El Amazonas olvidado que todavía sobrevive

Sus habitantes han sufrido esclavitud, la tiranía del narcotráfico, enfermedades importadas, pero sobre todo el abandono.
Lydia posee la última casa en la frontera colombo-peruana, a la orilla del caudaloso río.
Lydia posee la última casa en la frontera colombo-peruana, a la orilla del caudaloso río. (Especial)

Leticia

Fue el extremeño Francisco de Orellana quien en 1542 escogió el nombre por el que actualmente conocemos al Amazonas. Cuenta la leyenda y las crónicas de Indias de Gaspar de Carvajal, que las indígenas (quizá hombres de pelo largo) contra las que Orellana y su ejército pelearon en el río más caudaloso de América recordaban a las homónimas guerreras griegas. Casi 500 años pasaron desde el bautismo que borró su origen hasta el presente y el colonialismo que trajo aún no ha desaparecido de la Colombia amazónica.

Región siempre dividida, es paraje turístico para europeos de chancla y calcetín a la vez que lugar de expolio natural y humano. Su historia occidental se cuenta desde la narración de la esclavitud, y la llegada de enfermedades ajenas, así como del narcotráfico en los años más duros de Pablo Escobar o la actual minería ilegal en el río que une a Colombia, Brasil y Perú, y les hace compartir tragedias.

El centro de salud de Siete de Agosto no ha recibido ni un solo peso en los últimos 12 años, denuncia un alto cargo del Departamento recién llegado al puesto después de que un caso de corrupción enviara a prisión al antiguo gobernador de Amazonas, Carlos Arturo Rodríguez, y al alcalde de Leticia, la capital, José Ignacio Lozano.

La tabla que hace de techo de este mix de hospital de campaña y laboratorio de análisis del mosquito de la malaria que tiene sus dos grandes focos latinoamericanos en México y en esta región, tiene un hueco del tamaño de una rueda de camión. Las tablas que hacen de suelo de este proveedor de salud se doblan según una de las dos habitaciones es pisada por más de tres personas.

Además de contar los días de mandato, este funcionario cuenta las amenazas que desde que llegó al cargo le arrojan por diferentes medios.

"Vale la pena", resuelve antes de contar que las amenazas quedan enterradas por el apoyo "absoluto" que le dan las comunidades indígenas, a las que paulatinamente va visitando. "Cuando recibí una de las primeras amenazas fuertes, la gente de las comunidades me dijo que ellos mes escondían para que no me pasara nada", recuerda en un barco en mitad del Amazonas.

Y aunque cada día que pasa cree que es necesario que el Estado colombiano llegue a una de las zonas más aisladas del país, también cree que deben ser los propios indígenas los que tomen las riendas de su futuro.

Pese a lo lejos que aún se encuentra el país sudamericano de tener una relación correcta con sus pueblos originarios, Colombia fue pionera en 1994 al aprobar la ley de resguardos que otorga la propiedad de las tierras a los indígenas que, muchos antes que conquistadores y multinacionales, habitan estos húmedos lares.

Así, aún hoy cientos de niños y niñas han de remar durante horas para poder llegar a la escuela que, bajo directriz nacional, enseña materias occidentales y deja de lado la tradición y la cultura propias de las comunidades que con suerte solo aprenderán en sus territorios.

En 2016 aún estos ciudadanos colombianos, cuyos padres y abuelos fueron abstraídos por la cultura occidental, creándoles necesidades ajenas a su modo de vida que heredaron sin remedio sus hijos y nietos, esperan mucho de los políticos que son elegidos, en muchas ocasiones, gracias a la manipulación electoral y mediática.

En 2016, la señora Lydia posee la última casa que comparten Perú y Colombia, en la línea imaginaria que une ambos territorios por el Amazonas. Recibe con recelo a los visitantes, no es muy común que aquí lleguen cargos públicos, viajeros o vecinos. Después de unos minutos de charla amistosa, se alegra de la llegada que le dejará varias botellas de agua y un par de refresco de cola. Poco después el bote zarpa de nuevo a Leticia, dejando atrás a Lydia y su hijo menor que no quiso salir de la casa para recibir hospitalariamente a nadie. Con ellos se queda un silencio abrumador y varias decenas de kilos de basura desparramada por el suelo que une Perú y Colombia, y que ninguno de sus Estados se molestará en recoger.