Mandela descansa al fin en su paraíso de Qunu

Luego de diez días de duelo, ayer fue enterrado el primer presidente negro de su país y vencedor del apartheid.
Familiares de "Madiba" le dan el último adiós en la ceremonia en Qunu.
Familiares de "Madiba" le dan el último adiós en la ceremonia en Qunu. (Reuters)

Qunu

Luego de diez días de duelo, ayer fue enterrado el primer presidente negro de su país y vencedor del apartheid

Nelson Mandela fue enterrado ayer en el pueblo en el que pasó sus años más felices y del que se fue para completar un periplo extraordinario que redimió a un país al derrocar al régimen racista del apartheid y enamoró al mundo tras resistir una condena de 27 años de cárcel para convertirse poco después en el primer presidente negro de Sudáfrica.

Una escuadrilla de aviones militares y 21 salvas saludaron el traslado de Mandela al sitio donde fue enterrado, Qunu, provincia de Cabo Oriental (sudeste), en un día soleado y hermoso.

Los funerales y el traslado al camposanto, en la casa de la familia Mandela, tuvo carácter de Estado: el féretro fue envuelto en la bandera sudafricana y custodiado por militares. Luego, el entierro fue privado y bajo los ritos de la etnia xhosa.

Antes, se celebró un funeral en una gran carpa al que estaban invitadas 4 mil 500 personas. Un gran retrato suyo presidía el estrado y a sus pies 95 velas fueron dispuestas en forma de media luna.

“Recuerdo al hombre alto, saludable, fuerte, al boxeador”, dijo a los dolientes su amigo íntimo Ahmed Kathrada, que pasó con él 18 años en la prisión de Robben Island y que pronunció un emotivo discurso. “Caminamos codo a codo por el valle de la muerte, siempre apoyándonos [...] He perdido a un hermano, no sé con quién hablaré.”

Su nieta Nani evocó al abuelo “gran narrador de historias” que les recordaba sus obligaciones “para prepararnos para ser mejores”.

En la ceremonia se interpretó el himno nacional y varias canciones, una de ellas “Lizalis idinga khalo” (“Cumple tu promesa”).

Entre los asistentes estuvo finalmente el arzobispo y Nobel de la Paz, Desmond Tutu, viejo amigo de Mandela —también Nobel de la Paz—, que el sábado dijo no haber sido invitado, la viuda Graça Machel y su segunda esposa, Winnie Mandela.

También el activista y reverendo estadunidense Jesse Jackson, el magnate británico Richard Branson, el ex premier  francés Lionel Jospin, el político norirlandés Gerry Adams, la presentadora de la tv estadunidense Oprah Winfrey y los actores Forrest Whitaker e Idris Elba, que encarnó a Mandela en la gran pantalla.

El líder sudafricano, muerto el 5 de diciembre con 95 años, fue enterrado en una ceremonia íntima bajo el rito de la etnia xhosa, que incluyó el sacrificio de un buey.

La familia, amigos, viejos camaradas de lucha, militares y líderes tribales asistieron a la sepultura. En total, unas 450 personas entre las que estaban Branson, Tutu y Winfrey.

En todo el país se instalaron decenas de pantallas gigantes para seguir las honras fúnebres.

Hace casi 90 años el niño Nelson Mandela correteaba por las calles y el paisaje verde y ondulado de Qunu. Rolihlahla Mandela, su nombre original, vivió aquí hasta los 9 años, muy cerca del lugar donde había nacido, en Mvezo.

“El pueblo de Qunu estaba situado en un valle verde, estrecho [...] Allí no vivían más que unos pocos cientos de personas”, cuenta Mandela en sus memorias El largo camino hacia la libertad.

Cuando Nelson Mandela era niño le asignaron un nombre europeo en la escuela. Le llamaron Nelson, “quizá tuvo algo que ver con el gran almirante inglés”, decía Mandela.

Tras la muerte de su padre, la madre de Mandela decidió que su porvenir estaba en otro lado y lo mandó a criarse con el regente de la tribu.

Luego vendría un periplo extraordinario: los años de formación y trabajo en Johannesburgo, el activismo político, la cárcel, la presidencia, los honores y la muerte.

Pero Mandela nunca olvidó Qunu y volvió y se construyó una casa en cuya tierra fue enterrado, junto a una pequeña colina, una modesta aldea rodeada de praderas, después de diez días de luto oficial, tiempo en el que hubo espacio para la consternación por la noticia, la celebración de su legado, la tristeza de la capilla ardiente y el emocionado último adiós en su sepelio.