El asesino que esquivó a la CIA en México

Seis semanas antes de asesinar a Kennedy, Lee Harvey Oswald estuvo en México. La CIA le siguió la pista, pero a 50 años, no logran establecer si su visita tenía relación con sus planes.
Lee Harvey Oswald, acusado de matar a John F. Kennedy.
Lee Harvey Oswald, acusado de matar a John F. Kennedy.

Ciudad de México

Desde las ventanas de un departamento en el segundo piso de una calle de la colonia Condesa, dos cámaras fotográficas se disparan cada vez que se abren las puertas del edificio de enfrente. 

Es la última tecnología de la época: cámaras que se activan con sensores de luz.  Los objetivos apuntan a las puertas de la embajada cubana de la Ciudad de México, donde el enemigo podría tramar un ataque. Pero cuando cruza el asesino de John F. Kennedy, las cámaras no disparan.

Cualquiera que entre o salga de ahí es materia del espionaje norteamericano. Hay rasgos: llevan la etiqueta de sospechosos todos autos con placas estadunidenses que se paren enfrente, todos los que hablen inglés, o ruso, toda la gente que entre después de las horas de operación.

Los mexicanos que operan las cámaras -algunas son automáticas- están entrenados para identificar extranjeros. Buscan a desertores -traidores a la patria-, agentes dobles y sujetos que pudieran reclutarse para trabajar como espías de los Estados Unidos.

Se rumora de un túnel secreto que conecta a la embajada cubana con la soviética a tan sólo unos metros  de ahí: el gran centro de espionaje y contraespionaje de la Guerra Fría en América Latina.  Frente a la embajada soviética, otras tres cámaras estadunidenses apuntan al patio y a las dos entradas.

Alrededor de las 11 de la mañana del 27 de septiembre de 1963, entró al Consulado cubano un hombre de unos 35 años, rubio, de mediana estatura. 

Dijo llamarse Lee Oswald, mostró un pasaporte estadunidense, y documentos que probaban que había vivido en la URSS durante tres años, y su matrimonio con una mujer rusa con la que tenía un hijo. Dijo que era miembro de la organización Fair Play for Cuba, en Nueva Orleans.  Solicitó una visa de tránsito para ir a Cuba. Su destino final era la URSS.

Ninguna de las cámaras captó la entrada del hombre que desde lejos cumplía con las calificaciones para que las lentes lo siguieran:  un anglosajón en la embajada cubana.

Silvia Tirado, la secretaria mexicana que atendió a Oswald, lo mandó a tomarse fotografías a un lugar cercano. Regresó alrededor de la 1 pm con las fotos que ella engrapó a la solicitud. Pero la visa,  le dijo Silvia, tardaría semanas y tenía que ser aprobada en La Habana. Oswald se exasperó.  El cónsul Eugenio Ascué apareció y le dijo que si ya tenía la visa rusa, podía emitirle inmediatamente la cubana.  El hombre regresó después de las 4 de la tarde. Dijo que venía de la embajada soviética, donde estaban por emitirle la visa. 

Tirado, una mujer de 25 años, rubia, atractiva, con lazos comunistas  y casada con un primo de la escritora Elena Garro, salió de sus funciones habituales y llamó a la embajada soviética. La visa de Oswald tardaría cuatro meses. Oswald se enojó. Le urgía pisar territorio soviético, era miembro del clandestino partido comunista en Estados Unidos, había estado preso en su país por sus posturas políticas, y ahora, soviéticos y cubanos le dificultaban el ingreso a sus países. 

La visa cubana de Oswald llegó a México el 10 de octubre, pero nunca fue por ella. 

 

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El   22 de noviembre,  el día de su cumpleaños, Silvia estaba en el trabajo cuando una compañera le avisó que el presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy había sido asesinado de tres disparos en Dallas, Texas.  Tirado llamó a su esposo, Horacio Durán, un diseñador industrial y maestro universitario con quien tenía una hija de tres años.  Por la noche,  Tirado escuchó el nombre del homicida: Lee Harvey Oswald.  Se acordó del visitante a la embajada cubana. 

Algo le había parecido extraño de ese hombre -así lo dijo en un interrogatorio al que la sometió un comité estadunidense en 1978: haber cruzado la frontera por Nuevo Laredo con todos esos documentos que probaban su filiación comunista en plena Guerra Fría; la urgencia por obtener la visa; su rabia excesiva cuando no se la otorgaron inmediatamente.  Pero le costaba trabajo creer que fuera el asesino. Más bien parecía un hombre débil, dijo Silvia años después. 

Al día siguiente, la Dirección Federal de Seguridad,  la agencia de inteligencia mexicana, detuvo a Silvia Tirado de Durán, su esposo, su cuñado Rubén Durán y su cuñada.  Fernando Gutiérrez Barrios, el subdirector de la DFS, la interrogó personalmente.  La dejaron ir.  Dos días después, la detuvieron nuevamente. 

 

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1963. Europa está dividida por la cortina de hierro y en América el comunismo ha puesto un pie en una pequeña isla del Caribe. Soviéticos y americanos se vigilan, se espían, se temen.  La isla es la escala para ir de la URSS a Estados Unidos -o al revés- y México la parada necesaria para ir a la isla. 

En la Colonia Condesa de la Ciudad de México,  soviéticos y cubanos tienen sus bases de operación en las embajadas.  No muy lejos de ahí, en la estadunidense, la CIA despliega sus propias operacioens de espionaje. 

Las cámaras fallaron: una de ellas se instaló el día que Oswald apareció por primera vez en México y como gastaba tanto rollo se decidió sólo fotografiar a quienes entraran por la puerta del consulado.  Por ahí entró Oswald, pero la última foto de ese día se tomó a las 11. 47 am.  Aunque agentes de la estación mexicana de la CIA dijeron haber visto fotos del asesino, o hasta enviarlas a Washington, y existió una imagen en la que se pensó que aparecía Oswald, si esos negativos o las impresiones existieron, están desaparecidos y no figuran en ninguno de los informes del asesinato más  investigado de la historia. 

Pero si la CIA no se enteraba por la vista, se enteraba por el oído. Tenían el equipo para escuchar -y grabar- conversaciones de 30 líneas telefónicas. Por lo menos cuatro estaban destinadas a los cubanos.  

El 1 de octubre, un hombre escuchó grabaciones sospechosas de la embajada soviética. Un estadunidense había llamado el 27 de septiembre al agregado militar. Quería una visa para viajar con su mujer y su hijo a Odessa. Media hora después hablaba otra vez. Insistía en que  tenía que haber llegado un mensaje relaciondo con su visa de la representación soviética en Washington.

La función de la CIA en México era seguir precisamente esta clase de pistas. Para eso grababan y fotografiaban. Para eso tenían infiltrados en las embajadas de lospaíses enemigos.  La regla decía que los cassettes se guardaban 30 días y que cualquier movimiento sospechoso se reportaba a Washington.

"Era 1963. (Americanos en contacto con la embajada soviética) eran considerados dignos de una nota (a Washington). Déjenme ponerlo de esta manera. Desde el punto de vista operativo buscábamos cualquiera forma de explotar un contacto con la embajada soviética", dijo en un interrogatorio un agente de la CIA en México. 

Oswald no tuvo un expediente hasta el 16 de octubre.  Un manuscrito de Winston Scott, el jefe de la estación en México revela que desde que supo de los movimientos de Oswald  desde que llegó a México. 

Tarasoff, un traductor de la CIA, testificó haber traducido una llamada telefónica del martes 1 de octubre, en la que Oswald hablando un ruso entrecortado y  después de haber perdido la esperanza de obtener la visa, solicitaba ayuda económica a un diplomático soviético, quien se la negaba.  

Mientras más le seguían el rastro al hombre misterioso, más evidente parecía su relación con los soviéticos. Durante octubre, los agentes estadunidenses se enteraron de que Oswald no sólo había vivido en la URSS, también de que mientras estaba allá había renunciado a la ciudadanía estadunidense,  y luego la había recuperado. En 1961 había regresado a Estados Unidos con su mujer y su hija. 

Ninguna grabación con la voz de Oswald apareció después del homicidio de Kennedy.


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La mañana del 22 de noviembre llegó la noticia  a la embajada estadunidense. Había desesperación, rabia, incredulidad. Un primer cable a Washington sólo hacía referencia a la presencia de un hombre llamado Lee Harvey Oswald -aunque también tenían el nombre Lee Henry Oswald- y de una foto de él en México que más tarde se supo era otra persona. Al día siguiente, otro cable de Washington pedía revisar las transcripciones de las grabaciones telefónicas, pero para entonces ya habían sido borradas.

Dos cosas quedaban claras: Había llamadas de Oswald a los consulados cubano y soviético del viernes 27, sábado 28 de septiembre y del martes 1 de octubre -se cree que dejó México el 2.  Silvia Tirado de Durán podía tener información adicional y era la única persona que estaban seguros había estado cerca de Oswald y, que por ser mexicana, no gozaba de inmunidad diplomática.

Al día siguiente del asesinato, la estación de la CIA en México envió una carta "al gobierno mexicano con quien tenía una buena relación", dice el informe López, de 1978, ordenado por  la Cámara de Diputados de Estados Unidos. 

La carta estaba dirigida al secretario de gobernación, Luis Echeverría. Le pedían  arrestar a Tirado y mantenerla incomunicada.  Para agilizar el movimiento le enviaron a las autoridades mexicanas la dirección de Tirado, de su madre, de su hermano, las placas de su coche. La detención, pedía la carta, debía ser inmediatA. 

 Según el informe López, Scott llamó a Echeverría. Le pedía más: que nadie se enterara del arresto de Tirado, especialmente los grupos de izquierda; que sus declaraciones se mantuviera en absoluta confidencialidad; y que fueran inmediatamente comunicadas a los estadunidenses. 

Echeverría actuó rápido.

Tirado estaba en su departamento de Avenida Constituyentes cuando llegó a buscarla la empleada de la casa de su cuñado Rubén Durán. 

- ¿Está viva?, le preguntó, según declaró Silvia años después. “Un hombre vino a la casa y dijo que usted había tenido un accidente y que había muerto y se llevaron al señor Rubén a identificar el cuerpo"

Silvia fue a casa de su cuñado. Ahí estaban él, su esposa, su cuñada y varios policías. Trató de tomar el teléfono pero un agente la detuvo. Se los llevaron a todos. Le dijeron que estaba acusada de ser cómplice del asesino de Kennedy. . Fernando Gutiérrez Barrios,  subdirector de la DFS, la interrogó personalmente.  Le preguntó si había sido amante de Oswald.  Tirado lo negó.  La dejaron ir. 

Dos días después la volvieron a detener. El gobierno mexicano sospechaba que dejaría el país con rumbo a La Habana.  Esta vez la tuvieron dos días detenida.  En 1978, Tirado los estadounidenses que la entrevistaron que los agentes mexicanos la acusaron de matar a Kennedy, de ser el contacto entro los comunistas cubanos, mexicanos y americanos, que ella lloraba y pensaba que moriría, que la maltrataron, la jalonearon. 

 Según el reporte López, la DFS no entregó el interrogatorio completo a las autoridades norteamericanas. Omitió la pregunta sobre su relación con Oswald, los estadunidenses se enteraron después de su contestación: habían tenido relaciones mientras él estaba en México, pero nada supo de sus intenciones contra Kennedy.

Años después del asesinato varias fuentes hablaron de la posible relación amorosa entre Oswald y Tirado: un cubano que la frecuentaba, y que era fuente de la CIA, informó que Silvia le confesó su relación con el asesino. Otro reporte, de un agente secreto estadunidense dice que la escritora Elena Garro, prima del marido de Tirado, aseguró haberlo visto en una fiesta de los Durán a principios de septiembre de 1963, y que su primo le había confesado que Oswald y Silvia eran amantes.  Tirado siempre lo ha negado. 

Tirado, aparentemente,  fue investigada durante años por la CIA y la DFS. Se rumoró que había sido amante del embajador cubano Carlos Lechuga.  

 Según las investigaciones, Silvia Tirado pudo haber sido la persona con la que más contacto tuvo Oswald en México;  la amante mexicana de Oswald; el contacto de él con el gobierno castrista; o una agente encubierta de Cuba. Pero las conclusiones de los informes  fueron todavía más vagas y contradictorias: Silvia Tirado pudo haber sido espía del gobierno mexicano, o peor aún, de la CIA.

David Phillips, jefe de acción encubierta de la CIA, dijo que en algún momento Tirado estuvo en la lista de la CIA como potencial agente encubierto, y que llegaron a investigarla para conocer sus debilidades y fortalezas, pero nunca le hicieron la propuesta.  


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 "Tratábamos de engancharchos en lo que yo llamaba manipulaciones ilegales de la sociedad. En esa época operábamos un vasto programa de acción en la Ciudad de México que trabaja de ... (hasta ahí el informe, que tacha el final de la declaración y sólo dice " descripción de operaciones")", dijo John Scelso, jefe del área de México en la CIA. "No sé si estaba enterado sobre la magnitud de nuestro programa de acción política en esa época. Absolutamente enorme. Tratábamos de seguir soviéticos, y a todos los satélites, y a los cubanos. Al mismo tiempo, el mayor esfuerzo de la estación era intentar reclutar rusos, cubanos y personas satélite".

En México, unos y otros se espiaban, se infiltraban, pero algo falló en la inteligencia estadunidense en septiembre de 1963.

Un hombre que dijo llamarse Lee Harvey Oswald estuvo en México del 27 de septiembre al 2 de octubre de 1963. Se hospedó en el Hotel Comercio. Estuvo en las embajadas cubana y soviética. Pidió visas para esos países y no las obtuvo. Conoció a unos estudiantes de la UNAM en un cineclub de la Facultad de Filosofía y Letras. Sus conversaciones fueron grabadas por agentes de la CIA, pero 50 años después del asesinato, nisiquiera está fuera de toda duda que se trate del mismo Oswald que disparó contra Kennedy, aunque también pudo ser que sus intenciones en México y sus contactos con los soviéticos y los castristas fueran más allá de conseguir una visa para la isla.