Inquieta retorno de Tokio a mercado de armas

La semana pasada, el gobierno conservador del primer ministro ShinzoAbe anunció el levantamiento de la autoprohibición constitucional que regía desde 1967 e impedía al Estado japonés producir y ...
El premier Shinzo Abe, ayer en Tokio en una acto pro ecologista.
El premier Shinzo Abe, ayer en Tokio en una acto pro ecologista. (Kimimasa Mayama/Reuters)

Tokio

La renuncia de Japón a la caza de ballenas en la Antártida tuvo más eco en los medios internacionales que una decisión de Tokio tanto o más significativa, no para la vida de los cetáceos, sino para los equilibrios regionales: volver al mercado mundial de armas al cual había renunciado durante casi medio siglo.

China y Corea del Sur ven en el retorno de Japón a ese mercado una nueva avanzada del primer ministro, Shinzo Abe, hacia la revisión de la Constitución pacífica de 1947 —que le prohíbe el recurso a la guerra— a fin de permitir al archipiélago participar en un sistema de defensa colectiva y de poder salir en defensa de aliados amenazados. Sin embargo, las disposiciones constitucionales actuales no se lo permiten y lo Japón pretende jugar un rol más importante en el orden regional, a fin de contrarrestar en particular el poderío militar chino.

En 1967, en plena Guerra Fría, Japón se autoprohibió la exportación de armas hacia los países comunistas y los que estaban bajo embargo de Naciones Unidas o implicados en conflictos internacionales. Las restricciones fueron reforzadas en 1976 y se tradujeron en una prohibición total de las ventas de armas al extranjero. Después de haber estado implicado indirectamente en el esfuerzo de guerra de EU en Vietnam [1964-1975] —sirviendo de alguna manera de portaaviones con las bases militares de EU en el archipiélago—, Japón reafirmó su pacifismo. Y si bien a partir de 2004 flexibilizó las disposiciones al autorizar a las firmas japonesas participar en la producción de armamento con EU, aún imperaba la prohibición sobre las exportaciones de material militar. Su levantamiento se inscribe en lo que Tokio ha dado en llamar un "pacifismo pro activo".

Desde entonces, Japón puede vender material militar —calificado, según otro eufemismo, de "material de defensa" en los documentos oficiales— a algunos países si así lo considera, a condición de que no representen una amenaza para la paz y la seguridad mundiales y vigilando que las armas no sean reexportadas hacia un tercer país. Japón, que produce municiones, fusiles de asalto, tanques, buques y el hidroavión US-2 considera vender material militar a Filipinas o Vietnam y reforzar la producción de material militar en asociación con EU (el bombardero furtivo F-35) y países europeos.

El retorno de Japón al mercado de armas tiene una dimensión estrátegica. Desde hace años, el empresariado viene reclamando el levantamiento de la prohibición de exportar material militar a fin de estimular la producción de armamento, hasta ahora fuertemente integrada a la industria civil y el desarrollo de un verdadero complejo militar-industrial. El mercado de las armas japonesas es estrecho —16 mil millones de dólares en 2010, es decir, 0.6 por ciento del producto interno bruto (PIB)— y los equipamientos producidos son poco competitivos en materia de precios.

Más allá del debate sobre las bases del pacifismo constitucional nipón en el ambiente mundial actual y de los temores, tal vez excesivos, provocados por una "remilitarización" del archipiélago, cuyas capacidades ofensivas están aún muy lejanas, se plantea la cuestión del contexto en el cual se opera este giro en la política de defensa de Japón. Tokio busca reaccionar ante un relativo retroceso de la presencia de EU en la zona y la voluntad hegemónica de China reforzando sus lazos con Australia, India y los países del sudeste asiático. Pero este reposicionamiento, deseado por Washington, se da con el telón de fondo del gran propósito de Shinzo Abe de dar vuelta la página de la guerra.

Su voluntad de afirmar un retorno de Japón a la escena mundial, legítima en sí misma, se conjuga con un negacionismo que no solo levanta las protestas de China, sino también de Corea del Sur, respecto de las coreanas obligadas a prostituirse por el ejército imperial y una visita en diciembre anterior de Abe al polémico santuario de Yasukuni, donde junto a los muertos por la patria están 14 criminales de guerra japoneses.