[Crónica] "No sólo de comida se alimenta el hombre, también de espectáculos"

Todo depende de lo que quiere uno, pues si el impulso es de consumo, la opción adecuada es acercarse a los puestos oaxaqueños, en ellos está la solución a los hambrientos...

Pachuca de Soto

Repartidas en la Plaza Independencia, hay dos formas de entender la cultura. Una, los platillos y prendas tradicionales de Oaxaca, estado que aportar a las casas de cualquier lugar del mundo su gastronomía; en segundo lugar están los bailes polinesios, esos que con cadencia de las cinturas femeninas llaman la atención a cualquiera.

Todo depende de lo que quiere uno, pues si el impulso es de consumo la opción adecuada es acercarse a los puestos oaxaqueños. En ellos está la solución a los hambrientos: en la mesa, acomodados para generar una mayor impresión hay bolas de queso del tamaño de una cabeza, bolsas de un kilo con cacahuates, panes para acompañar una taza de café y ollas de mole.

Tendiendo su mano con pedazos de tostadas en ella, una mujer ofrece la muestra gratis del mole, una salsa entre picosa y dulce, resultado de combinar las especias naturales del sureste del país. “Una muestra sin compromiso”, frase cliché para los vendedores que quieren enganchar a las personas que pasan por ahí.

No todos caen, o si se ve desde el lado positivo, algunos sí compran un cuarto de kilo de la salsa. “Con unas piezas de pollo va a saber delicioso”, dice la vendedora al momento del intercambio del mole por el dinero.

Pero no sólo de comida se alimenta el hombre, también de espectáculos artísticos. En el escenario del Reloj Monumental sale una chica llamada Alejandra a realizar su coreografía individual de baile polinesio.

Originaria del Estado de México, Alejandra viste pantalón negro sin zapatos, top plateado con vivos en negro y trae una especia de bastón con forma de espada sin filo, lo cual contrasta con su cabello largo, castaño y puntas rubias. Atuendo poco propicio para el frío que se siente en el lugar.

El cuerpo de Ale se mueve firme, su cadera sigue el ritmo dictado por las notas de instrumentos polinesios, de esos que nadie sabe cómo se llaman pero todos conocen su origen. Mujeres ven con envidia como la chica, de unos 18 años, tiene un cuerpo delgado y atlético, los hombres, sabrá Dios qué ven en ella.

Son las palmas el mejor regalo para la joven, a quien el frío no le importa por una sencilla razón, con su baile eleva su temperatura y la de su público, pero no por mal pensados, sino porque le aplauden tanto que es natural olvidarse que ya estamos en otoño, época de los resfriados.