadas a trabajar en la industria belga —principalmente del carbón—, pasó a ser conocido como el semillero más grande de yihadistas de Europa.

Hind Fraihi ha llegado puntual a nuestra cita. La familia marroquí de esta chica morena, de cabello y ojos negrísimos, ha habitado en este lugar desde hace varias generaciones. La reportera belga que aceptó acompañarme conoce a la perfección el lugar y a sus habitantes, hasta las entrañas para ser preciso. Pero también saben quién es ella los habitantes de estas calles de carnicerías halal (que venden los productos autorizados por la ley islámica), locales con luces de neón que anuncian la reparación de celulares y panaderías turcas.

Hace 10 años Hindi llevó a cabo una investigación encubierta en Molenbeek, mucho antes de que este lugar se ligara al intento de atentado de agosto pasado en el tren Thalys, frustrado por dos soldados estadunidenses, al ataque a la revista parisina Charlie Hebdo y a los ataques llevados a cabo en París el pasado viernes 13 de noviembre, en los que murieron al menos 120 personas.

Alertada por su misma familia sobre lo que ocurría en mezquitas y centros culturales, la reportera se infiltró para conocer cómo algunas redes islamistas (quienes practican el Islam más radical) buscaban seducir a jóvenes para que se integraran como combatientes y viajaran a diferentes conflictos armados. Sin mucho esfuerzo, según me contó mientras atravesábamos por unos puestos de comida que dejaban escapar un magnífico olor a pollo asado, la reportera pudo ser testigo de la forma de operación de esos grupos que, en aquel momento, las autoridades belgas no sospechaban siquiera se encontraban en el país.

—Tú infiltración tuvo lugar en 2005, hace 10 años, pero ¿desde cuándo realmente se han estado reclutando combatientes en este lugar? —le pregunté mientras caminábamos apretados entre la gente.

—Pienso que por lo menos dos o tres años antes de mi incursión, en 2003 o 2002.

—¿Qué fue lo que encontraste por entonces?

—Me encontré a gente joven que era influenciada de manera extrema en centros culturales y mezquitas. Había muchísimas publicaciones de cómo vivir como musulmán en una sociedad que consideran pecadora como es la belga; cursos de árabe y sermones de cómo tomar distancia ante los kafirs (como llaman a los “impuros” que no practican el Islam), entre otras cosas.

—¿A qué te refieres cuando dices “de manera extrema”?

—Cuando entrabas en estos lugares encontrabas carteles, panfleto y propaganda para llevar a cabo la yihad, la guerra santa. Hay que aclarar que el extremismo comienza con otra forma de ver los valores universales, la vida —me dijo al llegar a la plaza de San Juan Bautista, epicentro de Molenbeek, donde buscamos un lugar para tomar café—. Los valores (de los grupos radicales) están relacionados solo con el Islam, a ellos les dicen que tienen que ignorar a los que no son como ellos.

—En aquellas publicaciones de las que hablas, ¿había incitación a formar parte de grupos, al odio, a matar, a utilizar armas, a inmolarse?

—Sí. Recuerda que mi infiltración fue antes de que todo esto saliera a la luz en los medios ante la gran cantidad de jóvenes belgas que ahora han ido a Siria a combatir a partir de La Primavera árabe. En ese entonces encontrabas toda esa información sin ninguna restricción en los centros de reunión y en las mezquitas, pero las autoridades no quisieron ver lo que estaba ocurriendo aquí.


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Es difícil comprender cómo un pequeño país como este, de poco más de 10 millones de habitantes y famoso por su cerveza y sus chocolates, haya pasado a ser el semillero más grande de yihadistas europeos hasta el punto de ser conocido como Paquistán de Europa, o como algunos lo han dado en llamar vulgarmente, Belgistán. Sin embargo, según el Centro Internacional de Estudios para la Radicalización (ICSR por sus siglas en inglés), con sede en Londres, Bélgica ha exportado 440 combatientes a diferentes conflictos armados, principalmente a Siria e Irak.

Frente a una humeante taza de café, Fraihi me explica que aquí hay un país dentro de un país. “Podría no tener nada de malo que gente con otra visión del mundo conviviera en un lugar como este, pero a los jóvenes musulmanes se les dice que quienes no son musulmanes son malos, que el otro es el enemigo”.

Insiste en que es importante entender cómo ha sido la historia de una generación que ha crecido en un ambiente muy hostil. Hace énfasis es en el hecho de que cuando nace un bebé de una pareja de extranjeros, sean árabes, latinos o de cualquier otro origen, no adquiere automáticamente la nacionalidad belga, forzosamente necesita que uno de sus padres sea belga, “lo que causa un grave problema de identidad”. Después, al ingresar a la escuela, muchos de los chicos de familias extranjeras se les prohíbe utilizar el idioma de sus padres, “esto te crea un conflicto interno”, insiste.

La comunidad árabe y musulmana (no todos los árabes son musulmanes ni todos los musulmanes son árabes) en Bélgica tiene el estigma de no valorar el trabajo como el belga promedio, y Molenbeek, un barrio de apenas seis kilómetros cuadrados con una media de edad de 34 años, parece ser un buen ejemplo para atizar este sentimiento. Aquí, el 28.6 por ciento de los hombres y el 33.1 por ciento de las mujeres no tiene trabajo.

—En general, los jóvenes aquí sienten que no tienen futuro, están desempleados y no se sienten bienvenidos en un país en el que ellos mismos nacieron y crecieron. Estos jóvenes no tienen voz —dice mirando alrededor.

Al paso del tiempo, y con la policía siguiendo los pasos de grupos radicales, Hind me explica que la forma de enganchar jóvenes ha cambiado. Ahora lo hacen a través de internet. Este fenómeno lo ha estudiado a fondo Pieter Van Ostaeyen, un amante de la cultura árabe y una de las fuentes en Bélgica que más conoce sobre el tema. Antes de mi visita a Molenbeek, me reuní con Van Ostaeyen en Malinas (a media hora al norte de Bruselas).

En 2007, luego de un viaje a Siria, Pieter comenzó a seguir en Twitter a organizaciones radicales de aquel país. Para el momento en que estalló la revolución en 2011, el belga ya se había hecho de cientos de contactos que hablaban y compartían información de organizaciones como el Frente Al Nusra —relacionada con Al Qaeda y que opera en Siria y Libia— y, más tarde, del Estado Islámico (EI). “También me convertí en fuente de información para varios grupos en el Norte de África, que me consideraron una conexión europea”, me dijo.

Hasta el momento de nuestro encuentro, gracias también a las redes sociales, Van Ostaeyen había podido contabilizar 481 muchachos belgas que se encuentran colaborando con grupos radicales en diferentes países; de ellos, a 55 les había perdido la pista al punto de creer que habrían ya fallecido.

Respecto a cómo han abordado las autoridades el problema de la seguridad interior, Van Ostayen me aseguró que es muy complicado, “no hablan árabe o no conocen la forma en que operan las organizaciones ni cómo interactúan. El problema para la seguridad de Europa quizá no sean tanto los que se van, sino los que se quedan, los grandes fanáticos”, me dijo rodeado de recuerdos de viajes a Oriente.

En septiembre de 2014 la universidad de Lovaina le solicitó a Johan Leman, destacado antropólogo y presidente del Centro de Integración Foyer, ubicado en el mismo barrio de Molenbeek, una conferencia sobre radicalismo.

Hasta entonces, el académico no había tenido contacto con ninguna familia en al cual algún integrante hubiera viajado al extranjero a combatir como yihadista. Pero pronto los trabajadores sociales de Foyer pudieron localizar, solo en Molenbeek, a ocho familias, y después a otras tantas en las ciudades de Amberes, Vilvoorde y Kortrijk. “Al final fueron 20 familias las que entrevisté”, me dijo en las oficinas de Foyer al visitar el barrio con Hind.

Leman aclaró que no existe una sola razón por la que los jóvenes que viven con el relativo confort social y económico que ofrece Bélgica hayan partido a la guerra. Sin embargo, luego de las múltiples conversaciones que sostuvo encontró que había ciertas diferencias y afinidades entre los que viajaron entre 2012 y 2014 a Siria.

En el primer año, me dijo, los muchachos fueron con un ánimo revolucionario, “esos jóvenes eran un poco dogmáticos, marginales, con un pasado criminal, y no sentían que tenían un lugar en este país; aquí la propaganda se extiende por internet. En 2013 creo que eran más aventureros, en ese momento descubrieron una identidad, que podían sentirse alguien allá en Siria y participar en una sociedad islámica. En 2014, curiosamente, hay más mujeres y más jóvenes, las razones se multiplican y entonces llega el Califato del EI, su reclamo de dominio religioso sobre todo los países musulmanes.

En 2015 parece que otra fase ha arrancado. Tras los atentados del 13 de noviembre en París, dos vehículos condujeron a las autoridades a Bélgica al barrio de Molenbeek. Los atacantes suicidas habían partido de aquí, del “pequeño Marruecos”, del barrio donde Hind creció, del “patio trasero del yihadismo europeo”.