Al Maliki, el gobernante que se volvió “incómo” para todos

El 'premier' empieza a ser molesto, no solo para Washington, pues en este país, kurdos, sunitas y chiistas lo confrontan.
El primer ministro chiita ganó las elecciones parlamentarias hace tres meses.
El primer ministro chiita ganó las elecciones parlamentarias hace tres meses. (Karim Kadim-AP)

Bagdad

Hace dos meses el primer ministro iraquí, Nuri al Maliki, festejaba una nueva victoria electoral. Su formación, la Alianza Estado de Derecho, había ganado las elecciones parlamentarias y todo apuntaba hacia un tercer mandato del chiita de 63 años. Pero el avance en el norte del grupo terrorista sunita Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL) ha hecho que su poder se tambalee y comience la lucha por sucederle.

Cada vez hay más voces que piden la retirada de Al Maliki, no solo desde el extranjero, sino desde el propio Irak. La Alianza Estado de Derecho cuenta con más de 90 escaños en el Parlamento pero necesita pactar con otros partidos para conseguir una mayoría que le permita formar gobierno.

Y ninguno de los grandes grupos políticos parece estar dispuesto a dar su apoyo a Al Maliki. Los kurdos, que hasta ahora estaban representados en el gobierno, no quieren que sea reelegido. Y por supuesto tampoco las fuerzas sunitas, que desde hace tiempo se sienten discriminadas por el autoritario Al Maliki.

El principal bloque sunita, Al Muttahidun, aboga por la formación de un gobierno de salvación nacional encabezado por un sunita, un chiita y un kurdo.

Al Maliki ya ni siquiera cuenta con un respaldo sin fisuras entre los chiitas. En Basora, de mayoría chiita, se palpa desde hace tiempo el descontento con el gobierno de Bagdad. Los habitantes de esta ciudad —situada en el sur de Irak— se sienten dominados por “el látigo” del gobierno central de la capital.

También el gran ayatola Alí al Sistani, la máxima autoridad religiosa chiita, lanzó recientemente un mensaje a Al Maliki desde la ciudad santa de Kerbala.

El ayatola —cuya voz también tiene un fuerte peso político— pidió en el rezo del viernes que se forme un nuevo gabinete que incluya a las grandes fuerzas políticas y evite los errores del Ejecutivo anterior.

El gobierno de Al Maliki —dominado por musulmanes chiitas— ha marginado de forma sistemática a los musulmanes sunitas, preparando así el camino para la actual crisis desatada por el avance del EIIL.

Ahora, al final del segundo mandato de Al Maliki, el país no solo está al borde de una nueva guerra civil, sino de la división.

Por Bagdad circulan ya desde hace tiempo varios nombres de quienes podrían dirigir el futuro gobierno. Se habla del economista Adil Abd al Mahdi, ministro de Finanzas tras la caída de Sadam Husein, en 2003, y vicepresidente hasta 2011, y del ministro de Educación y Ciencia, Ali al Adib, compañero de partido de Al Maliki.

Al parecer también optaría al puesto Ahmed Chalabi, quien estuvo al frente de la oposición en el extranjero durante la época de Husein, y que contaba entonces con el apoyo de Washington.

Sin embargo, los partidos iraquíes están actualmente tan enfrentados que parece muy difícil que puedan alcanzar un acuerdo sobre un candidato de compromiso. Y Al Maliki no está dispuesto a dejar su sitio. De hecho, está intentado aprovechar la actual crisis para aumentar su poder.

Después de que el Parlamento se opusiera a su petición de declarar el estado de emergencia en Irak, Al Maliki comenzó a dialogar con representantes de otros grupos políticos. Pero al mismo tiempo empezó a pagar a voluntarios contrarios a los yijadistas, reduciendo así la influencia del ejército regular.

Los analistas del International Crisis Group (ICG) resumen así la situación: “Con el primer ministro Al Maliki se debilitó el aparato de seguridad y el Parlamento y otras instituciones quedaron desmembradas”.

En su opinión, si no se toman otras medidas, una intervención militar de Estados Unidos no serviría de mucho, e incluso podría empeorar la situación. Una sublevación solo se puede combatir con éxito con un ejército efectivo, una policía reconocida y un líder político legítimo, asegura el ICG. Y tras ocho años de gobierno de Al Maliki, Irak carece de todo ello.