Donetsk: entre la resaca y el despilfarro que dejó el futbol

La ciudad hizo hasta lo imposible para tener una cara amable en la Eurocopa 2012; hoy vive los efectos del derroche.
Una novia pasa al lado del edificio del gobierno local, tomado por los prorrusos.
Una novia pasa al lado del edificio del gobierno local, tomado por los prorrusos. (Gleb Garanich/Reuters)

Donetsk

La silueta de Donetsk, corazón industrial de Ucrania que lucha estos días para que su voz sea escuchada por las nuevas autoridades del país, es el vivo recuerdo del despilfarro en las obras para acoger la Eurocopa 2012.

Los habitantes de esta ciudad —forjada con el sudor de los mineros del carbón y obreros de la industria metalúrgica— inundan todos los fines de semana las calles del centro para exigir respeto a su cultura y su lengua rusa, a menudo menospreciados por algunos políticos y medios de comunicación instalados en Kiev.

“El nuevo gobierno nos ha subido las tarifas del gas, de la luz. Los precios no dejan de subir con esta situación económica que sufrimos”, se queja Valeri, un minero jubilado que se planta todos los días frente a la sede de la autoridad regional de Donetsk, tomado hace una semana por un grupo de activistas prorrusos radicales.

Al igual que muchos otros a su alrededor, recuerda que hace tan solo dos años todo eran promesas de prosperidad y un futuro espléndido: la capital minera ucraniana se preparaba para recibir a miles de turistas europeos que no querrían perderse los partidos de sus selecciones de futbol.

“Al final no vino ni Dios. Los hoteles inflaron tanto los precios que muchos seguidores se alojaron incluso en Polonia (que compartía la organización del campeonato con Ucrania) y se desplazaron a la ciudad solo para ver el partido de su equipo”, lamenta el camarero de un restaurante cercano al estadio de Donetsk.

Mientras una virulenta crisis económica azotaba a medio mundo, el país que hoy se queja de no poder pagar ni la calefacción y pide a sus ciudadanos que se aprieten una vez más el cinturón: se gastaron al menos 5 mil 500 millones de dólares en aeropuertos, estaciones, hoteles y estadios que están tan vacíos como hace dos años.

“Este es nuestro orgullo, el mayor atractivo turístico de nuestra ciudad”, dice en tono irónico un taxista, al pasar al lado del Donbass Arena, el primer y único estadio con categoría UEFA de cinco estrellas en toda Europa del este.

A este espectacular campo, construido en 2009 muy cerca del centro de la ciudad, se llega por una de las calles más anchas y mejor asfaltadas de Donetsk, con una acera casi tan amplia y desierta de peatones, como también lo está la calzada de coches.

Frente al estadio del Shakhtar Donetsk, un moderno hotel de cuatro estrellas, el Shakhtar Plaza, sobrevive sin apenas clientes con el recuerdo de lo que iba a ser esta ciudad, según los políticos y empresarios que no escatimaron en gastos para acoger el mayor acontecimiento deportivo en la historia de Ucrania.

Prometieron y quién sabe si creyeron que a Donetsk, salpicada de minas de carbón incluso dentro de la ciudad y sin más atractivos que cualquier núcleo industrial de provincias, llegarían después del campeonato futbolístico cientos de miles de turistas.

Dos años después de la Eurocopa, el hotel Shakhtar Plaza ha bajado el precio de sus habitaciones sencillas por debajo del que se paga por un hostal en casi cualquier ciudad europea.

El aeropuerto internacional de Donetsk comparte su tragedia con la nueva terminal construida en Kiev, ambos víctimas de “gigantismo” injustificado al que se dieron las autoridades centrales y regionales de toda Ucrania con vistas a la Eurocopa.

Remodelado para acoger a un tráfico aéreo de más de 3 mil pasajeros en solo una hora, enormes espacios vacíos del nuevo aeropuerto han llegado a usarse en la actualidad hasta para exposiciones artísticas.

Más dramático es el caso de la nueva estación de trenes, construida al lado de la histórica, que hoy día es el único edificio con vida del complejo ferroviario de Donetsk.

La gigantesca estación luce una acristalada terminal futurista muerta, sin más función que la venta de billetes en la primera de sus tres plantas y que costó casi 200 millones de dólares.