Inquietos, los países de la extinta Unión Soviética

Las naciones que integraron la URSS recelan del nuevo expansionismo del Kremlin, según el espejo de Ucrania.

Moscú

Entre febrero y marzo, la anexión de Crimea reavivó los temores en la periferia de Rusia. Frente al apetito creciente de la élite militar rusa, ávida de conquistas territoriales (Abjasia y Osetia del Sur en 2008, Crimea en 2014), los antiguos Estados del espacio soviético temen despertarse bajo la bota del “zar Vladímir”, percibido por gran parte de sus poblaciones como “el agrupador de las tierras rusas”.

El sueño del oso ruso inquieta hasta en Finlandia, donde se habla de adherirse a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Ser parte de la alianza militar occidental tienta también como nunca antes a Georgia. Los Estados de Europa central, así como las repúblicas bálticas, que son parte de la OTAN, reclaman refuerzos militares, mientras que Moldavia, ex república soviética, teme que los tanques rusos actualmente desplegados en la frontera oriental de Ucrania enfilen en su dirección.

Mientras que Moldavia se apresta a finalizar en junio su acuerdo de asociación económica con la Unión Europea, su enclave rusófono Transnistria viene reclamando la incorporación a Rusia. La situación no es más alentadora en el sur del país. El 2 de febrero, la región autónoma turcófona de Gagauzia organizó un improvisado referendo, con un resultado favorable (90%) a la entrada en la Unión Aduanera dominada por Moscú. Desde entonces, delegaciones llegadas de Transnistria y de Gagauzia se han desplazado en varias ocasiones a Moscú.

Rusia juega con los nervios de sus vecinos. “Si nuestros intereses legítimos (…) son atacados en forma directa, como lo fueron en Osetia del Sur, no veo otra alternativa que responder, en el marco del respeto al derecho internacional”, advirtió, el 23 de abril, el canciller ruso Serguéi Lavrov, durante una entrevista con la cadena pro Kremlin, Russia Today.

Ninguno de los Estados postsoviéticos quiso reconocer “la independencia” de Abjasia y de Osetia del Sur, provincias tomadas a Georgia en 2008 y en las cuales han florecido las bases militares. Con la captación de Crimea se dio otro paso. Desde entonces, incluso los más fieles aliados de Moscú dentro de la Unión Aduanera (Bielorrusia, Kazajistán, Armenia) no se sienten al abrigo de una anexión.

Kazajistán, que posee una amplia población rusa y cuyas estepas del norte son “tierras rusas”, como lo recordó el Nobel de Literatura, Aleksandr Solzhenitsyn a su regreso del exilio en 1994, guarda silencio, pero no deja de pensar. Prudente, la “locomotora” del Asia central ex soviética se abstuvo, durante la Asamblea General de la ONU, el pasado 27 de marzo, de pronunciarse sobre la resolución que condena a la anexión de Crimea y en apoyo a la integridad territorial de Ucrania.

Brasil, India, China y África del Sur, socios de Rusia en el seno de estos cinco países emergentes (los BRICS), hicieron lo mismo. Solo 11 países se mostraron favorables a la captación de Crimea, entre ellos Bielorrusia y Armenia, que votaron a favor, al igual que Corea del Norte y Zimbabue.

No se contó con el humor irreverente del presidente bielorruso, Aleksandr Lukashenko. Descrito como el aliado más abnegado de Rusia, con la cual su país forma, desde 1998, una vaga “confederación”, en los últimos tiempos éste ha multiplicado sus críticas hacia los halcones del Kremlin, haciendo de contrapeso de la posición rusa en Ucrania, como si también se sintiera amenazado de una anexión.

Las chispas saltan entre Moscú y Minsk desde el 13 de marzo, día en que Moscú anunció el envío de sus aviones caza al aeropuerto bielorruso de Babruisk, para proteger a su primero eslavo de los dispositivos de OTAN. La impaciencia se apoderó de Lukashenko cuando las televisoras rusas presentaron el refuerzo como una demanda de Minsk, lo mismo que la instalación en 2015 de una nueva base militar administrada por Moscú.

El 22 de abril, día del informe anual de Lukashenko al parlamento y a la población, el Batka (“padre”, en bielorruso) fustigó las aspiraciones expasionistas rusas, condenando el proyecto de federalización de Ucrania acariciado por Putin y se opuso al “caos más o menos manejable que fue creado en Ucrania” y llamó a defender “la independencia del país por todos los medios”.


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