Españoles en la Guerra Santa reclutados por internet

El adoctrinamiento cibernético de personas para integrarlas a las fuerzas terroristas causa alarma en este país y da pie a una revisión de la lucha musulmana.

Madrid

Aicha es una niña de 14 años nacida y criada en el barrio de la Virgen de la Luz de Ceuta, ciudad autónoma de España. Este verano se propuso llegar a Irak convencida de integrarse a la yihad islámica, luego de cuatro meses de ser adoctrinada a través de las redes sociales, la herramienta que ha sustituido a los largos sermones de las mezquitas para atraer a los jóvenes al movimiento político-religioso-terrorista que, desde Oriente Próximo, sacude al mundo entero. Así que Aicha, hermana de siete mujeres y cuatro varones, hija de un hombre varias veces detenido por robo y narcomenudeo, y cuñada de un tipo arrestado por terrorismo islamista, se dispuso a cruzar la frontera de Melilla para luego ir a Marruecos, de ahí volar hacia Turquía y después a Irak. Pero la policía se lo impidió.

Aicha está ahora en un Centro de Internamiento para Menores de Madrid, alejada de las ideas yihadistas con las que el sanguinario Estado Islámico le “lavó y centrifugó el cerebro”, según las autoridades, y dándose cuenta ya del peligro al que se exponía y de los delitos que iba a cometer, “si se ponía en manos de los barbudos”. Hay, sin embargo, otras seis chicas españolas, todas mayores de edad, que sí logaron salir del país para integrarse a las filas del terrorismo islámico. Según datos del Ministerio del Interior, se tienen localizados a 61 yihadistas españoles, de los cuales 55 son hombres. De este grupo, un total de 17 han fallecido en combate. Otros nueve han regresado a España (ocho desde Siria y uno desde Malí), y de ellos siete se encuentran en la cárcel.

“En el día de hoy, el agotamiento de la ideología y de la movilización islamistas da paso a una tercera etapa de superación. En esta fase, que se inicia con el siglo XXI, veremos sin duda alguna cómo el mundo musulmán entra de lleno en la modernidad, según unos modos de fusión inéditos en el mundo occidental, sobre todo a través del sesgo de las emigraciones y de sus efectos, y de la revolución de las telecomunicaciones y la información”, escribió hace 14 años Gilles Kepel en su libro La Yihad. Expansión y declive del islamismo (Ed. Península).

Kepel es un reputado académico francés, experto en el mundo árabe, que a finales de los años noventa del siglo pasado investigó y analizó el surgimiento, expansión y radicalización del yihadismo. Desde entonces su libro, de más de 600 páginas, se convirtió en uno de los pilares fundamentales para comprender el trasfondo de la Guerra Santa o Yihad, pues daba las pistas de acontecimientos que ocurrirían años después, como los atentados de las Torres Gemelas en Nueva York o, incluso, la reciente ola de violencia perpetrada por el Estado Islámico, el grupo terrorista insurgente que se ha desligado de Al Qaeda para tratar de controlar en solitario la soberanía de Oriente Medio.

“El último cuarto del siglo XX estuvo marcado por el surgimiento, el ascenso y el posterior declive de los movimientos islamistas, un fenómeno tan espectacular como inesperado. Cuando el reflujo de la religión a la esfera privada parecía ya definitivo en el mundo moderno, la súbita expansión de grupos políticos que pretendían proclamar el Estado Islámico basado en el Corán, que se definían como partidarios de la Yihad, la Guerra Santa por la causa de Dios, y reclutaban a sus seguidores entre la población de las ciudades, puso en entredicho muchas convicciones. En un primer momento, este fenómeno provocó el rechazo del terror. Para los intelectuales de izquierda, tanto en el mundo musulmán como en Occidente, representaba una variante religiosa del fascismo; para los liberales, el resurgimiento de un fanatismo liberal”, explica Gilles Kepel.

Para el autor, la era islamista comenzó en 1973, tras la guerra árabe-israelí, con el triunfo de Arabia Saudí y sus vecinos exportadores de petróleo a precio elevado, y cuando esa riqueza se puso al servicio de una visión conservadora de la sociedad musulmana. “En el movimiento islamista encontramos a la juventud urbana pobre, surgida de la explosión demográfica del Tercer Mundo y del éxodo rural masivo, que por primera vez en la historia tiene acceso a la alfabetización.

También forman parte de este grupo la burguesía y las clases medias piadosas, marginadas durante la descolonización llevada a cabo por los militares o por dinastías que se hicieron del poder y luego fueron apartados de la esfera política. Todos estos grupos sociales separados por unas ambiciones y una visión del mundo diferentes, en el espacio de una generación encontraron en el lenguaje político islamista la expresión común de frustraciones diversas y la proyección trascendente de distintas expectativas”.

Durante los ochenta, el islamismo anunciaba el restablecimiento de una sociedad justa basada en los principios del Corán, en contraposición a los regímenes desgastados por los autoritarios y corruptos saqueadores de la economía y la presión de las libertades públicas. Además de la Revolución Iraní de Jomeini, el terreno de cultivo para el Islam fue Afganistán, donde “el objetivo de la Yihad, financiada en este país por las petromonarquías de la península arábiga y la CIA estadunidense, era infligir a la Unión Soviética, que había invadido Kabul en diciembre de 1979, un “Vietnam” que precipitara su caída. La Yihad afgana tuvo una importancia capital en la evolución mundial del movimiento islamista. Se convirtió en la causa por excelencia con la que se identificaron todos los militantes, tanto moderados como radicales. Entrenados en la técnica de la guerrilla y viviendo en un mundo cerrado sobre sí mismo, elaboraron una variante de la ideología islamista cuyo eje era la lucha armada y un extremado rigor religioso”.

Para los noventa, la división y la violencia radicales fueron cruciales en los ataques a los países musulmanes y a Occidente. Fragmentados, los guerreros “constituyeron entonces una especie de ejército desmovilizado, sin pasaporte, en busca de un terreno donde combatir o de un refugio, y se pusieron al servicio de los que les concedieron ayudas y pagaron sus viajes de un punto a otro del globo. (…) Mordiendo las manos estadunidenses y árabes que les habían dado de comer, y embriagados de Yihad, estos grupos, convencidos de que por sí solos habían conseguido derrotar a la Unión Soviética, traspusieron la experiencia afgana al resto del mundo y creyeron que podían precipitar la caída de los regímenes impíos del planeta, empezando por los países musulmanes, incluida Arabia”.

Pero, como sostiene Gilles Kepel, hay tres factores que determinaron el fracaso del “islamismo original-bien intencionado” que buscaba instaurar en la Tierra el reino descrito en el Corán: “El agotamiento de la utopía por el paso del tiempo y el ejercicio del poder, el conflicto entre sus diversos componentes y la cuestión de la democracia”. El académico francés abunda: “La violencia no consiguió que la población se sublevara, incluso cuando la causa islamista era popular y había triunfado en las urnas, como ocurrió en Argelia. Por el contrario, alejó a la población de una ideología que se había convertido en una pesadilla sangrienta. Los grupos islamistas moderados, surgidos de las clases medias piadosas, se encontraron incapaces de controlar la espiral de ferocidad de la que a veces eran víctimas. No supieron conservar su papel de intermediarios y garantes frente al Estado y las potencias extranjeras”.

El panorama reciente del que somos testigos también lo había vislumbrado hace 14 años este profesor del Instituto de Estudios Políticos de París: “Si estas élites se contentan con sacar un beneficio inmediato y egoísta del declive actual del islamismo, sin implicarse en su reforma, el mundo musulmán se verá enfrentado a corto plazo con nuevas explosiones, tanto si su lenguaje es islamista como étnico, racial, confesional o populista”.

Porque la tasa de natalidad de la población musulmana disminuyó. Porque no todos los musulmanes están de acuerdo con su forma de actuar. Por las distintas escisiones de los grupos de combate. Porque las nuevas tecnologías permiten atraer a jóvenes de distintas partes del mundo haciéndoles creer que desempeñarán labores humanitarias o que ayudarán a un grupo a salvar el planeta. Por motivos como estos, los radicales continúan empecinados “en una lógica de apropiación patrimonial del Estado que, probablemente, provocará nuevas tempestades y nuevos desastres”, dice Kepel.

“La captación a través de internet divide a los candidatos en cuatro niveles. Por un lado, están los hombres. Buscan primero chicos jóvenes que hayan cumplido el servicio militar en su país y superen los 20 años. Serán los combatientes. Luego están los otros jóvenes, con menos habilidades físicas e intelectuales, que pueden servir para inmolarse. Y luego está el caso de las mujeres, que en la Yihad desempeñan tareas subordinadas de intendencia. Están las enfermeras o cocineras de los combatientes, chicas que pueden servir también para actuar en misiones militares aprovechando que su vestimenta, el burka, les permite ocultar explosivos. Y las más jóvenes que son utilizadas, a través de matrimonios exprés, para aliviar sexualmente a los combatientes. Ellas no lo saben, pero esa va a ser su función”, explica la francesa Dounia Bouzar, directora del Centro para la Prevención de la Deriva Sectaria en relación con el Islam, en su informe dado a conocer hace unas semanas, cuando los videos de decapitaciones de periodistas fueron difundidos por el EI Gilles Kepel, por cierto, también señaló que “el gran espectáculo indisociable de sus actos terroristas tiene una función política precisa, aparte del terror que siembra en el adversario: suplir la ausencia de todo trabajo de implantación social entre las poblaciones de las que se valen, buscando con la adhesión emotiva la movilización espontánea de las masas”.

Desde fines de 2011, España —en colaboración con otros países— ha desarrollado una veintena de operaciones contra el terrorismo yihadista. Melilla, semillero del yihadismo, ha sido escenario de la desarticulación de células terroristas, a cuyos miembros españoles se suman numerosos marroquíes (en Rabat se calculan mil 200 españoles en las filas del EI) con permiso de residencia en España.

La Península Ibérica está considerada una plataforma para el reclutamiento y traslado de terroristas a Siria. Por aquí han pasado un centenar de combatientes de varias nacionalidades (principalmente franceses y marroquíes), sobre todo por las ciudades de Ceuta, Melilla, Barcelona y Madrid. Pero las redes también han conseguido captar gente en las ciudades marroquíes de Castillejos, Alhucemas, Tánger, Nador o Tetuán, cercanas a España. No obstante, se estima que en toda Europa hay unas cuatro mil personas, la mayoría de Francia y el Reino Unido, que en los últimos años han viajado a Siria y a Irak —y antes a Libia— y que combaten ahora junto al Estado Islámico para crear un califato que se rija por la versión más estricta de la sharía, la ley islámica. Son jóvenes seducidos por los radicales, sobre todo, a través de las redes sociales. Como ocurrió con Aicha.