[Historia] "Intentó levantarse pero no pudo, la muerte le sujetaba el brazo"

Los espiritus perdidos o en pena no siempre buscan los pueblos lejanos o carreteras oscuras para tratar de encontrar el camino...
Antes tierras ejidales, hoy un bulevar donde han visto espíritus aparecer.
Antes tierras ejidales, hoy un bulevar donde han visto espíritus aparecer. (Arturo González)

Pachuca

Los espíritus perdidos o en pena no siempre buscan los pueblos lejanos o carreteras oscuras para tratar de encontrar el camino. De vez en cuando uno llega a la ciudad, o al revés. Este es el caso de un niño que hace muchos años encontró su fin por lo que entonces eran ejidos, pero hoy es una de las avenidas más transitadas de Pachuca.

El niño en cuestión, dicen, era el hijo de un ejidatario de Tlapacoya o un lugar cercano. Un día salió a jugar para no volver en vida; era una época donde la urbanización aún no llegaba a cubrir como ahora a la Bella Airosa, pero eso no impidió que el pequeño empezara a aparecerse a las personas.

Una de esas veces ocurrió hace no mucho tal vez tres años o menos. De noche, después de una intensa lluvia, el bulevar Colosio estaba casi vació a la altura de los Punta Azul. Ahí pasaba un hombre que muy valiente cruzaba la avenida para meterse al fraccionamiento.

Con poca luz, el sujeto vio como "algo" se acercaba desde un predio abandonado. Lo primero que pensó era que se trataba de un perro, pero después notó que en realidad era un niño, muy sucio de lodo, por lo que fue a ver qué le había pasado sin obtener respuesta.

Como buen samaritano, el hombre lo llevó a su casa para limpiarlo y ver cómo podía ayudarlo. En el camino, unas cuantas cuadras del bulevar a su casa, el niño se desmayó, por lo cual su cuidador se lo llevó en brazos.

"Está muy pesado, demasiado. Como es posible que un niño pese tanto", pensó el hombre, quien tenía en mente el cuerpo de no más de 1.2 metros y delgado del pequeño; más bien parecía de un chico de más de 1.60.

Llegando a casa, que estaba sola pues él era soltero, lo limpio, atendió e incluso le dio de comer cuando despertó. "¿Quién eres? ¿Qué te pasó?" interrogó al pequeño en busca de información. "Soy Felipe, soy de Tlapacoya. En la tarde me salí a jugar pero me perdí", respondió.

Una vez satisfecha su curiosidad, el hombre le prometió que lo llevaría de regreso a su casa al día siguiente, así que ambos se fueron a dormir: el anfitrión en la sala y el huésped en la habitación principal.

Ya de madrugada, el hombre despertó. Daba vueltas en el sofá hasta que escuchó algo raro, así que se intentó levantarse para ver a su alrededor pero no lo logró pese a poner toda su fuerza en ello: se le había subido el muerto.

La desesperación se apoderó de él, y más cuando notó que junto a él estaba el niño, sosteniendo la mano de "alguien". Esa figura era como la sombra de una persona, pero nada más; esa visión lo llenó de terror, que aumentó ante la imposibilidad de moverse.

Fueron minutos de angustia del hombre que por fin logró ponerse de pie. De inmediato buscó a su huésped pero nada, ni rastro de él ni de los trapos que uso para limpiarlo.

Al día siguiente fue a buscarlo a Tlapacoya, y lo único que le dijeron es que se había convertido en la nueva víctima de un fantasma.