Francisco sacudió el polvo de la Iglesia católica

El combativo político y premio Nobel Adolfo Pérez Esquivel asegura que las acciones innovadoras del Papa han rebasado las críticas de la izquierda y ahora las de la propia curia conservadora del ...

Buenos Aires

Adolfo Pérez Esquivel fue reconocido con el premio Nobel de Paz en 1980 por su lucha pacífica contra las dictaduras, pero aún así comparte una característica de su temperamento con su compañero de años y lucha, el hoy papa Francisco: la modestia. Su oficina se esconde en una calle venida a menos cerca del micro-centro de la ciudad porteña de Buenos Aires, muy cerca de donde solía vivir el actual jerarca católico. El piso de madera cruje con cada paso en esa vieja casa burguesa del siglo XIX y los espejos del salón de recepción están medio ciegos. Pero la residencia conserva todavía ese aire de grandeza de siglos pasados y es un escenario perfecto para este hombre octogenario de suaves modales, anteojos gruesos y larga melena gris. En un día soleado del verano austral ya hay mucha gente haciendo fila para intercambiar algunas palabras con Adolfo Pérez Esquivel, desde una pareja de activistas por los derechos humanos que le quieren presentar un caso, hasta periodistas de la cadena Telesur fundada por el presidente venezolano Hugo Chávez, fallecido hace un año. Él saluda a todos con un beso y unas palabras amables, y guarda un tiempo en su agenda para conversar con Dominical MILENIO sobre su viejo amigo Jorge Mario Bergoglio, quien se convirtió hace un año en Papa y a quien ha visitado en el Vaticano en tres ocasiones desde que se convirtió en cabeza de la Iglesia católica, el 13 de marzo de 2013. A sus 82 años, sigue siendo un destacado defensor humanitario y es el activista argentino más conocido en el mundo por su defensa de la no-violencia, la justicia y la libertad; preside el Consejo Honorario del Servicio Paz y Justicia América Latina, inspirado en la teología cristiana de la liberación, y se da tiempo para ser miembro del Jurado Internacional de los premios de Derechos Humanos de Núremberg y de Paz de la UNESCO. Es notable su desacuerdo con los gobiernos de los esposos Kirchner que acusaban a Bergoglio de haber sido cómplice de la última dictadura argentina. Esta es su mirada sobre el papa Francisco, a quien conoce desde hace muchos años.


¿Cuál es su balance del primer año del papado de Francisco?

Creo que Francisco trajo a la Iglesia una renovación y aire fresco, cambios desde el espíritu y también en la estructura de la Iglesia católica. Esto es congruente con lo que decía el papa Juan XXIII: abrir las puertas y ventanas para que entre la luz y sacudir el polvo de tantos siglos. Hay una diferencia con otros papas porque es un pastor. Es un hombre latinoamericano con otra visión de ser Iglesia pueblo de Dios, con una opción muy particular junto a los pobres; y ahora se ve que toda su prédica habla de los pobres, los desposeídos, los sufrientes, pero lo hace con alegría. No desde una posición de angustia dramática, sino dice que el Evangelio lo tenemos que vivir con alegría. Aporta la promoción de reformas profundas en el orden económico, en la visión de ser Iglesia y también en la misión pastoral de la Iglesia católica en el mundo. Y esto no es casual porque es un hombre formado por los principios del concilio ecuménico Vaticano II (1959-1965), toda esta visión de la Iglesia latinoamericana de las comunidades eclesiales de base y el compromiso concreto con la Biblia y la realidad. Uno de los primeros gestos que hizo Francisco fue ir a Lampedusa, esa isla de llegada para los desheredados de la tierra africana que mueren en la mar donde no dejan huellas. Eso imparte mucha esperanza en la juventud y los pobres. Mucha gente se había separado de la Iglesia por descreimiento. Basta ver cómo celebró el Día Mundial de la Juventud en Brasil, donde tres millones de jóvenes confraternizaron en las playas de Río de Janeiro. Está cerca del pueblo, no es el príncipe que está arriba sino es el servidor.


Al principio, los principales críticos de Francisco vinieron de las izquierdas, cuestionando su rol durante la dictadura militar argentina; lo calificaron de colaborador de los militares o en el mejor de los casos como un oportunista. Parece que Francisco los hizo callar con su actitud…

Pasaron varias cosas. Yo estaba en Italia en ese entonces y después de las críticas que surgieron hice declaraciones al respecto, donde dije que no era cierto. Lo cierto es que Jorge Mario Bergoglio no fue un obispo durante la época de la dictadura. Era el Superior de los Jesuitas. Y lógicamente no tenía acceso a determinadas instancias del gobierno. Pero ayudó a poner a salvo y a salir de Argentina a mucha gente. No se le puede acusar de ser cómplice de la dictadura (1976-1983). Hizo una diplomacia silenciosa. Y todo esto ayudó a silenciar las críticas que salían aquí de grupos cercanos del gobierno de los Kirchner, porque el gobierno argentino estaba enfrentado con Bergoglio. No querían saber nada de él y decían que era el jefe de la oposición política. Nada de eso era cierto. Nunca, ni el gobierno de Cristina Fernández ni el gobierno de su marido Néstor Kirchner fueron a la catedral. Era un rechazo permanente a Bergoglio y a la Iglesia argentina. La Iglesia argentina tiene luces y sombras. Es cierto, hubo obispos que estuvieron comprometidos con la última dictadura militar argentina. Pero hubo otros, como los compañeros nuestros que trabajaron y lucharon junto al pueblo. Y me parece que no fue bueno asumir esa actitud crítica ante Francisco. Primero porque hay que comprender lo siguiente: por primera vez en el mundo la Iglesia dejó de ser eurocentrista y miró hacia otro continente, y se fijó en un cardenal que venía haciendo un trabajo importante, como lo hizo durante la V Conferencia del Consejo Episcopal Latinoamericano en Aparecida (Brasil, 2007), cuando él redactó el documento final. Su designación fue una gracia del Espíritu. Creo que abrió otras posibilidades. Y esas críticas que comenzaron con tanta violencia se fueron calmando y desapareciendo. Y hoy el testimonio que está dando Francisco es irrebatible, sobre cuál es su posición y cuál es su teología y su comprensión de vivir el Evangelio.


Hoy las críticas vienen de los sectores conservadores de la Iglesia, que ven al Papa emprender cosas que ponen en jaque tradiciones muy antiguas, que propone cosas que no les gustan, como la comunión para los divorciados, la transparencia en las finanzas del Vaticano y su mano dura contra los curas pedófilos.

Tiene y va a tener resistencias, pero es un desafío que la Iglesia necesita renovarse y pensar el Evangelio a la luz de la época actual. No es una cosa que está fosilizada, es pensamiento vivo. La reforma de la curia, por ejemplo, de las iglesias continentales y domésticas. ¿Cómo cambiar todo eso para darle fuerza y volver a ser creíble? Pienso que en algún momento el Papa va a tener que pensar sobre el celibato sacerdotal, que no es un dogma. Esto es algo impuesto por el Concilio de Trento (1545-1563). Yo veo todas las situaciones dolorosas y terribles que esto ha generado. Y Francisco las está enfrentando. Es la pedofilia y el daño que hace; y sobre todo el daño que se hace adentro mismo de la Iglesia. Entonces, creo que en algún momento van a tener que enfrentarlo. Hay más de 10 mil sacerdotes casados que se fueron de la Iglesia cuando se necesita tanto a los pastores. Los marginan por algo que no es dogma y no tiene nada que ver con el Evangelio. Creo que en algún momento va a tener que ser discutido, igual que el tema de los divorciados, si pueden recibir la comunión o no, porque negarles la eucaristía es apartarlos de Dios, condenarlos o abrirle los brazos fraternos para que vivan la fe. Es otra forma de pensamiento. Una de las primeras cosas que hizo Francisco cuando asumió fue mandar de vuelta a un cardenal que estaba ocultando a los sacerdotes pedófilos. Y le dijo: “Esto no lo quiero, váyase de vuelta a arreglarlo”. Entonces, todavía no hace un año que está en su condición de Papa, de hermano mayor, y creo que asumió con responsabilidad esta situación y tenemos que ayudarle porque él sólo no va a poder.


¿Cuál es el mayor desafío de Francisco y cómo piensa ayudarle?

Es volver a la fuente de Evangelio y tratar de compartirlo. El otro reto es tratar de darle transparencia y claridad a la Iglesia. La Iglesia como un todo también tiene luces y sombras, pero siempre debe buscar la transparencia.


¿Cómo lo ve personalmente desde que asumió, usted cree que ha cambiado?

He estado tres veces con él como Papa, la última lo visité con una pareja de indígenas, y fue una reunión hermosa porque el cacique le decía: “Yo no soy católico, pero quiero conocerlo y conversar”. Y fue buena la reunión. Es un hombre que dejó todos los oropeles, las riquezas del Vaticano y está viviendo en el hotel de Santa Marta, nosotros hemos compartido la misa con él. Creo que desde que asumió se le profundizó la convicción de ser un pastor al servicio del pueblo de Dios.


Algunos comentaristas dicen que está más suelto, se le ve más feliz, más sonriente.

La situación para él aquí en Argentina no fue fácil. Tenía muchas situaciones encontradas sobre todo con el gobierno de Cristina, con sectores del poder por su prédica sobre los pobres. Cuando llegó al Vaticano, asumió esto como un servicio a los pueblos y la Iglesia en el mundo y eso le da a él esa transparencia, la alegría y espontaneidad que siempre estuvo, no es que la fabricó. Siempre tuvo esa forma de comunicación, de acercamiento. Es una persona cálida que se acerca al prójimo. Si hay un sufriente, por más que esté apurado, Francisco se detiene a escucharlo.