“Desde que probé la cocaína por primera vez, me gustó”

De oficio carnicero, Armando, un tipo delgado, de baja estatura y de caminar arqueado, conoció por azares del destino la cocaína, pronto se vio envuelto en las drogas, ese mundo de inconsciencia ...
Armando pasó tres meses en Alcohólicos Anónimos antes de rehabilitarse por completo.
Armando pasó tres meses en Alcohólicos Anónimos antes de rehabilitarse por completo. (Cuartoscuro)

Pachuca de Soto

La primera vez que Armando esnifó cocaína, como él dice, se enculó.

Recuerda perfectamente aquella ocasión. Se dirigía a su granja acompañado de un familiar, cuando éste sacó su cartera y de ella la cocaína, sin la menor advertencia la inhaló.

Esta escena causó curiosidad en Armando, después de preguntar qué era, su acompañante le ofreció del polvo blanco, una raya y no se separaría de la cocaína en un buen tiempo.

En San Jerónimo, su barrio, todo mundo lo conoce, es carnicero, aprendió el oficio a los diez años gracias a su tío Ángel, desde entonces le gustó matar puercos.

Platicamos afuera de su casa, en su rastro y hurgando entre sus recuerdos me dice que lo trágico de su historia comenzó cuando murió su padre, él apenas era un niño.

Su madre para poder trabajar tuvo que encargar a Armando y a sus tres hermanas con su cuñado Cipriano, quien junto a sus hijos les dieron mala vida.

“Yo tenía seis años y empiezas a crecer con odio y resentimiento porque te maltratan, te golpean, te humillan, te rompen tus ilusiones”, me dice sobre esa etapa de su vida que se convirtió en cicatriz.

Armando sólo terminó la primaria, es casado, tiene tres hijos, pocos en su familia saben que obtuvo diplomas por declamar poesía.

Después de ser ayudante de carniceros aquí y allá, decidió poner su propio negocio, un local de carnitas y con él, llegó su primera adicción, el alcohol.

Armando es un tipo delgado, de baja estatura y su caminar es arqueado. Su trabajo y su carisma hicieron que su negocio pegara.

Sus clientes le invitaban una, dos, tres cervezas, pronto vinieron las borracheras constantes.

“Con don Ismael en su rastro, puta madre, cuántas borracheras nos pusimos, muchas, muchas”, me cuenta.

Después vinieron los centros nocturnos, su preferido, el Yulber, un burdel de mala muerte, donde él era famoso, era el centro de atención, claro siempre y cuando llevara dinero en su cartera para sentar a las bailarinas y pagar a los meseros.

ATRAPADO

A pesar de su alcoholismo, su negocio prosperó, no sólo tenía el local de carnitas, puso una tortillería y se hizo de una granja de puercos. Fue entonces que conoció la cocaína.

“Y quiero decirte que desde que probé la cocaína por primera vez me gustó, me enculó”, dice Armando con esa voz grave que él tiene.

Su familia siempre culpó a los demás porque le dieron a probar droga, pero reconoce que él es el único responsable.

Primero dependió de amigos para conseguir y consumir cocaína, pero la ansiedad fue más grande y pronto contactó directamente a los distribuidores, el polvo blanco lo había enganchado por completo.

“Yo me fui de filo, con la cocaína siempre fui atascado”, dice.

Amparados por la noche, en el interior de su camioneta azul, esa en la que uno siempre lo ve por todo el barrio de arriba a abajo, Armando me platica que probar cocaína le relajaba el cuerpo, le gustaba y lo ponía, como él dice, en un efecto “chingón”.

Después del alcohol y la cocaína, vino la piedra, la primera vez que la probó no le gustó, fue en el segundo encuentro que lo enganchó.

“Es una pinche sensación de que le das el primer putazo y luego luego la pinche mente, te agudiza la vista, el oído, ves visiones, son como delirios”, dice.

El alcohol, la cocaína y la piedra atraparon a Armando en un triangulo que no tenía salida.

Fue entonces que iniciaron los problemas, empezó a faltar a casa, las drogas y el alcohol comenzaron a causarle estragos económicos. Vendió su primera camioneta, un terreno, dejó la granja, la tortillería, todo se fue derrumbando.

“Me gastaba dos mil, cinco mil pesos, no era un día, era diario, por eso me quedé en la ruina”, dice Armando, por más que suma no sabe cuánto dinero derrochó.

Su ansiedad cada vez era mayor al grado de consumir alcohol, coca y piedra en una misma noche.

-¿Qué sentías después de probar las tres drogas?

- Paniqueo, miedo, frustración, soledad, entras en un trance muy culero, en ese momento estás atrapado.

Los problemas continuaron, su esposa, su mamá y sus hermanas le reclamaron por sus adicciones, para entonces Armando no entendía de razones. “Las mandaba a la chingada”, dice.

La necesidad por las drogas lo hizo andar en las calles pidiendo dinero prestado, diciendo mentiras, quedó muy endeudado.

-¿Llegaste a robar?- le pregunto, y me responde que en una ocasión, acompañado de un compa, intentaron abrir dos veces la puerta de una casa deshabitada, fallaron en su intento aquella madrugada.

Pero reconoce que tomaba de su casa, la de su mamá y de su negocio, dinero mal puesto o cualquier cosa de valor para comprar más droga y alcohol.

En una ocasión, Armando cayó en un hospital a causa de una peritonitis, lo operaron, pero los dolores continuaban, era necesaria una segunda operación en menos de 24 horas.

Para operarlo otra vez, los doctores le advirtieron que podía morir, corrió el riesgo y salvó la vida. Al mes ya estaba fumando piedra de nuevo.

“Eso sí estuvo culero eh”, admite en un acto de reflexión.

TOCAR FONDO

Su familia tomó la determinación de anexarlo en Alcohólicos Anónimos, no resultó, se escapó dos veces.

-¿En qué momento tocaste fondo?

-En el momento en el que me quedé sin nada wey, endeudado, mi familia moralmente desmadrada.

Armando recuerda una escena que lo marcó: en una ocasión llegó a donde un grupo de hombres consumían alcohol, entonces un “camarada” se volteó y le dio dos monedas de diez pesos.

“Osea me dio a entender que me daba 20 varos para que me fuera a la chingada, porque yo no cabía ahí. Eso fue lo que a mí me ayudó a tocar fondo, la humillación, porque muchas veces me humillaban, la neta”, me cuenta, su mente no ha podido borrar ese recuerdo.

Las adicciones de Armando duraron poco más de tres años en donde lo perdió todo, excepto el local del carnitas, terminó endeudado.

Su familia lo anexó por tercera ocasión, Armando había llegado al límite de sus adicciones que aceptó.

Me dice que en Alcohólicos Anónimos, su guía espiritual, el viejo Eucario, fue quien lo rescató.

Pero afuera, su familia había quedado muy dañada con sus adicciones.

“Mi familia quiero decirte que me dijo que me sacara a chingar a mi madre, ¿si me entiendes?”, dice en un momento de sinceridad.

Estuvo anexado tres meses, tuvo la oportunidad de escapar pero no lo hizo.

Después de Alcohólicos Anónimos regresó a casa, a iniciar su vida desde cero.

“Mi negocio no cayó porque Dios es grande y porque mi familia lo mantuvo”, dice.

Recuperó la granja y decidió no seguir con el local de tortillas. Las deudas estaban por todos lados.

La cabina de la camioneta es iluminada por una luz tenue, afuera hace frío a pesar del verano, tras un breve silencio Armando se sincera: “hoy te puedo decir honestamente, sí me hubiera gustado irme de aquí cuando mis hermanas me lo dijeron y empezar una nueva vida”.

Han pasado seis años desde que salió de Alcohólicos Anónimos, desde entonces no ha probado alcohol, coca o piedra, pero ha tenido noches en las que se sueña drogándose.

“No me he vuelto a drogar y alcoholizar porque no le he dado chance la mente”, me platica.

A diferencia de otros tú si pudiste dejar las drogas, le digo.

-Yo tuve suerte, no todos tenemos esa misma suerte, la neta.

Armando tiene 35 años, odia a los borrachos, no los tolera. Le encanta su oficio, matar puercos, hacer carnitas, no imagina su vida haciendo otra cosa.

Hoy ha superado sus adicciones, pero no sus consecuencias, está endeudado.

Se siente en un callejón sin salida y dice que tiene que buscar la manera de salir adelante porque a diferencia de quienes sí tienen a un padre protector a su lado, el suyo no vendrá a solucionarle la vida.

Terminamos de platicar, me despido de Armando y antes de irme me dice: “no puede haber un final feliz si no compones todos los errores que cometiste”.