Lampedusa: conmoverse, pero también actuar/I

El drama de los casi 360 muertos africanos frente a las costas italianas, de los cuales solo se ha recuperado hasta ahora la mitad de los cuerpos, vuelve a interpelar a Europa
Soldados siguen rescatando los cuerpos de náufragos.
Soldados siguen rescatando los cuerpos de náufragos. (Roberto Salomone/AFP)

París

Hay que conmoverse, por supuesto. Al menos 150 muertos y 200 desaparecidos, tal es el balance hasta el momento del naufragio de una embarcación frente a la ciudad italiana de Lampedusa con centenares de inmigrantes de África, en su mayoría de Somalia y Eritrea, que pagaron además un alto costo por el viaje al dueño de un barco.

El papa Francisco se indigna, la alcaldesa de Lampedusa bañada en lágrimas afirma que es necesario que esta tragedia se traduzca en imágenes porque de lo contrario nunca habrá existido, y el gobierno de Italia da la medida del drama al anunciar un día de duelo nacional.

El tiempo de la emoción es totalmente merecido para todas y todos los que murieron en el Mediterráneo en los últimos años, sin sepultura las más de las veces ni conmemoración, al menos 16 mil personas desde hace dos décadas, como también para los sobrevivientes que enfrentaron el horror de la travesía pero también las condiciones deplorables de la clandestinidad en la cual los gobiernos europeos han decidido encerrarlos.

Crear “clandestinos” ha sido una decisión de los Estados (que también pueden, en otro contexto, buscar cómo “regularizarlos”).

¿Cuánta conmoción hará falta para que dejen de emocionarse y comiencen a reflexionar en los dispositivos mortíferos que Europa aplica desde finales de la década de 1990 contra los inmigrantes para hacer la clasificación excluyente de los indeseables (ellos vienen sobre todo de los países llamados del “Sur”), rechazándolos con violencia o manteniéndolos en una clandestinidad que propicia la sobreexplotación de su trabajo?

Es cierto que hay detrás del reconocimiento ante la dimensión de los daños humanos de esta “guerra” del nuevo siglo, una guerra que pasa por el emparedamiento de los territorios y el control de los flujos migratorios.

Incluyamos también en la conmoción del pasado 3 de octubre frente a las costas italianas a todas y todos los que entre febrero y junio de 2011, durante los primeros meses de las revueltas árabes, perecieron en el “Muro” Meditarráneo —mil 500 muertos según el Alto comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

Ni “inmigrantes” (ya que no pudieron llegar), ni “refugiados” (ya que no pudieron hacer su pedido de asilo), tampoco “clandestinos” (el derecho no ha definido aún su condición), ellos son muertos “de migración” durante su desplazamiento.

No obstante, es precisamente esta movilidad, tan preciada y valorizada como la marca de un mundo cosmopolita moderno y fluido cuando hablamos de nuestras vidas, el blanco de las policías y de los gobiernos nacionales cuando hablamos de ellos como de los “otros”.

Y la movilidad es todavía la cuestión central, asociada a la de la igualdad, cuando nos preguntamos sobre la formación y el reparto de un “mundo común” a la escala… del mundo.

Las políticas públicas de disuasión de la migración fueron coordinadas al nivel europeo desde comienzos de los años 2000. Los gobiernos de Francia, Gran Bretaña, Alemania e Italia, con la colaboración entonces de la ACNUR, comenzaron a imaginar los reglamentos limitando el ejercicio del derecho de asilo (declarado en 1948), reduciéndolo en algunos países a nada, y el control creciente de las migraciones y de las fronteras (creación de la agencia de policía europea Frontex en 2005).