Los nuevos actores mundiales

Hay tres nuevos actores en la escena internacional que reflejan nuevas realidades geopolíticas y sociales.
Irene Selser. Editora de la sección internacional Fronteras, de Milenio Diario.
Irene Selser. Editora de la sección internacional Fronteras, de Milenio Diario.

El año pasado, 3 nuevos actores irrumpieron la esce­na internacional como expresión de nuevas realida­des geopolíticas y sociales, que si bien hunden sus raíces en la historia moderna, obligan a nuevas re­flexiones y respuestas.

Uno de ellos es la organización yihadista Estado Islámico (EI), del iraquí alias Abu Bakr al Bagdhadi, un desprendimiento de la red terrorista Al Qaeda. Se­gún ha reconocido el propio ex primer ministro britá­nico Tony Blair, la larga y sangrienta intervención a Irak contribuyó a la expansión del EI o Daesh, acróni­mo en árabe del EI (ISIS por sus siglas en inglés), hoy el grupo terrorista más mortífero del mundo.

Desde junio de 2014, cuando proclamó a sangre y fuego su “califato” en el norte de Irak y Siria, el EI, con filiales en 20 países, ha perpetrado 83 atentados y ejecuciones de rehenes con saldo de 1,600 muer­tos, según Le Monde. Entre estos ataques destaca la masacre del viernes 13 de noviembre en París y Saint-Denis, cuando 8 kamikazes franco-belgas de 23 a 29 años atacaron diversos lugares públicos de­jando 130 muertos –entre ellos dos jóvenes mexica­nas– y, al menos, 300 heridos.

El “califato” que el EI aspira establecer, de Ma­rruecos a Turquía, con principios de administración establecidos, lo muestran como una organización metódica, cuyo objetivo no solo es llevar a cabo “una guerra sin fin” contra Occidente como propala su matriz Al Qaeda, sino asentarse en un territorio y gobernar. “Lejos de ser un ejército de fanáticos, san­guinarios, irracionales, el EI es una organización política con una infraestructura extremadamente compleja y bien planificada”, dice Charlie Winter, investigador de la Universidad de Georgia (EU).

Donald Trump, ¿otro Hitler?

El segundo actor relevante es el precandidato republicano a la presidencia de EU, el magnate inmobiliario Donald Trump, cuyo discurso antiinmigrante es visto por muchos como la semilla del fascismo norteamericano.

Bajo el lema “¡Hagamos a Estados Unidos otra vez grande!”, que evoca el programa del gobierno de Adolf Hitler para “la gran Alemania”, el millonario neoyorkino de 69 años, ha logrado congregar a los sectores xenófobos y racistas del país.

Trump, con una fortuna estimada en 4,000 mi­llones de dólares (mdd), propone una deportación masiva de migrantes indocumentados –más de 11 millones, en su mayoría hispanos–, además del blindaje de la frontera con México.

Líderes neo-nazis y supremacistas blancos en EU ven a Trump como el nuevo icono del “poder blanco”, en momentos en que en Francia el partido ultrana­cionalista y antiinmigrante Frente Nacional, de Marine Le Pen, en permanente ascenso en las últimas décadas, es la principal fuerza de oposición con 30% de votos. Una consecuencia natural del estado de emergencia que vive Francia tras el 13-N y la crisis de la migración, la peor que enfrenta Europa desde la Segunda Guerra Mundial y un recordatorio de la responsabilidad de las ex metrópolis en sus antiguos cotos coloniales.

Para Newsweek, hablar de “fascismo” para describir el estilo y el contenido ideológico del mensaje de Trump no es “un insulto, sino una inquietante des­cripción”, mientras que Kelly McBride, experto en ética de medios, dice que “la retórica racista de Trump debe verse en la tradición repugnante de Hitler”.

¿Sudamérica se recorre al centro?

El triunfo del empresario liberal de derecha, Mauri­cio Macri, en Argentina, quien en los comicios de noviembre puso fin a 12 años de gobiernos kirchne­ristas, seguido por la paliza sufrida en Venezuela por el gobierno de Nicolás Maduro, cuando la Mesa de Unidad Democrática (centroderecha) le arrebató al oficialismo 16 años de mayoría absoluta en el Parla­mento, muestran a un electorado maduro capaz de castigar a gobiernos que trabajan mal, y también - esto es quizá lo más relevante- a democracias consolidadas donde, aun a regañadientes, los líderes se ven obli­gados a respetar la alternancia.

Lo mismo se puede decir de Brasil, donde el go­bierno de Dilma Rousseff se enfrenta al desgaste de 12 años de gobiernos petistas, desde que el líder sindical Lula da Silva accedió al poder a nombre del Partido de los Trabajadores en un país que también conoció una dictadura. Además, al voto de castigo de la población, cansada de los escándalos de co­rrupción, que en el pasado habían sido propios de los gobiernos de derecha.

El triunfo electoral de Hugo Chávez en Venezuela (1998) con su idea del “socialismo del siglo XXI”, seguido por Néstor Kircher y Lula da Silva en el 2003, dio inicio a una nueva correlación de fuerzas en la zona, que salvó del naufragio económico a Cuba tras el derrumbe de su antiguo aliado, la URSS, y permitió redefinir los lazos históricos con Washin­gton en condiciones de igualdad, uno de cuyos efectos fue el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre EU y Cuba a fines de 2014.

Además de castigar la crisis económica y la co­rrupción, los ciudadanos también rechazaron en las urnas el autoritarismo, dejando en claro que el sesgo social de un Estado no justifica la soberbia del poder, mucho menos el recurso a la fuerza represiva para silenciar al otro, como hicieron decenas de dictaduras militares en América Latina durante el siglo XX, impuestas por EU y las derechas locales para aplacar el disenso e imponer silencio.