Israel: la solución de dos Estados es la única razonable

La ciudad más grande de Cisjordania vive una espiral de violencia entre los palestinos y los colonos judíos y el ejército israelí, ante la que no parece surtir efecto un reciente acuerdo diplomático.

Jerusalén

Es contra la colonización contínua de los territorios conquistados por Israel en 1967 que en este momentos vuelven a rebelarse los palestinos. Ellos comprenden que la colonización está destinada a perpetuar la inferioridad palestina y hacer irreversible la situación que niega a su pueblo sus derechos fundamentales.

Ahí se encuentra la razón de las violencias actuales y no tendrán fin hasta el día en que los israelíes acepten mirar a los palestinos como sus iguales y cuando los dos pueblos acepten enfrentarse a la "Línea verde" de 1949, resultado de los acuerdos de armisticio israelí-árabes de Rhodes.

Mientras nos aproximábamos al canal de Suez hacia el final de la operación en el Sinaí, en junio de 1967 [durante la guerra de los Seis Días], le pregunté a un oficial superior reservista del ejército israelí -que se convertiría más tarde en uno de los principales líderes de la izquierda sionista radical– lo que pasaba en Cisjordania. "Completamos la guerra de independencia", me respondió.

Tal era entonces el discurso dominante en Israel, y lo es aún hoy, en la misma línea que el de los derechos históricos del pueblo judío sobre la tierra de la Biblia, que sirve fundamentalmente para legitimar la ocupación y el proyecto de colonización.

Dos conceptos distintos de nación

La ambición del sionismo fue, por definición, conquistar y colonizar Palestina. Era la necesidad del momento. El sionismo tenía una necesidad, la consecuencia inevitable de la crisis del liberalismo y del aumento del nacionalismo radical en Europa.

Las últimas décadas del siglo XIX marcaron la culminación de un proceso global de asalto contra la herencia de los Iluministas, la definición política y legal de lo que hacía a una nación y contra el estatus y los derechos autónomos del individuo en tanto que ser humano.

Al depender desde la Revolución francesa el destino de los judíos del destino de los valores liberales, los fundadores del sionismo comprendieron que si se producía una crisis que ponía en duda la democracia y los derechos humanos en Francia –la sociedad liberal más avanzada del Viejo Continente–, esto no auguraba nada bueno para el futuro de los judíos de Europa central y oriental.

Desde mediados del siglo XVIII, existían dos conceptos distintos de nación. El primero, que corresponde al punto de vista de los Iluministas tal como fue presentado en el Diccionario razonado de Diderot, define a la nación como un agregado de los individuos sometidos al mismo gobierno y viviendo al interior de las fronteras de un mismo país.

El segundo presenta a la nación como un cuerpo orgánico, un producto de la historia, donde la relación entre los individuos que forman el pueblo se parece al de un árbol con sus brazos y sus hojas: la hoja existe gracias al árbol, es por eso que el árbol está presente en la hoja.

Mito contra razón

Desde su creación, el movimiento nacional judío muestra las mismas características que las de sus países de origen en Europa central y oriental: una identidad nacional tribal, formada por la historia, la cultura, la religión y la lengua –una identidad en virtud de la cual el individuo no se define él mismo pero se encuentra definido por la historia.

La noción de "ciudadanía", a la cual se adhiere en Occidente el concepto de nación, no tenía ningún sentido en Galicia, en Ucrania o en la Rusia blanca. Y esto vale igualmente para los judíos: los sionistas podían dejar de observar los preceptos religiosos y romper con su religión en el sentido de fe metafísico, pero les era imposible romper la adhesión histórica y la identidad histórica que se fundan en la religión.

Incluso si cada uno sabe por experiencia que la conquista y la colonización de Palestina fueron determinadas por la situación catastrófica que comenzó a instalarse en Europa del Este a fines del siglo XIX, el deseo existencial reclamaba una "apertura" ideológica a fin de que la conquista de la tierra sea investida de una legitimidad histórica.

La ideología del retorno a "la tierra de nuestros padres" no fue elaborada por religiosos practicantes sino por nacionalistas laicos para quienes –como había sido el caso para el "nacionalismo integral" francés –la religión, desprovisto de su contenido metafísico, ofrecía un cimiento social y no servía esencialmente más que para realizar una fusión nacional. Fue la historia la que precedió una decisión racional y es la historia la que moldeó la identidad colectiva.

La mayoría de los dirigentes políticos saben que es más eficaz convencer a la gente por la fuerza de un mito que por la fuerza de la razón. La verdad es que en el siglo XX los judíos tenían más necesidad de un Estado que ningún otro pueblo en el mundo.

En consecuencia, los líderes políticos del movimiento sionista y del Yishuv (la comunidad judía presente en Palestina antes de 1948) se focalizaron en el objetivo supremo que representaba la creación de un Estado judío.

La Shoá ["la catástrofe", en alusión al exterminio de seis millones de judíos por Adolf Hitler, llamado también holocausto, N. de la T.] transformó la empresa sionista en un proyecto mundial, una deuda pendiente con el pueblo judío. Tal era el contexto en el cual tuvo lugar la guerra de independencia de 1948.

 



Mito contra razón

Desde su creación, el movimiento nacional judío muestra las mismas características que las de sus países de origen en Europa central y oriental: una identidad nacional tribal, formada por la historia, la cultura, la religión y la lengua –una identidad en virtud de la cual el individuo no se define él mismo pero se encuentra definido por la historia.

La noción de "ciudadanía", a la cual se adhiere en Occidente el concepto de nación, no tenía ningún sentido en Galicia, en Ucrania o en la Rusia blanca. Y esto vale igualmente para los judíos: los sionistas podían dejar de observar los preceptos religiosos y romper con su religión en el sentido de fe metafísico, pero les era imposible romper la adhesión histórica y la identidad histórica que se fundan en la religión.

Incluso si cada uno sabe por experiencia que la conquista y la colonización de Palestina fueron determinadas por la situación catastrófica que comenzó a instalarse en Europa del Este a fines del siglo XIX, el deseo existencial reclamaba una "apertura" ideológica a fin de que la conquista de la tierra sea investida de una legitimidad histórica.

La ideología del retorno a "la tierra de nuestros padres" no fue elaborada por religiosos practicantes sino por nacionalistas laicos para quienes –como había sido el caso para el "nacionalismo integral" francés –la religión, desprovisto de su contenido metafísico, ofrecía un cimiento social y no servía esencialmente más que para realizar una fusión nacional. Fue la historia la que precedió una decisión racional y es la historia la que moldeó la identidad colectiva.

La mayoría de los dirigentes políticos saben que es más eficaz convencer a la gente por la fuerza de un mito que por la fuerza de la razón. La verdad es que en el siglo XX los judíos tenían más necesidad de un Estado que ningún otro pueblo en el mundo.

En consecuencia, los líderes políticos del movimiento sionista y del Yishuv (la comunidad judía presente en Palestina antes de 1948) se focalizaron en el objetivo supremo que representaba la creación de un Estado judío.

La Shoá ["la catástrofe", en alusión al exterminio de seis millones de judíos por Adolf Hitler, llamado también holocausto, N. de la T.] transformó la empresa sionista en un proyecto mundial, una deuda pendiente con el pueblo judío. Tal era el contexto en el cual tuvo lugar la guerra de independencia de 1948.

El sionismo, víctima de su éxito

Luego de la guerra, fue evidente que el Yishuv había sido víctima de su éxito. La dirección tomada por el Estado nuevamente establecido se inscribió en el prolongamiento directo del periodo anterior: ningún cambio, ningún nuevo comienzo para inaugurar una nueva era. Esa fue la gran debilidad del Estado de Israel y es todavía hoy una de las fuentes de nuestro malestar.

También la comunidad de todos los "ciudadanos", que incluía necesariamente a los árabes que estaban en el territorio, era percibida como infinitamente inferior a la comunidad nacional y religiosa del pueblo judío.

La declaración de independencia no estaba penetrada por ninguna potencia legal o moral. Era un documento de relaciones públicas, destinado a la opinión pública occidental.

Hasta 1966, el sistema democrático israelí no impidió a los padres fundadores colocar a los árabes bajo su autoridad militar ni privarlos de sus derechos humanos y ciudadanos.

Ninguna necesidad de seguridad lo justificaba, solamente una necesidad psicológica: era necesario enseñarle a los árabes que ellos eran los amos y mantener el estado de emergencia que prevalecía antes de la creación del Estado de Israel.

La mayoría de los israelíes no comprendió, y algunos se negaron a comprender, que había que poner fin a esa situación transitoria, que si bien era legítima y justa antes de 1949, porque la conquista territorial era necesaria, había dejado de serlo después de la guerra.

La idea según la cual cuantos menos árabes permanecieran en el Estado judío era mejor, resultaba comprensible considerando la guerra por la supervivencia que tenía lugar entonces.

Sin embargo, después de la victoria y la apertura del país a una inmigración masiva, una nueva era debía comenzar. Su símbolo más sobresaliente tendría que haber sido una constitución, como lo prometía la declaración de independencia: una constitución democrática, basada en los derechos humanos y poniendo en su centro la vida política y social del cuerpo de los ciudadanos, y no de una comunidad religiosa o étnica particular.

Una constitución así habría mostrado que los judíos se convertían en ciudadanos de su propio Estado junto a los no judíos, escribiendo un capítulo enteramente nuevo de su historia.

Al mismo tiempo, una constitución habría delimitado las fronteras territoriales como fueron fijadas al término de la guerra. Israel no tiene fronteras permanentes ni constitucionales, porque los padres fundadores así lo quisieron: todas las opciones debían permanecer abiertas, incluyendo las que se abrieron en junio de 1967.

Durante la guerra de los Seis Días en 1967, los territorios que aún estaban fuera de alcance veinte años atrás cayeron en manos israelíes como un fruto maduro. Ya que nada estaba definido, las élites dirigentes del movimiento laborista no tenían ninguna razón de no preservarlos más aun por una vía tan victoriosa.

¿Qué importancia podía tener la "Línea verde" a los ojos de ese liderazgo? ¿No era simplemente una instantánea de la situación que siguió al fin de las hostilidades en 1949?

Salir del impasse

Casi medio siglo se desarrolló desde entonces y el movimiento nacional judío entró en un impasse. Todavía hoy, la oposición de centro izquierda es incapaz de proponer una alternativa ideológica al proyecto de colonización, alternativa basada en el principio de que lo que fue legítimo antes de la guerra de independencia de 1948-¬1949, porque eso fue necesario, dejó de serlo a continuación y dado que las colonias no son simplemente ilegales sino ilegítimas e inmorales y que ellas no encuentran ningún criterio de principio, porque no son necesarias y ciertamente tampoco son útiles para el futuro del pueblo judío.

¿Quién son los políticos de la oposición que estarían listos a actuar concretamente para desactivar esta funesta bomba activada? Quien acepte asumir la idea de que los derechos humanos del pueblo judío sobre la tierra de Israel no tienen prioridad sobre los derechos de los palestinos a ser dueños de su destino y así poder dividir equitativamente el país.

Ha llegado el tiempo de reconocer que la operación de conquista territorial que se llevó a cabo en 1949 y la partición del país realizada al final de la guerra de independencia deben constituir la última separación.

Es sólo sobre esta base que nosotros podremos construir el futuro. Cualquier que rechace comprender que el sionismo fue una operación destinada a liberar un pueblo y no a sus piedras sagradas, un acto político racional y no una irrupción mesiánica, condena a Israel a hundirse peligrosamente ya sea en una situación colonial o bien en un Estado binacional, es decir en una guerra civil permanente.

La "Línea verde" es la frontera definitiva

Mientras la sociedad judía no reconozca la igualdad de los derechos del otro pueblo que residente en el tierra de Israel, seguirá zozobrando en una realidad abiertamente colonial y segregacionista, como la que existe ya en los territorios ocupados.

El conflicto que azota hoy a Jerusalén así como las tragedias, los atentados y las muertes que golpean la existencia cotidiana de los judíos y de los árabes son un buen ejemplo de lo que el futuro nos reserva en un Estado binacional.

Naturalmente, esta posición exige simetría y reciprocidad del lado palestino: la "Línea verde" es la frontera definitiva, donde ya no se establecerá ninguna colonia judía en Cisjordania, pero ningún palestino deberá regresar a la interior de las fronteras del Estado de Israel.

El sionismo clásico se fijó como tarea ofrecer un hogar al pueblo judío. El tiempo que separó la guerra de independencia de la guerra de los Seis Días mostró que todos los objetivos del sionismo podían ser realizados dentro del trazado de la "Línea verde".

La única pregunta sensata que se puede plantear hoy es saber si la sociedad israelí tiene aún la capacidad de reinventarse, de salir de la empresa de la religión y de la historia y de aceptar escindir el país en dos Estados libres e independientes.  (Traducción: Irene Selser)

*El autor Zeev Sternhell es miembro de la Academia israelí de las Ciencias y las Letras y profesor en la Universidad Hebrea de Jerusalén.