Análisis: ¿El fin de Obama?

La pérdida de confianza de la ciudadanía, los medios de comunicación e incluso los mismos demócratas en el presidente de EU es cada día más evidente, y la pérdida de la mayoría en el Senado también.
El presidente de EU, Barack Obama, durante un acto electoral en favor de Mary Burke, candidata demócrata a la gubernatura de Wisconsin
El presidente de EU, Barack Obama, durante un acto electoral en favor de Mary Burke, candidata demócrata a la gubernatura de Wisconsin (AFP)

Washington

 

Lo que acaba de sucederle a Barack Obama no debía haber ocurrido nunca. Era un bonito domingo de otoño en una pequeña localidad de Maryland el que el presidente estadounidense eligió para entrar de pleno en la campaña electoral y apoyar a sus compañeros demócratas.

La mayoría del público asistente era afroamericano, por lo que todo se preveía un juego de niños. Pero mientras Obama hablaba, la gente comenzó a abandonar la sala. Y cuando terminó su intervención, se habían ido ya varios centenares de personas.

"Barack Obama, el presidente paria", titulaba incluso The Washington Post, un diario que habitualmente suele ser afín al mandatario. También The New York Times, al que antaño podía incluirse entre el círculo de medios simpatizantes, reaccionó de forma despiadada. "Una permanente pérdida de confianza", rezaba el titular, al que seguía el relato de una serie de fracasos y errores de su mandato.

La animadversión hacia Obama se extiende por todos los rincones. Los senadores y congresistas que se juegan el cargo en las elecciones del 4 de noviembre se niegan a aparecer junto al presidente. Algunos incluso se hacen de rogar para reconocer que en el pasado votaron a Obama.

Y es que hace tiempo que aquel hombre joven y brillante que quería rescatar y modernizar Estados Unidos desciende en caída libre por el panorama de los sondeos de opinión. Y observándolo con detenimiento, uno tiene la impresión de que cada día le salen nuevas canas.

Las perspectivas no son buenas de cara a las "Midterm Elections", los comicios que se celebran a la mitad del mandato. Si los expertos no se equivocan, los republicanos tienen buenas opciones de arrebatar a los demócratas la mayoría en el Senado.

Actualmente, éstos poseen 53 de los 100 escaños, frente a los 45 republicanos. Los dos senadores independientes restantes suelen votar a favor de los demócratas. Así, el "Grand Old Party" (GOP) sólo necesita ganar seis senadores más para lograr la mayoría. Y según casi todas las encuestas, lo conseguirá.

Por otro lado, los demócratas apenas tienen posibilidades de conseguir la mayoría de en la Cámara de Representantes. Los republicanos poseen allí 233 de los 435 diputados, por lo que arrebatarles la mayoría resulta actualmente más que difícil.

Lo que no se descarta es que los comicios al Senado puedan prolongarse: en Georgia, los pronósticos están muy ajustados y si en noviembre no hubiera vencedor, habría que esperar a la segunda vuelta el 6 de enero. Una pesadilla para los partidos, el electorado y Obama.

Incluso los comentaristas más favorables a Obama sostienen que el presidente se ha buscado su propia crisis de popularidad, que él es el culpable de su caída en picado. Ucrania, Siria, Irak son algunos de los grandes conflictos mundiales en los que el "hombre más poderoso del mundo" parece estar perdido, sin estrategia clara, según le achacan sus detractores. Pero no se trata sólo de eso.

Lo que realmente podría suponer el final de Obama es sobre todo su fallida gestión en política interior: desde el fiasco de la web para la prestación sanitaria pública a la epidemia del ébola, en la que las autoridades tampoco están saliendo bien paradas, y lo más vergonzoso de todo: los errores sistemáticos en el propio cuerpo de seguridad del presidente, pues una y otra vez hay intrusos que logran saltar la verja de la Casa Blanca.

Si los republicanos logran hacerse con el Senado, Washington se enfrentaría al bloqueo total. Los conservadores y derechistas podrían aprobar leyes, dejando a Obama con la única opción de utilizar su poder de veto o gobernar por decreto.

Así, durante sus últimos dos años de mandato se convertiría en un "lame duck" (pato cojo), una expresión normalmente utilizada para quien se enfrenta al final de su mandato con sucesor ya nombrado. Sin la aprobación republicana, apenas podría sacar adelante iniciativas propias.

Con todo, viéndolo por el lado positivo, la situación no es tan terrible. Al fin y al cabo, desde las elecciones al Congreso de hace cuatro años hay empate en el Parlamento.

Hace tiempo que los republicanos ponen la zancadilla a Obama cada vez que tienen la oportunidad: ya sea con los intentos de endurecer la ley de armas, con la nueva ley de migración, con el desmantelamiento de Guantánamo, la mayoría conservadora en una de las cámaras es suficiente para que toda reforma acabe en saco roto.

"Muy probablemente (los resultados) tendrán menos importancia de toda la que les atribuyen el revuelo mediático y los gastos de campaña", opina Thomas Mann, del reputado Instituto Brookings, sobre la amenazadora doble mayoría republicana en el Parlamento.

Seguramente la situación se complicaría aún más para Obama, que sumará unas cuantas canas más, pero no cambiaría mucho el bloqueo político existente en Washington. "Las iniciativas legislativas de Obama seguirán siendo ignoradas o rechazadas en el Congreso, como ya ocurre desde 2011".