El paso de Castro por México

Fidel Castro llegó a México en julio de 1955, luego de haber permanecido casi dos años encarcelado por intentar asaltar el cuartel Moncada.
El entonces presidente Vicente Fox escucha la participación de Fidel Castro en el Foro de Financiación Para el Desarrollo, en Monterrey, NL, el 20 de marzo de 2002.
El entonces presidente Vicente Fox escucha la participación de Fidel Castro en el Foro de Financiación Para el Desarrollo, en Monterrey, NL, el 20 de marzo de 2002. (Cuartoscuro)

Ciudad de México

Fidel Castro llegó a México en julio de 1955, dos meses después de ser liberado durante una amnistía general. Había estado casi dos años encarcelado por el intento fallido de tomar los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.

“Desde la prisión sabía que trabajar dentro de Cuba sería muy difícil (…) Nuestra idea era salir del país, viajar a México, porque en Cuba era una tradición desde las guerras de independencia. México era el país donde siempre se habían refugiado los revolucionarios cubanos”, cuenta Castro en sus memorias Fidel Castro Ruz, Guerrillero del tiempo (Katiuska Blanco Castiñeira, 2012).

Según cuenta él mismo en sus memorias, salió de La Habana en un avión pequeño de dos motores, que describe como  un avión lechero que iba parando en todos los aeropuertos. La primera tierra mexicana que pisó fue Mérida. El viaje pintaba largo. De Yucatán siguió a Campeche y luego a Veracruz, ciudad que dice le recordaba a La Habana por su arquitectura española.

En su recorrido por esas ciudades costeñas, antes de llegar al Distrito Federal, Castro ya estudiaba por dónde iba a salir para regresar a Cuba.

No esperaba cooperación por parte del gobierno mexicano  y que no tenían la intención de realizar actividades abiertas que lo comprometieran.

“Era la primera vez que visitaba México, lo conocía por los libros, por la historia, por la revolución y sentía simpatía. Claro, no conocía a nadie allí, de modo que me encaminé a un mundo nuevo desde el punto de vista humano”.

Le urgía llegar a la capital de México, donde su hermano Raúl y otros compañeros ya lo esperaban en la casa de María Antonia González.

Y pese a las múltiples atracciones de las que sabía gozaba México, éstas no le interesaron y nunca las conoció. Estaba concentrado en preparar la expedición de regreso a la isla.

Con poco dinero en el bolsillo, Castro llegó a la Ciudad de México, donde dice, encontró a una población con un fuerte sentimiento patriótico y “un sentimiento de hostilidad hacia Estados Unidos mucho más grande que el existente en Cuba”.

Al principio eran menos de 20 personas y los dólares que les mandaban de Cuba eran suficientes para cubrir sus gastos, pero el grupo fue creciendo.  Además había que adquirir algunas armas y costear las prácticas de tiro.

El alquiler de vivienda también resultaba caro, sobre todo cuando fueron más y tuvieron que dividirse en grupos y vivir por separado.

Fue en la casa de María Antonia,  en Emparan 49 de la colonia Tabacalera donde conoció a Ernesto Guevara de la Serna, El Che.  En esa casa, donde años después la Secretaría de Turismo del DF develaría una placa, muchos cubanos solían reunirse para comer.

Sobre El Che, Castro comenta en sus memorias: “Lo recuerdo vestido muy humildemente. Padecía asma y era, en realidad, muy pobre (…) Tenía un carácter afable y era muy progresista, realmente marxista, aunque no se encontraba afiliado a ningún partido. Desde que escuché hablar del Che me percaté de la simpatía que despertaba en la gente. Con estos antecedentes lo conocí y lo conquisté para que se uniera a la expedición del Granma”.

El Che fue reclutado como médico de la expedición, sin saber que “iba a convertirse en lo que es hoy: un símbolo universal”.

Meses después de llegar a México, Castro hizo un viaje a Estados Unidos para buscar apoyo, reunir fondos y dar a conocer su campaña revolucionaria  con relación a Cuba. Pese a sus esfuerzos, logró poco llamar la atención de los medios y en cuanto venció su visa tuvo que volver a México.

“Nunca pensé quedarme en Estados Unidos, bajo ningún concepto, porque me sentía mucho más seguro en México”.

Fidel sabía que en Estados Unidos difícilmente podría organizar una excursión hacia Cuba.

En junio de 1956 los titulares de varios diarios mexicanos informaban del desmantelamiento de una revuelta contra Cuba, así como de la detención de varios de sus jefes, esto luego de que la policía les encontrara armas.

Un mes después y con ayuda del general Lázaro Cárdenas, según cuenta Castro, fueron liberados.

Finalmente, el 25 de noviembre de 1956, el yate Granma, adquirido con apoyo de Antonio del Conde, “El Cuate”, 82 expedicionarios emprendieron su regreso a Cuba navegando por el río Tuxpan.

El 2 de diciembre la embarcación llegó al manglar de Los Cayuelos, en Niquero. Dos años de lucha y el 1 de enero de 1959 entraron las primeras tropas revolucionarias a La Habana.