Merkel y Wowereit, rostros de la Alemania que trazó Schäuble

La canciller alemana y el alcalde de Berlín, la ciudad que vivió de manera especial la reunificación, son símbolos del nuevo país diseñadopor el hoy ministro de Finanzas, Wolfang Schäuble.
Angela Merkel, canciller de una Alemania que veinte años después de la caída del Muro de Berlín lidera la Unión Europea
Angela Merkel, canciller de una Alemania que veinte años después de la caída del Muro de Berlín lidera la Unión Europea (EFE)

Berlín

La canciller Angela Merkel y el alcalde Klaus Wowereit son los rostros más representativos de la Alemania y el Berlín de hoy, surgidos de la transformación que imprimió una reunificación que fue trazada por el ahora ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble.

"Ninguna otra capital europea y ningún otro país han vivido una metamorfosis tan profunda, en el fondo como en la forma, en su superficie y en su papel en el mundo, como éstos", afirma Wowereit, autor de la frase "pobre, pero sexy" con que un día definió a la ciudad-estado y capital de Alemania.

De ciudad mártir de la Guerra Fría, Berlín pasó a asumir la capitalidad de la primera economía europea, con la revolución urbanística y social que exigía una ciudad sin tejido industrial ni poder económico propios, recordaba el alcalde en un encuentro con medios extranjeros.

Merkel, crecida en territorio comunista y que irrumpió en política apadrinada por el "canciller de la reunificación", Helmut Kohl, lidera la Alemania de hoy; una mujer poderosa que no quiere ser tachada de prepotente y que representa la generación política liberada de lastres del pasado.

"No pertenece ya a la Alemania de los que crecieron sin padre, la situación general en la posguerra, sea porque éste había muerto, desaparecido, huido o caído prisionero. Tampoco a los que se rebelaron contra la jerarquía paterna vinculada al nazismo", explicaba recientemente el hombre fuerte de su gobierno, Schäuble.

Titular de Interior con Kohl, Schäuble fue figura clave en el proceso impulsado tras la caída del muro, el 9 de noviembre de 1989, que culminó en el Tratado de Unidad, el 3 de octubre de 1990.

Mientras Kohl negociaba con los líderes de las potencias vencedoras de la II Guerra Mundial, los socios de la Unión Europea (UE) y de la República Democrática Alemana (RDA), a él le correspondió plasmar en papel los resultados de esos acuerdos.

"Surgieron más problemas técnicos que políticos", afirmaba Schäuble en un acto previo al aniversario de la caída del muro, donde destacó que ni el líder soviético Mijaíl Gorbachov ni el estadunidense George Bush (padre) temían a una Alemania fuerte.

Schäuble estampó su firma en el Tratado de Unidad por parte de la República Federal de Alemania (RFA), mientras que por la RDA lo hizo Lothar de Maizière, el último jefe de gobierno de un país que sellaba con esa firma su extinción.

El ahora ministro de Finanzas de Merkel era por entonces el delfín de Kohl y tal vez la persona que mejor conoce la letra grande y la pequeña del Tratado, origen de la actual RFA en la que se integró la RDA.

Dos sacudidas marcaron la trayectoria posterior de Schäuble: el atentado cometido contra él por un enajenado, en 1991, que le dejó en silla de ruedas; y su ruptura en 1999 con Kohl, retirado tras su derrota ante al socialdemócrata Gerhard Schröder e inmerso en el escándalo de la financiación irregular de la Unión Cristianodemócrata (CDU).

El caso de las cuentas secretas salpicó a Schäuble, que renunció a presidir la CDU y a ser el sucesor programado por Kohl; Merkel asumía ese puesto en 2000, con una llamada al partido a emanciparse del patriarca.

Merkel hizo historia por partida doble en 2005, al convertirse en la primera mujer y del antiguo territorio de la RDA que llegaba a la Cancillería de una Alemania fuerte, a la que ella imprimió un estilo de liderazgo que huye de las estridencias, pero donde impone su ley.

En las antípodas de ese carácter se sitúa Wowereit, el socialdemócrata que llegó a la alcaldía de la ciudad-estado en 2001 tras proclamar su homosexualidad y al que la prensa populista apoda el "party-boy", por ser presencia obligada en todas las fiestas.

Justificado o no el término, bajo su gestión Berlín cambió de piel urbanísticamente y acogió a la legión de funcionariado derivada de la mudanza de capitalidad -de Bonn a Berlín-, sin perder la reputación de capital atípica y con "feeling" para la contracultura.

Dos lamparones precipitaron su retirada, prevista para este diciembre: la especulación inmobiliaria, que ha hecho mella en una capital aún con fama de barata respecto a París, Londres o Madrid; y el escándalo del nuevo aeropuerto de Berlín, cuya inauguración acumula un retraso de tres años y sigue postergada indefinidamente.

"No todo puede salirnos bien en esta vida", argumenta Wowereit, mientras se prepara para presidir este domingo su último gran acto como alcalde: el 25 aniversario de la caída del muro, "el día más feliz en la vida de muchos berlineses".