En la Plaza de San Pedro con Juan Pablo II

“Lo ha retratado joven, atemporal, incluso ha fundido su semblante con el de Juan XXIII. Es uno en dos”, afirmó el pintor Fernando Leal Audirac.
En 2003 retrató en vivo al papa Juan Pablo II, lo que dio origen a un fresco monumental de 10 metros de largo
En 2003 retrató en vivo al papa Juan Pablo II, lo que dio origen a un fresco monumental de 10 metros de largo (Especial)

Ciudad de México

Con una sólida carrera internacional, Fernando Leal Audirac (Ciudad de México, 16 de noviembre de 1958) es un infatigable explorador de la historia del arte. Experto en técnicas pictóricas antiguas, vive en Milán desde 1993. Pintor, dibujante, grabador, escultor y diseñador, ha participado en dos ocasiones (1995 y 2001) en la Bienal de Venecia. En 2003 retrató en vivo al papa Juan Pablo II, lo que dio origen a un fresco monumental de 10 metros de largo, cuya historia revela en las siguientes líneas, resultado de una entrevista de la que fueron suprimidas las preguntas


¿Cómo hice el retrato de Juan Pablo II? Todo surgió de manera espontánea. Estaba muy tranquilo en mi estudio de Milán, cuando recibí una misteriosa llamada telefónica de una galería romana: me invitaban a ilustrar un libro. No se me dijo de qué libro se trataba, solo me advirtieron: “Es un proyecto muy importante, nos han mencionado su nombre, si le interesa envíenos algunos libros o catálogos que contengan dibujos suyos”.

Como no tenía nada que perder, envié los catálogos y semanas después recibí una llamada telefónica de la casa editorial del Vaticano: había sido elegido para ilustrar un libro sobre el rosario, con textos del papa Juan Pablo II y 20 textos más de distintos cardenales. En el libro íbamos a participar cinco artistas, uno por cada continente, para ilustrar cada uno de los cinco cantos del rosario. Me dijeron que me presentara en sus oficinas en Roma.

En Roma, señores muy amables me dijeron: “Le hemos reservado a usted los Misteri Gaudiosi (Misterios gozosos: el anuncio del ángel a la virgen María; la visita de María a su prima Isabel; el nacimiento del Hijo de Dios; la presentación del Niño Jesús en el templo y el Niño Jesús perdido y hallado en el templo). Les pregunté de cuánto tiempo disponía para realizar los dibujos y respondieron: “Todo el que usted necesite, de aquí a 28 días”. Pasado ese tiempo me presenté con el cartapacio de dibujos. Me dijeron: “Magníficos, nos encantan, déjelos”. Se los presentaron al entonces comisario para la fe, monseñor Joseph Ratzinger, quien dio su aprobación para que fueran parte de ese libro que se publicó en dos ediciones, una de lujo y otra rústica.

El libro fue un éxito y los mismos personajes que me invitaron a participar en él me preguntaron: “¿Qué otras ideas tiene usted?”. Sin pensarlo demasiado, les dije: “Quisiera tener el tiempo —quince minutos o dos horas, no sé— que tuvo Velázquez con el papa Inocencio X, es lo que quiero”. (Con el de Inocencio X, Velázquez pintó el retrato papal más importante de la historia. Es un gran cuadro que jamás ha sido descolgado del Palazzo Doria-Pamphili, donde se encuentra desde hace 500 años. Este cuadro ha inspirado a Picasso, a Bacon, quien realizó numerosas interpretaciones de la obra sin ver nunca el original, y a muchos otros artistas).

Cuando terminé de hablar, había un silencio sepulcral. Los señores vaticanistas me vieron de arriba abajo y dijeron: “No es imposible, nosotros lo llamaremos”. Durante tres meses no supe más de ellos, pero un buen día recibí otra llamada telefónica, siempre en un estilo misterioso, en la que me dijeron: “Le rogamos que se presente en dos días en el Portone di bronzo”, el gran portón de bronce, la puerta del Vaticano. Continuaron: “Pase antes con nosotros, para que le expliquemos el protocolo; es necesario que traiga un traje gris oscuro y sus utensilios, su solicitud ha sido aprobada”.

Me presenté, me explicaron el protocolo, me comentaron: “Es usted el único artista al que se le ha autorizado retratar en vivo a su Santidad; usted ocupará la misma silla que ocupaba la retratista de Paulo VI (retratista oficial del Vaticano, muerta a los 92 años de edad). Va a estar a cinco metros del Papa y dispondrá de todo el tiempo que dura la audiencia pública de los miércoles, que inicia a las 10 de la mañana y termina tres o cuatro horas después. En ese lapso podrá ejecutar sus dibujos y estudios del Papa. Al terminar la audiencia, podrá saludarlo. Y otra cosa, cuando haya terminado sus dibujos, pase por nuestras oficinas para que nos muestre lo que hizo”.

Uno de los colaboradores de esa oficina me dijo: “Y cuando esté usted muy cerca de su Santidad, cuando lo salude, no pierda la oportunidad de hundirse en esa masa de carne donde hay dos luceros azules brillando llenos de bondad, los ojos del Papa”.

Me presenté el miércoles siguiente con todos mis utensilios, en la famosa audiencia abierta en la plaza de San Pedro. Me recibieron los jefes del Estado Mayor. El badalquino papal estaba al centro, de un lado estaba la fila de sillas de los invitados de honor —jefes de Estado y altos prelados de la Iglesia— y del otro lado la fila con las personas que habrían de recibir indulgencias y bendiciones. El jefe del Estado Mayor papal me indicó dónde debería sentarme, en una silla entre la primera fila y el trono del Papa. Desde ahí podía ver a las congregaciones detrás de las separaciones, cientos, miles de personas lejos, muy lejos. Detrás de mí estaban los potentados de la Tierra y de frente los que iban a recibir indulgencias.

De pronto llegó el Papá, rodeado de todo su entourage. Al verlo, sentado en mi silla, me sentí completamente solo, con una gran responsabilidad, y me entró un gran estremecimiento.

La retratística papal tiene una gran tradición, y hacer el retrato de Juan Pablo II era un gran compromiso por la enorme significación histórica que éste tiene: 25 años de pontificado, su relación con los sindicatos de Polonia, la caída de la Cortina de Hierro, su importancia insoslayable en el siglo XX. Y yo estaba ahí, frente a él, para retratarlo.

Las horas fueron pasando y lo primero que me sorprendió fue que, debido a su enfermedad, el labio inferior del Papa pendía. Siendo un hombre de labios delgados, el labio se le caía por su enfermedad, ya muy avanzada. Además, ya estaba muy grande —yo lo retraté dos años antes de su muerte—. Todo esto lo hacía diferente a cualquier fotografía que yo hubiera visto. Tenía que dejar testimonio de ese Papa inédito que estaba viendo.

Cuando terminó la audiencia, no sé cuánto duró pero se me hicieron siglos, me llamó el jefe de protocolo. Había llegado el momento de saludar al Papa; se anunció mi nombre. Me acerqué y al momento de hacer la genuflexión, que es de rigor, aproveché para clavar los ojos en esa masa de carne con los famosos dos luceros azules llenos de bondad, pero no los vi azules sino grises y, en vez de infinita bondad, lo que percibí fue el gran carácter, una personalidad estremecedora, esa mirada que ve más allá de donde tú estás, como si no estuvieras, como si fueras transparente, como si te atravesara. Eso es lo que vi y en ese momento pensé: “Aquí está, ya surgió el retrato”.

Regresé a mi silla en medio de la Plaza de San Pedro y terminé los últimos apuntes necesarios para mi trabajo. Llevé los apuntes con los señores vaticanistas, como me había comprometido, y se quedaron fascinados: “¡Ah, qué maravilla!, lo ha retratado joven, atemporal, incluso ha fundido su semblante al de Juan XXIII, el Papa bueno. Es uno en dos. Déjenos sus apuntes, les vamos a hacer unas fotocopias”.

Me dejaron un par de originales y me dieron las fotocopias. “Los tiene que ver el comisario para la fe —me explicaron—. Los tiene que ver el Papa, el secretario de Estado Vaticano. Por cierto, ¿qué va a hacer con estos dibujos?, ¿cuál es su intención?”. Les dije: “Quiero reconstruir el arte característico de la ciudad leonina: la pintura al fresco”.

La ciudad leonina, o sea el Vaticano, está decorada al fresco por Fra Angelico, Botticelli, Rafael y Miguel Ángel, y yo quería reconstruir esa tradición. Por eso hice una obra al fresco, pero en clave moderna, que fue concebida para ser transportable y habría debido recorrer todos los lugares en donde Juan Pablo II había dejado una huella en la historia del siglo XX —Israel, Berlín, México, Cracovia—, todos los lugares en donde podría tener un significado.

Mi retrato del Papa es una obra en la que hay un relieve muy grande en la parte del rostro, que tiene un saliente de más de 60 centímetros. En consecuencia, cuando caminas al lado del fresco si lo ves desde el lado derecho lo ves de perfil, si lo ves de frente la mirada te sigue y luego lo ves del otro lado. Es como si fuera una escultura. No es una obra de propaganda religiosa, sino una obra que analiza la distancia entre lo humano y lo trascendente, las contradicciones que hay entre el fondo de principios éticos y morales que subyacen en todas las religiones y el gran aparato del poder que también está presente.

El destino final de este muro transportable iba a ser el ingreso a la nueva escalera vaticana comisionada por Juan Pablo II, el nuevo ingreso a los museos vaticanos. Desgraciadamente el Papa falleció y en ese momento se inició lo que podríamos llamar la incertidumbre de la carrera hacia la silla papal, todo esto se transformó en una especie de novela renacentista. Conservo muchas de las cartas, entre cardenales y prelados, en donde el fresco se convierte en una pieza minúscula de un juego gigantesco.

El fresco está en mi poder porque no accedí a entregarlo de manera incondicional, sino insistí en que me fuese informado dónde pensaban destinarlo. De las cosas que me gustaron mucho en esta aventura fue que el biógrafo del Papa y su amigo desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, monseñor Stanislaw Grygiel, me escribió una carta muy bonita diciéndome que reconocía precisamente en esa mirada, en la que yo vi los ojos grises y no azules, la mirada del amigo con el que había compartido una vida.