CRÓNICA | POR ALEJANDRO SUÁREZ

La Central de la Navidad

En la Central de Abastos para obtener calidad hay que meterse hasta el fondo.

Manzanas, nueces picadas, litros de crema, una combinación que estará en las mesas pachuqueñas el próximo martes por la noche.

Son montones de fruta que de a poco bajan.
Son montones de fruta que de a poco bajan. (Héctor Mora)

Pachuca

Como peregrinos llegan cientos de personas a la Central de Abastos. Coches se forman para entrar al estacionamiento, hombres y mujeres con bultos más grandes que ellos, y diableros que van y vienen con todo tipo de mercancía.


Es el fin de semana antes de Navidad, y todo para la cena está en un solo lugar, ¿para qué moverse a centros comerciales o súper mercados? "Aquí está más barato que allá" asegura un hombre mientras grita a los cuatro vientos su kilo de uva verde sin semilla a 30 pesos.


Manzanas, nueces picadas, litros de crema, una combinación que estará en las mesas pachuqueñas el próximo martes por la noche; hoy todas las mamás buscan la mejor calidad abalanzándose sobre lo que ellas consideran la mejor calidad en los puestos.

Son montones de fruta que de a poco bajan, como si fueran mineros en los cerros del Real los comerciantes con sus charolas le bajan kilos a los montones para luego pesarlos, meterla en bolsas de plástico y entregarlos a compradores, claro, siempre a cambio de un par de billetes.


"A 70 pesos el kilo de pierna, es pura calidad joven" asegura un carnicero mientras acomoda las carnes encima de montones de hielo para conservar su frescura. En el aparador, en charola ya hay pierna preparada con mole rojo aderezada con rebanadas de naranja.

"Está barata, si va a otros lados se la van a dar congelada, golpeada y mallugada, y hasta 90 pesos cada kilo" añade el carnicero, confiado de su producto.

La calidad no viene por los gritos de vendedores, sino en saber escoger. Eso lo saben varias mujeres que van de puesto en puesto, escarbando entre montones, empujando a sus vecinas y a los incautos que pasan en ese momento.

A lo largo de los pasillos de la Central hay gente que pasa lentamente, eso no impide a los diableros desafiar a la física al crear espacio donde no hay. Echando la lámina pasan como burro en cristalería, dándole llegues a uno que otro siendo la respuesta un "Ay", pero nada más.

Donde ni con sus mayores fuerzas pasan es en los puestos con bacalao. Son pocos los que ofrecen al ingrediente tradicional de Navidad; es una fila larga para el mostrador, equivalente a malestar entre los compradores que ven cómo se les va la vida para obtener a lo mucho un kilo del pescado.

No hay de otra, ni siquiera en los locales de pescado hay bacalao, ahí los ojos de mojarras observan a las personas que pasan como una súplica para que no las coman. Demasiado tarde, los animales del mar ya están muertos, sumidas entre kilos de hielo esperan su destino falta: el sartén de cualquier cocina pachuqueña.

De regreso a los puestos populares, hay uno con infinidad de luces. Rojo, amarillo, verde, todo destella en la oscuridad del local que a no ser por las series pasaría en el anonimato. Piñatas tampoco faltan. Estrellas de cartón, Bob Esponjas de papel china y Minions para adornar las posadas, demasiado caras para algunos: 150 por el ser que vive en una piña en el fondo del mar, ya ni el bacalao.


Son las compras en la Central de Abastos, donde para obtener calidad hay que meterse hasta el fondo.