Adolfo Suárez, el presidente español que olvidó quién fue

Entre 1976 y 1981, el político y abogado desmontó las estructuras de la feroz dictadura de Francisco Franco.
El mandatario (izq.) durante el fallido golpe de Estado el 23 de febrero de 1981.
El mandatario (izq.) durante el fallido golpe de Estado el 23 de febrero de 1981. (Manuel Hernández de León)

Madrid

Adolfo Suárez lideró una transición democrática, desmontó las estructuras de una dictadura, la de Francisco Franco y lidió con la derecha y la izquierda de un país, pero no pudo con su mayor enemigo: el alzhéimer.

La enfermedad que terminó ayer con la vida de este reconocido político y abogado de 81 años fue borrando desde hace una década todos sus recuerdos e hizo que muriera sin recordar que fue el primer presidente del gobierno de la democracia española, de 1976 a 1981. Sin ser consciente de que España recuerda y honra su legado.

“El fallecimiento se ha producido a causa de un deterioro neurológico severo; es la evolución natural de su enfermedad la que le ha llevado al desenlace final”, dijo la médico que lo atendió en una clínica de Madrid durante sus últimas horas de vida.

A Suárez, nacido en Cebreros el 25 de septiembre de 1932, no le gustaba hablar de enemigos, sino de “adversarios”. Pero con el alzhéimer libró su particular guerra.

“Él ya no recuerda nada, no conoce a ninguno de los hermanos, lo que sí mantiene es una enorme simpatía, reacciona al cariño de forma inmediata”, contaba su hijo ya en 2005, tras hacer pública la enfermedad.

Con la aparición de los primeros síntomas, el ex presidente se dio cuenta de su deterioro. Y sufrió en soledad. “Era consciente de cómo iba perdiendo facultades y cómo nos iba ‘engañando’ a toda la familia”, explicó entonces su hijo.

Alejado ya de la vida política desde hacía dos décadas, sus últimas apariciones públicas en los primeros años de este siglo provocaron comentarios y especulaciones sobre su estado de salud, especialmente cuando en varias ocasiones habló de personas que ya habían fallecido como si vivieran.

En mayo de 2002 acudió por última vez al Parlamento. “Tengo muy buenos recuerdos”, le dijo entonces a una periodista. Pero pronto se diluyeron.

El 2 de mayo de 2003, leía un discurso para apoyar a su hijo en una campaña electoral y por dos veces leyó la misma hoja. Se puso nervioso, se rascó la cabeza, dio varias vueltas a los papeles que tenía ante él y dijo con su habitual desparpajo: “Tengo un lío de mil diablos con los papeles”, provocando una carcajada entre los asistentes. Fue la última vez que intervino en un acto político.

Poco después, en mayo de 2005, su familia confirmaba lo que ya sospechaba buena parte del país: “Adolfo Suárez padece una demencia senil degenerativa desde hace varios años”, afirmó su hijo.

La muerte de su mujer, María Amparo, a causa de un cáncer en 2001, había sumido al ex presidente en una profunda tristeza de la que nunca se recuperó.

Dos años después, en 2003, la misma enfermedad terminó con la vida de su hija Mariam. Pero Suárez ya no se enteró. Cuando su hijo Adolfo le contó que Mariam había muerto, él solo le preguntó: “¿Y quién es Mariam?”.

“¿Tú también vienes a pedir dinero?”, le espetó al rey Juan Carlos cuando éste, en el año 2008, acudió a la casa de su amigo, con el que compartió vicisitudes en la Transición, para condecorarle con el Toisón de Oro.

“Naturalmente, yo vengo a pedir dinero donde sé que hay”, le respondió el monarca socarronamente. Ésa fue la última vez que se vieron. El rey no podía soportar ver a su amigo y no poder compartir con él las conversaciones.

Suárez murió acompañado de su familia en un hospital de Madrid cuando pasaban unos minutos de las tres de la tarde local. España esperaba su muerte desde el viernes, cuando uno de sus hijos anunció un desenlace inminente en las siguientes 48 horas. Su vida se alargó cuatro sobre ese plazo.

Durante los últimos años de su vida, a medida que el ex presidente Adolfo Suárez, egresado de la Universidad de Salamanca, olvidaba, España recordaba y reconocía su labor: su carisma al frente de un gobierno en una recién inaugurada democracia, su cercanía a los ciudadanos en un país en el que estaba todo por hacer, su sonrisa abierta y su conocida mirada “picarona”.

La misma mirada que permaneció hasta el último día, aunque Adolfo Suárez no reconociera a los que lo rodeaban.