Lección en las urnas del gigante africano

Con 174 millones de habitantes, 53% cristianos y 41% musulmanes, el país es ya la primera economía de África.
Jonathan aseguró la transición.
Jonathan aseguró la transición. (EFE)

París

Durante cuatro días de suspenso electoral, Nigeria vivió un miedo mortal. Luego, en un cambio cuyo secreto solamente lo tiene el país más poblado de África, una elección presidencial que amenazaba terminar en un baño de sangre concluyó pacíficamente. Nada más simple, en apariencia: un presidente saliente fue vencido en las urnas.

Goodluck Jonathan, en el poder desde 2010, aceptó su derrota y felicitó a su rival, Muhammadu Buhari. Se había comprometido con sus seguidores a utilizar la vía legal hacer valer sus derechos, ahí donde esto se justifique, y declaró: “Prometi al país elecciones libres y justas. Mantengo mi palabra. (…) Ninguna ambición personal vale la sangre de un nigeriano”. Nunca antes un jefe de Estado elegido había concedido la alternancia en la historia del país.

Nadie sabe a ciencia cierta lo que reserva una administración Buhari en una Nigeria donde la vía política raramente ha estado exenta de violencias. Pero lo que primó el martes 31 de marzos, el día de proclamación de los resultados, es la serie de demostraciones establecida por la derrota “heroica” del saliente, y la esperanza de que ésta refleje un verdadero giro. (...) El presidente perdió, pero Nigeria ganó. Lo que fue sancionado es la mala gestión, el desempleo, las desigualdades, las universidades en ruina y la incapacidad de luchar contra la secta Boko Haram. Y el dinero loco de una élite corrupta que vive en las nubes y que sólo se desplaza en jets privados.

Sumas astronómicas fueron repartidas para intentar comprar la victoria. Pero ya no se compra fácilmente a los electores nigerianos. Tampoco se les conduce en masa hacia las urnas por el simple miedo a la violencia o la fuerza de sus adhesiones religiosas y étnicas. Ellos votaron con una paciencia admirable.

Esta energía, el deseo de incidir en las opciones de la nación dan a las democracias fatigadas de sí mismas, en otras partes del mundo, una lección de esperanza.  Es importante que ésta provenga de África y que no se lo debe a nadie. Ninguna potencia extranjera dictó a Nigeria el camino de su esperanza.