Argentina: la cruda de otra fiesta peronista

“Los Kirchner hicieron lo mismo que el general en 1945; hay que buscarle ya una vuelta democrática a estos neopopulismos”, exige Juan José Sebrelli.
Argentina
(Reuters)

Buenos Aires

Autor de Comediantes y mártires, un ensayo contra los mitos, Juan José Sebrelli (Buenos Aires, 1930) es un intelectual independiente de una prosa exquisita y mirada aguda al examinar con precisión quirúrgica las “contradicciones rabiosas y las paradojas flagrantes” en cuatro personajes argentinos: el gusto por la alta costura y el “sentido de venganza” de Evita Perón; el “desganado oportunismo” del cantante Carlos Gardel, elevado a leyenda tras la tragedia; las inhabilidades de Ernesto Che Guevara como conductor político y su imposición de conductas heroicas; o la “frivolidad prepotente” y los devaneos del futbolista Diego Maradona.

Este filósofo cobró celebridad en los años sesenta por su primer libro, Buenos Aires, vida cotidiana y alienación. Luego desplegó su conocimiento del fenómeno peronista en Historia de las ideas políticas argentinas, publicado en plena crisis de 2002 y que le abrió las puertas a la era de Néstor y Cristina Kirchner. Nadie mejor dotado que Sebrelli para examinar los dilemas de Argentina hoy, ante la insostenible deuda que llevó al país a la segunda suspensión de pagos en una década y a la cruda de otra fiesta peronista. Vive en un sexto piso atestado de libros del barrio de Recoleta, desde donde ha visto las metamorfosis de Buenos Aires, ciudad de siempre rebelde, para plasmarlas en su obra.


Usted es conocido por ser un iconoclasta y un librepensador alguna vez tentado a ser militante. ¿Lo intentaría de nuevo?

Siempre me moví en la periferia. Como intelectual soy un solitario, que trabaja con libros; no me encuentro bien en los grupos, por una cuestión personal. Llegué a la conclusión que el intelectual no debe ser nunca un político, debe complementarse con el político, pero no puede fusionarse con él. Los políticos, salvo rarísimas excepciones en el mundo, no pueden ser a la vez intelectuales y hombres de acción, como lo fue Domingo Sarmiento en el siglo XIX argentino.


¿Cuál es el rol político del intelectual en las crisis?

Un intelectual puede asesorar o emitir una opinión. El político no puede decir siempre la verdad; pero el intelectual siempre tiene que decir la verdad, aunque sea nefasta. Es una diferencia fundamental. El pensamiento intelectual es lento y la rapidez vertiginosa del político los hace diferentes. Nunca voy a serlo. En una elección siempre me comprometo y opto por el mal menor, porque no hay en Argentina un líder ni ningún partido con quien me pueda identificar. Después soy maldecido y condenado por los compromisos fugaces en una elección, por el apoyo débil de un mal menor. Se piensa siempre que estoy detrás de alguien, pero no hay tal cosa. La filosofía política como teoría siempre me apasionó, en todos mis libros siempre hay un trasfondo político; pero nunca me atrajo la militancia política.


¿Entre sus libros, cuáles son los mayores temas intelectuales?

Mi primer libro, que me hizo conocido, es sobre la ciudad de Buenos Aires. Son dos cosas que me han cautivado siempre, la sociología de la ciudad y la sociología de la vida cotidiana. Cuando los toqué en la década del sesenta no existía la sociología urbana ni de la vida cotidiana. Después vino un boom, pero era tema inédito cuando lo escribí, me tuve que basar en novelas y crónicas periodísticas.


¿Luego vino su pasión por las ideas políticas y el peronismo?

Sí, después me apasionó el estudio del fenómeno peronista y el populismo. Junto con ello, está el tema del nacionalismo, que son dos cosas casi iguales, populismo y nacionalismo. Y las únicas militancias que pude haber tenido no han sido en partidos políticos. Fundamos el Frente de Liberación Homosexual en la década del setenta, cuando en Argentina era algo condenado, y fue pionero, después, del movimiento de Estados Unidos. Se autodisolvió por el peligro de la persecución, cuando llega López Rega (secretario privado de Perón, y mano derecha de la presidenta Isabel de Perón).


¿Dónde encuentra su lugar como intelectual en la Argentina?

Después viene el movimiento de democracia global, que tiene conexiones en el mundo a favor de un parlamento mundial, extranacional. En mis libros siempre he condenado al nacionalismo, incluso el concepto de nación es un concepto en declinación. Está ligado a mi fascinación por la ciudad, porque la civilización es la ciudad, no la nación. Existía Atenas y no existía Grecia, existía Roma y no existía Italia, las ciudades existirán siempre, aunque se conviertan en megalópolis, como la Ciudad de México. Y las naciones surgen en el siglo XVIII o XIX, pero algunas ya se deshicieron en el siglo XX, eran ilusiones. Las grandes decisiones a finales de este siglo así como las políticas internacionales, deberían quedar en manos de organizaciones transnacionales, con políticas democráticas.


¿Cómo sobrevive el peronismo en ese mundo?

La sociedad argentina no es democrática, ha tenido 40 años de regímenes no democráticos. No hay una cultura democrática. Del mismo modo que Rusia no lo es. Alemania no lo fue tampoco. Lo que pasa es que en Alemania no quedó piedra sobre piedra, fue destruida íntegramente y estuvo bajo régimen de ocupación durante varios años. Esa es la diferencia, lo mismo pasó con Japón, que estaba en la edad media feudal y de pronto se convirtió en una sociedad democrática normal, porque la ocupación la impactó. Un militar estadunidense gobernó Japón después de la guerra e impuso la democracia. Allí salió bien, pero en los países árabes la imposición democrática no sale bien cuando Estados Unidos lo intenta, porque están otros factores que la dejan a medias. En Alemania, fue construir un país a partir de cero, y en Italia el fascismo ya estaba muy desprestigiado en los últimos tiempos.


Usted dice que el peronismo se coloca entre el bonapartismo y el fascismo ¿sigue esa tendencia ahora?

Esos fenómenos no son argentinos. Los peronistas creen que el peronismo es una originalidad argentina, que la política latinoamericana no tiene nada qué ver con la europea y piensan que no podemos juzgarla con los mismos cánones. Esa es una mentira. Los análisis más profundos de fenómenos, similares al chavismo y al peronismo, ya han sido estudiados desde el siglo XIX, y pongo dos ejemplos clásicos: Marx con su 18 brumario de Luis Bonaparte, y Marx Weber, con el nombre de cesarismo plebiscitado, son fenómenos mundiales de todos los tiempos.


El presidente venezolano Nicolás Maduro habla de fascismo para criticar a la oposición en su país…

Pero él es más fascista, si se conoce bien el fenómeno histórico. El fascismo es una forma radicalizada del populismo extremo, y el populismo es una forma moderada del fascismo. Pero los populismos son regímenes fascistas, Perón, directamente lo dijo. No soy yo quien lo califica de fascista. Perón reivindicó siempre al fascismo. Después de la caída del fascismo, en sus dos libros, Latinoamérica, ahora o nunca y en La hora de los pueblos, folletos en realidad, Perón dice que una de las grandes transformaciones de nuestra época es el fascismo. Y después dice, en una entrevista, que su gran educación política la recibió en Milán, en curos de política fascista. Él vivió un año en la Italia fascista, donde quedó fascinado por Mussolini. Aún así, los límites son imprecisos. Me dicen, por ejemplo, que el peronismo no es antisemita; y Mussolini no lo era tampoco hasta el pacto con Hitler. Incluso había judíos italianos afiliados al partido fascista, porque el antisemitismo no define al fascismo. El antisemitismo es típico del nacional socialismo hitleriano o de otras sociedades no nazis, donde el antisemitismo era parte de su cultura política, como Polonia y Austria.


¿Cuáles son las diferencias de los populismos en la historia?

Hay que estudiar las diferencias entre el bonapartismo o el cesarismo plebiscitado, o el populismo en las décadas cuarenta y cincuenta del siglo XX, en su época de oro, la época de Perón, de Getulio Vargas en Brasil y de Paz Estensoro en Paraguay, y compararlos con el neopopulismo latinoamericano de hoy. Hay diferencia con las tiranías sangrientas de aquella época, que ya no están en el curso del mundo. Ahora hay más libertad. Con todo, Hugo Chávez en Venezuela, que admiraba a Perón, era mucho más democrático que él. Los Kirchner persiguen a la prensa, pero son mucho más democráticos que Perón, que no se preocupaba de hablar contra los periodistas. Cerraba directamente los periódicos. Hay que buscarle una vuelta democrática al neopopulismo actual; el peronismo clásico se apoyaba en dos poderes fundamentales, que son Ejército y la Iglesia, en el caso Chávez el ejército sigue.


¿Cómo se explica el peronismo en un mundo donde han crecido las libertades?

Es una pregunta realmente buena. El peronismo es antiliberal y antidemocrático. Primero, la sociedad argentina no es democrática. Argentina ha tenido 40 años de regímenes no democráticos. No hay una cultura política democrática. Del mismo modo que Rusia no lo es y Alemania no lo fue tampoco. Lo que pasa es que en Alemania no quedó piedra sobre piedra, fue destruida íntegramente y estuvo bajo régimen de ocupación durante varios años. Esa es la diferencia, lo mismo pasó con Japón, que era la edad media feudal y de pronto se convirtió en una sociedad democrática normal, porque la ocupación la impactó. Un militar estadunidense gobernó Japón después de la guerra e impuso la democracia. Allí salió bien, pero en los países árabes la imposición democrática no sale bien cuando Estados Unidos lo intenta, porque están otros factores que la dejan a medias. En Alemania fue construir un nuevo país a partir de cero después de la Segunda Guerra Mundial, no sé cómo salió bien, y en Italia el fascismo ya estaba muy desprestigiado en los últimos tiempos.


¿Y cómo sobrevive el peronismo?

El peronismo es el populismo argentino, que tiene una gran atracción para las masas. Es como una droga, la famosa fiesta peronista del general que duró cinco años. La gente dice que duró 10 años. No. Fueron apenas cuatro años porque en seguida comenzó la crisis. El populismo peronista es tirar la casa por la ventana. Todo mundo tiene plata, todo el mundo compra, es el consumismo, es atractivo para todas las clases. La clase alta vive bien con populismo o sin populismo, y en las crisis también, porque especula con la inflación. Pero en las clases bajas y medias es diferente, conocen un esplendor pasajero. Es una gran fiesta y un esplendor que siempre hay que pagar después. Y siempre dura más o menos cinco años. La de Perón, que era una más próspera que la actual, termina en 1949. Perón asume en 1946. Fue una fiesta inolvidable. Ahora también hay que pagar.


¿Cómo ha sido la fiesta del kirchenrismo?

Todo lo que han hecho los Kirchner es una repetición, calcada, con puntos y comas, de lo que se hizo en el año 45, con algunos toques ideológicos de los setenta, pero básicamente es el año 45. El peronismo histórico se repitió en los setenta cuando vuelve Perón del exilio en 1973. La gente no se da cuenta de que eso trae inflación, que eso hay que pagarlo después, y termina siempre mal. Ya vivimos varias crisis inflacionarias por los mismos motivos, de tirar la casa por la ventana. Es gastar más de lo que entra. Son cuestiones elementales que las pude entender una ama de casa. No hace falta ser economista para entender la trampa populista. Pero la gente no lo entiende. El modelo consumista antiexportador, de subsidios a las industrias no competitivas. Todo ese mundo no se financia sino con dos cosas: con inflación y endeudamiento. Ahora no hay forma de endeudarnos más porque nadie nos presta un peso, nadie presta nada a Argentina; entonces queda el saqueo del Banco Central, de las cajas de jubilaciones y saquear de donde se pueda, metiendo la mano en el bolsillo. Esa fiesta siempre termina mal, con crisis horribles; pero la gente vive siempre en el cortísimo plazo. Hoy puede disfrutar, salir a Miami, cambiar el auto, salir a cenar todos los días afuera, y no les importa nada que eso no puede durar, porque el país no produce.


¿Y adonde va la Argentina otra vez?

Si nunca se puede saber qué pasará en el mundo en un año o un año y medio, en la Argentina menos. El futuro será lo queramos que sea. Me gustaría un país socialdemócrata, pero falta una sociedad que sea socialdemócrata, en la Argentina no la hay. En Argentina lo que hay son conservadores retrógrados de la clase alta, o el populismo, que puede ser de derecha e izquierda.