Crónica: Latinos en la Revolución Cultural China

Unos pocos latinoamericanos pasaron el turbulento período político "refugiados" en el Hotel de la Amistad de la capital china, construido en los años cincuenta para los ingenieros soviéticos.

Pekín

Durante la Revolución Cultural china, de cuyo inicio se cumplen esta semana 50 años, toda persona procedente del extranjero era sospechosa de ser contrarrevolucionaria, lo que no impidió que unos pocos latinoamericanos pasaran ese turbulento periodo en Pekín, "refugiados" en el Hotel de la Amistad.

En ese recinto, construido en los años 50 para los ingenieros soviéticos que ayudaron al maoísmo en sus primeros años, unos 60 latinos que trabajaban como profesores de español, traductores o correctores en medios oficiales como Diario del Pueblo fueron testigos privilegiados de aquel periodo.

"Yo llegué con 13 años -en abril del 68- y vivíamos en el 'gueto' del Hotel de la Amistad. El primer año no nos dejaron estudiar, los colegios estaban todavía cerrados", rememora en una entrevista a Efe el venezolano Víctor Ochoa, quien regresó a finales de los 70 a Pekín y ha vivido desde entonces en esta capital.

"Nos daban clases en un salón con muchachos de Nepal, Indonesia, Grecia, una japonesa... los textos eran vivas al presidente Mao y al Partido Comunista", explica este empresario y arquitecto en su casa de las afueras de Pekín.

Muchas familias eran simpatizantes del maoísmo pero quedaron horrorizadas con las tropelías de los guardias rojos, como la del argentino Pablo Doudchitzky, profesor de español en la Universidad de Pekín, donde surgieron estos primeros comandos revolucionarios de estudiantes.

Su amigo Meng Fudi, jefe del departamento de español en aquel centro, se suicidó tras ser encerrado por sus orígenes "burgueses", un hecho que a Doudchitzky le afectó mucho y que sus hijos Yuri y Pablo, que vivieron de niños esa Revolución Cultural, reflejaron en una película que llamaron precisamente "Hotel de la Amistad".

Otro latinoamericano que vivió la Revolución Cultural, e incluso fue guardia rojo, fue el director de cine colombiano Sergio Cabrera, cuyo padre trabajaba como doblador al español de películas chinas en los años 60 y le mandó a estudiar a un internado chino, donde conoció los rigores del socialismo maoísta.

También conoció aquellos años el escritor, periodista, economista y ex diplomático colombiano Enrique Posada, quien en su libro "Testigo de China" reflejó su llegada al Pekín de 1965 y cómo poco después se iniciaba la Revolución Cultural, un hecho que según él contó fue "un hecho estremecedor" pero "importante para la historia de China y la del mundo".

Para el venezolano Ochoa, la revolución fue "una lucha interna del poder en el Partido Comunista donde Mao se sentía relegado", en la que el fundador del régimen comunista "estaba por encima de la familia".

El arquitecto, quien en el segundo año en Pekín sí pudo ir a la escuela con jóvenes chinos después de la reapertura de las clases, recuerda cómo la familia católica de uno de sus compañeros chinos tiró todas sus pertenencias religiosas al lago Beihai, al norte de la Ciudad Prohibida, por temor a ser incriminados.

En su apartamento del Hotel de la Amistad, donde todas las habitaciones menos el baño y la cocina debían tener colgado un retrato de Mao como el de la Plaza de Tiananmen, no se vivieron dramas tan graves, pero sí algún episodio que les hizo comprender el punto surrealista y paranoico de la época.

La señora de la limpieza del hotel denunció a la madre de Ochoa por poner en el suelo periódicos viejos con fotografías de Mao, algo que según ella era una muestra de poca fidelidad de la familia venezolana al Gran Timonel, por lo que el padre tuvo que ir a dar explicaciones a las autoridades.

La mujer que les denunció "aspiraba a ser promovida", cuenta y señala que "dentro del hotel había facciones (de extranjeros) que no se hablaban entre ellos, pero al final no sabías quién era maoísta y quién no".

Pero Ochoa, entonces niño, sin embargo, a veces veía todo como un juego, como cuando llegaron los envíos de guardias rojos a aldeas para que se reeducaran: "Todos querían ir al campo para aprender de los campesinos, yo estuve 15 días en Hebei y me pareció exótico y divertido", rememora.

El arquitecto tampoco se extraña de que incluso pese al caos de la Revolución Cultural, el miedo y las muertes que causó, haya hoy en día en China algunos nostálgicos de aquel movimiento.

"Muchos sienten nostalgia de una China donde todo el mundo era pobre pero no había tanto individualismo y afán de riqueza", considera Ochoa, quien asegura que, pese a las luchas de los guardias rojos contra lo extranjero o lo tradicional, los latinoamericanos del Hotel de la Amistad -también peruanos, uruguayos, chilenos, brasileños- nunca corrieron peligro. "Veníamos del tercer mundo, éramos 'víctimas del imperialismo americano", concluye.