Galeano, un crítico que guardó fidelidad a Cuba

Pese a su solidaridad con la revolución, el escritor y cronista supo cuestionar "el poder centralizado".
El autor defendió a la isla comunista, “ese país chiquito y tan capaz de grandeza”, decía.
El autor defendió a la isla comunista, “ese país chiquito y tan capaz de grandeza”, decía. (Andres Stapff/Reuters)

La Habana

Comprometido siempre con las causas sociales, Eduardo Galeano fue con su pluma a la largo de los años un potente defensor de Cuba, pese a que tampoco calló sus desacuerdos.

Galeano, fallecido ayer a los 74 años en Montevideo, fue uno de los intelectuales latinoamericanos que nunca renegó de la revolución de Fidel Castro. No se deslindó jamás definitivamente de ella como Mario Vargas Llosa, pero tampoco bajó la voz cuando más arreciaban las críticas, como se le reprochó a menudo a Gabriel García Márquez.

"Cuba duele", escribía el uruguayo en 2003, poco después de la detención de decenas de disidentes en la llamada primavera negra y del fusilamiento de tres personas por secuestrar una lancha de pasajeros para intentar huir de la isla.

"Son visibles, en Cuba, los signos de decadencia de un modelo de poder centralizado", lamentaba entonces Galeano en su artículo. Sus críticas y la del portugués José Saramago, otro activo defensor del gobierno de Fidel Castro, tuvieron especial repercusión.

"En el duro camino que recorrió en tantos años, la revolución ha ido perdiendo el viento de espontaneidad y de frescura que desde el principio la empujó. Lo digo con dolor", aseguraba Galeano en un texto que pareció entonces un adiós del gran narrador político de América Latina a la Revolución cubana.

Pero Galeano no se había ido. En enero de 2012 volvió después de muchos años a La Habana para participar como jurado en el premio de Casa de las Américas. Y la emblemática institución cubana lo recibió con honores.

"He sido y seguiré siendo su siempre amigo", aseguró entonces el escritor, sentado al lado de uno de los grandes ensayistas cubanos, Roberto Fernández Retamar, y del entonces ministro de Cultura Abel Prieto. "El verdadero amigo es el que critica de frente y elogia por la espalda", dijo Galeano.

Su sintonía con la revolución cubana obedecía sobre todo a su lectura del continente como un territorio sometido y expoliado por los poderes coloniales, en siglos pasados, y luego por el papel hegemónico de Estados Unidos, tal y como postulaba en 1971 en la obra que lo hizo célebre, Las venas abiertas de América Latina.

Cuba representaba en esa visión un papel fundamental como bastión de la resistencia frente a Washington. "La revolución cubana nació para ser diferente", escribía ya en su artículo de 2003.

"Sometida a un acoso imperial incesante, sobrevivió como pudo y no como quiso", exculpaba Galeano los excesos de los que se acusaba al gobierno de Fidel Castro.

Pese a sus críticas, el narrador fue por eso siempre fiel a la idea de Cuba como un proyecto independiente y genuinamente latinoamericano, la misma que encandiló en los años de 1960 a los grandes intelectuales y plumas emergentes del continente, así como a la izquierda europea.

Pero mientras algunos como el peruano Vargas Llosa o el mexicano Carlos Fuentes pasarían a convertirse en críticos del castrismo, Galeano volvía a narrar una y otra vez la epopeya de Cuba, ese "país chiquito y tan capaz de grandeza".

La Casa de las Américas cubana, fundada en 1959 para fomentar un pensamiento latinoamericano propio, lo premió en 1975 por su novela La canción de nosotros y en 1978 por Días y noches de amor y de guerra.

En abril de 2009, el entonces presidente venezolano Hugo Chávez entregó un ejemplar de Las venas abiertas... al presidente estadunidense Obama, lo que molestó a Galeano, crítico de su antigua obra.

Ya antes, en noviembre de 2008, el narrador uruguayo dijo sobre la victoria de Barack Obama: "La Casa Blanca será la casa de Obama pronto, pero esa Casa Blanca fue construida por esclavos negros. Y me gustaría y espero que él nunca lo olvide".