Discreta y ambiciosa, nueva generación de narcos en Colombia

"Me parece innecesario ser ostentoso, prefiero siempre mantener un perfil bajo, vivo con lo que necesito", dice Darío.
Un narcotraficante colombiano muestra como una solución líquida conteniendo cocaína es preparada para la venta callejera
Un narcotraficante colombiano muestra como una solución líquida conteniendo cocaína es preparada para la venta callejera (AFP)

Bogotá

En un pequeño apartamento de Bogotá, Darío vigila sus fogones como si tuviera una leche al fuego. Pero no es un cocinero, sino un vendedor de drogas que prepara la cocaína y representa a una nueva generación de traficantes tan discreta como ambiciosa.

Rostro sonrosado, peinado a la moda, ropa deportiva, este joven de 26 años no se parece a los "traquetos" tradicionales, los repartidores de droga de los poderosos cárteles colombianos de los años 1980 que llevaban un grueso crucifijo de oro sobre el pecho y exhibían a sus mujeres.

"Me parece innecesario ser ostentoso, prefiero siempre mantener un perfil bajo, vivo con lo que necesito", dice Darío, quien después de diez años en el negocio se cuida y siempre cambia de esquina para vender la mariguana, la cocaína o las sustancias sintéticas.

Darío no tiene novia y la mayoría de sus pocos amigos desconoce su actividad. Para no llamar la atención de los vecinos, también atiende otros trabajos como vendedor.

"Uno intenta mantenerse una fachada aunque sea suave, porque generalmente es mejor así. Es muy extraño que una persona adulta esté todo el día en una casa, que no haga nada. La gente es terriblemente chismosa, entonces empiezan a hacerse interrogantes que no les corresponden", indica a la AFP.

Y es que desde muy pequeño ha vivido en el mundo de la clandestinidad, pues durante su infancia sus padres traían desde la Sierra Nevada (norte de Colombia) hoja de coca de "una calidad extraordinaria", evoca. "De alguna manera me quedó legado este negocio", comenta con una sonrisa.

Pero también heredó el mundo de la violencia. Su padrastro fue asesinado por paramilitares, lo que llevó a su madre a abandonar la Sierra Nevada y convertirse en una de las cientos de miles de familias desplazadas por el conflicto armado que azota a Colombia desde hace casi 50 años.

Establecido en Bogotá, este joven reanudó contactos y creó una red de distribuidores de drogas. Darío recibe la cocaína líquida, mezclada con acetona, y la calienta en un plato de cerámica, al fuego de la cocina o en el horno microondas, para obtener el polvo blanco.

Pero después de años de vender al menudeo en Colombia, a un precio de 30 dólares por gramo de cocaína, este joven traficante sueña con la expansión al extranjero. Ni a Estados Unidos ni a Europa. "Hay demasiados riesgos, tienen una lucha antidrogas impresionante", explica, al señalar que "hemos decido abrir un mercado por otro lado" en Asia.

Desde principios de año, Darío estableció contactos con "emisarios" de Corea del Sur, que según dice cuentan con la complicidad de funcionarios en los aeropuertos. "Funciona muy bien con ellos y desde allí se distribuye a otras partes de Asia", asegura. Para exportarla se impregna la cocaína en cuadros y luego se recupera mediante un proceso químico.

Darío piensa que el negocio continuará por mucho tiempo y no cree en la posibilidad de éxito de la lucha antidrogas. "Lo veo muy lejano, todo el mundo tiene la mano untada", dice.

En sus sueños sobre el futuro, una vez haya conseguido un buen capital, este joven no descarta retomar sus cursos de cocina, su pasión, o de sicología, que estudió en la Universidad Javeriana, una de las más prestigiosas de Bogotá. Podría así poner fin al "miedo latente" de ser detenido que le acompaña cada día. En Colombia los traficantes de droga encaran penas de hasta 30 años de cárcel.