El cerco de Saint-Denis

Los atentados terroristas de París el viernes 13 de noviembre convirtieron mi plan de pasar 10 horas en el aeropuerto de la ciudad, en una estancia de casi 10 días. 

A unas horas de los atentados terroristas en París subirse al metro era inquietante en una ciudad vacía como nunca, pero, si además,los colegas periodistas españoles que te veían dirigirte al subterráneo te recomendaban no hacerlo, pues eso ya metía un poco de miedo. Aunque no tanto como estar de madrugada en Saint-Denis, caminando a oscuras entre sus edificios de modestos departamentos a donde llegan a hacinarse los musulmanes provenientes del Magreb que migran a París.

Son poco después de las cinco de la mañana del miércoles 18 de noviembre, hace apenas unos minutos que una balacera se desató en el centro de este suburbio.

Apenas si ha llegado un puñado de periodistas que buscamos cómo librar el cerco policiaco y acercarnos al departamento donde tienen rodeado al cabecilla de los atentados del viernes 13, en una zona de edificios de viviendas apiñados como en un laberinto.

Los pasillos huelen a orines, están llenos de basura, nada que se parezca a la Île de France, más bien recuerda a zonas del DF depauperadas. El tercer mundo dentro de París.

En un callejón un contenedor saturado de basura sirve de parapeto a la policía que se enfrenta a una célula terrorista bien entrenada. Al tratar de acercarnos nos encañonan y obligan a retirar.

Encabeza las operaciones la RAID, la policía de élite francesa, ataviada de negro, con pasamontañas y fusiles automáticos. El primer asalto al depar­tamento ha fallado, se toparon con una puerta reforzada con un panel metálico que les hizo perder el factor sorpresa. Eso los llevará a intercambiar 50,000 disparos en las primeras horas de las siete que duró el cerco.

El día comienza a despuntar y las calles del barrio se van llenando de periodistas; la televisión llega en decenas de unidades móviles satelitales, los de radio en motocicletas. Otros arriban en taxi, a pie, cómo pueden y conforme se fueron enterando. Al rato son ya todo un espectáculo, la mayoría instalados en la plaza principal frente al edificio municipal, el punto más cercano a la acción.

Esta mañana, Saint Denis parece un pueblo desierto, la policía ha pedido a los vecinos que no salgan ni abran las ventanas. A quienes pretenden traspasar el cerco, sean habitantes de la zona o periodistas, les apuntan directa y amenazadoramente. Se huele el miedo en la calle.

El metro, el tren y el servicio de autobuses están suspendidos. Los únicos taxis que están las calles son los que traen a los periodistas a la zona. Por las vías del tren se forma una fila de vecinos rumbo a la autopista a París donde, tras caminar tres kilómetros, esperan encontrar un transporte hacia la ciudad.

Un grupo de cinco o seis jóvenes negros sonríen al es­cuchar la pregunta “¿Disculpen, alguno de ustedes habla inglés o español? Es para México”, y a gritos corean: “Mé­xico: le Chapo Guzmán, le Chapo Guzmán”. Hasta allá llegó la fama criminal del sinaloense.

Las horas pasan solo interrumpidas por la eventual salida de ambulancias, así como por el traslado de los detenidos. En las calles no hay nadie.

Minutos antes del mediodía una caravana de automóvi­les y patrullas llegan con el ministro del interior, Bernard Cazeneuve, a bordo. El operativo ha terminado con un asalto final en que mueren dos terroristas tras la inmolación de una mujer.

El país entero ha seguido por televisión el desarrollo en vivo de los hechos, retransmitiendo videos del momen­to de la balacera tomados por vecinos y con los enlaces de reporteros de todo el mundo.

Al final, murieron dos terroristas durante el asalto y hay siete detenidos, informa Cazeneuve, quien agre­ga que esta célula preparaba nuevos ataques en París. Más tarde corregirán las cifras: son tres los muertos y ocho los detenidos. También confirmarán que uno de los muertos es Abdelhamid Aboud, la cabeza de estos atentados.

La RAID es homenajeada por su eficiencia, pues solo tuvo cinco heridos. Triste homenaje que sabe amargo al capturar a quienes ya encabezaron una matanza bestial.

Dieciséis horas más tarde vuelvo al mismo punto, elegido para transmitir en vivo a Milenio Televisión la crónica del operativo. Toda la prensa se ha ido ya, incluso la policía, solo queda una pequeña brigada resguardando el trabajo de forenses y peritos.

Saint-Denis está más vacío que hace unas horas. Ca­minamos para llegar al punto y Hugo, el camarógrafo que me acompaña, comparte su aprehensión por estar ahí a deshoras, pero también es certero al decir: “Quizá esta noche no haya lugar más seguro en todo París que este”.

Grabamos, transmitimos, intentamos sin éxito conseguir que un taxi nos lleve y mejor optamos por caminar. Cerca nos topamos con dos parejas de jóvenes que beben en la calle a pesar del frío. Son los únicos seres vivos visibles aparte de la policía. Hacerlo a estas horas, después de lo ocurrido, es otro acto de resistencia. Como me dijo días atrás un portugués en una terraza de la Mairie: “Estar aquí en París bebiendo una copa de vino tras lo ocurrido el viernes es un acto de resistencia”.

Sonreí, pero ya no le pude contar que hoy es mi cumpleaños y que así celebro, horas después de haber pasado la mañana entera en el cerco de Saint-Denis, que solo estaba en París de paso. Tenía planeado quedarme diez horas y terminé estando casi diez días como enviado especial de Milenio para narrar el inicio de esta nueva guerra, en la que Francia está metida. Paradojas de la vida.