Ferguson: la ley habló, pero no la justicia

La decisión de no llevar a juicio al agente blanco que mató a un joven negro refleja graves contradicciones.
Ayer hubo medio centenar de detenidos en el suburbio de San Luis.
Ayer hubo medio centenar de detenidos en el suburbio de San Luis. (Charlie Riedel/Reuters)

Washington

Cuando los disturbios siguen a un veredicto del tipo del emitido por el gran jurado de Ferguson, es costumbre que las autoridades apelen a la calma por un bien mayor: el gobierno de la ley. Sin éste habría caos, solo con él puede haber orden. Como dijo Barack Obama el lunes: “Somos un país que se basa en el gobierno de la ley, así que tenemos que aceptar la decisión que tomó el jurado especial”.

El problema es que EU ha sido un país de injusticia por más tiempo del que ha sido “una nación de leyes”. Y en ausencia de justicia básica, tales leyes pueden equivaler poco más que a una tiranía codificada. Cuando un policía blanco, Darren Wilson, mata de un tiro a un adolescente negro desarmado, Michael Brown, y no es condenado, la contradicción resalta.

Wilson escapó por la brecha entre la afirmación oficial de un sistema legal imparcial y la realidad de la injusticia racial endémica. El policía no fue exonerado, ya que el gran jurado decidió que ni siquiera había “causa probable” para enjuiciarlo.

En este “país de leyes”, aquellos acusados de imponer la ley operan por encima de ésta, mientras que el sistema judicial existe para defender a la policía del público, no para mediar entre ellos.

De acuerdo con un análisis de ProPublica, los chicos negros son 21 veces más propensos que sus contrapartes blancas a que los mate la policía. Si el porcentaje de muertes de jóvenes blancos a manos de la policía fuese el mismo, moriría más de uno a la semana.

Estas estadísticas, junto con las discrepancias de detención, sentencia, encarcelamiento y ejecución, colocan al poder policial y a la vida de la población negra en extremos opuestos en un sistema de valores que no solo es moralmente imposible de defender, sino socialmente insostenible. Las disparidades raciales son tan abiertamente mostradas y a la vez negadas, que el país se arriesga a implosionar bajo el peso de su historia, aun cuando anuncie a los cuatro vientos que ha superado el problema.

Por lo tanto, aquellos que confunden al veredicto con un hecho aislado no comprenderán lo que éste ha causado: disturbios, justificaciones, negaciones y racionalizaciones llamando a la calma. Esto nunca fue solamente el caso sobre un adolescente, un policía o un veredicto.

El domingo, un niño negro de 12 años, Tamir Rice, murió en un parque en Cleveland, cuando un policía le disparó porque amagó con sacar su pistola de juguete. Tres días antes Akai Gurley, 28 años, recibió un disparo de la policía en las escaleras de su casa, en Brooklyn. El departamento de Policía de Nueva York se disculpó y dijo que el disparo había sido “accidental”. Y la lista sigue.

No se trata de un juego de moral en el que un niño negro decente es asesinado por un policía blanco maligno. La naturaleza inherente de la injusticia no fue sistemática, sino sistémica. Wilson opera en una organización en la que pocos policías son sancionados por matar jóvenes de color, y en una cultura en la que los hombres blancos armados pueden aducir miedo a hombres negros desarmados como defensa, es un miedo tan intenso que tienen que dispararles.

El veredicto confirma las bajas expectativas de muchos afroamericanos. La ley ha hablado, la justicia aún debe hacerse escuchar.