[Historia] Nahuales, los guardianes del Valle de Tulancingo

Los españoles veían con desprecio a los indigenas y abusaban de ellos. 
En las noche aparecen seres extraños que cuidan la ciudad.
En las noche aparecen seres extraños que cuidan la ciudad. (Archivo)

Pachuca

Humillados y derrotados por los españoles, los indígenas de lo que hoy es México tuvieron que aguantar varias vejaciones de parte de los europeos, siendo una de las principales el exilio de sus tierras en beneficio de los conquistadores. Eso sucedió en toda la Nueva España, pero en lo que hoy conocemos como Tulancingo ocurrió un fenómeno peculiar que hasta hoy sigue repercutiendo.

Como los españoles veían con desprecio a los indígenas, abusaban de ellos laboralmente para luego echarlos de sus barrios, por lo que los otrora amos de Tulancingo debían conformarse con vivir en ciudades perdidas, un verdadero infierno.

Llenos de ira, varios indígenas cultivaron las artes ocultas de sus antepasados para tratar de vengarse, por lo que al par de años esas ciudades perdidas eran hábitat de nahuales, que veían con desprecio a cualquiera con rastro de españoles o a los ladrones que trataban de abusar. Irónicamente, el actuar de estos magos hizo de la zona la más segura del reino.

Pasaron los años, Tulancingo creció, la raza indígena se volvió minoritaria y los nahuales de la ciudad perdida desaparecieron poco a poco, o al menos eso pensó el mundo.

Algunos comentan que el lugar donde habitaban los indígenas se convirtió a través de los siglos en la colonia Francisco I. Madero, otros no están seguros. Lo cierto es que habitantes de la colonia aseguran que en las noches de vez en cuando aparecen seres extraños, como le ocurrió a este joven.

Ladronzuelo de barrio, este chico se metió a una casa para llevarse lo que encontrara. Una videocasetera, joyas de bajo precio y un par de billetes fueron su recompensa; al salir corriendo, ya de madrugada, vio a lo lejos a un hombre que paseaba a dos perros, o eso pensó.

Disimulando, el ladrón caminó lo más tranquilo que pudo junto al hombre. "No vaya a ser que me denuncie", pensó, pero al pasar a su lado notó que en la cara no tenia piel, y sus perros eran hienas que lo miraron con ganas de devorarlo.

Esto asustó tanto al delincuente que dejó las cosas en el suelo y salió corriendo para no volver jamás.