ENTREVISTA | POR JORGE ALMAZÁN R.

Nacer y crecer en una zona popular puede ser para muchos sinónimo de delincuente en potencia o vago; sin embargo, para el actor mexicano fue lo mejor que le pudo pasar y le ha dado material para sus actuaciones.

Con el “Tartufo” dije de aquí soy: Juan Manuel Bernal

México.

Con playera, pantalón de mezclilla y tenis, Juan Manuel Bernal (1967, Ciudad de México) platica con Dominical MILENIO sobre sus personajes a lo largo de 30 años, de cómo dejó la contaduría, y sobre su irrupción en las grandes ligas del teatro de la mano de Luis de Tavira y Javier Margulis.

¿Quién es Juan Manuel Bernal?

Un cuate de un barrio del norte de la ciudad: La Villa, soy de barrio, crecí con unos papás que tenían una tienda de abarrotes, con lo que no cabía la posibilidad de que mis seis hermanos y yo nos hiciéramos vaguitos y rateros por el entorno. Algunos fueron a escuelas privadas, otros a públicas. Fueron grandes padres, eran amorosos, pero estrictos. Trabajaban y luchaban para sacarnos adelante, no éramos pobres ni ricos, vengo de gente trabajadora.

Así que nunca anduviste de aplanacalles...

¡Para nada! No lo creerán, pero mis hermanos fueron los culpables de que me gustara esto de la actuación, pues desde chiquitos hacíamos shows para vendérselos a los vecinos; yo tenía como cuatro o cinco años.

¿Para vender?

(Lanzando una carcajada) Sí, mis papás no nos dejaban ver mucha televisión, solo nos las prendían para ver El Chavo del 8

"Creo que el actor puede ayudar a despertar conciencias para cambiar el mundo"

, así que después de estudiar teníamos mucho tiempo libre, y como teníamos un patio muy grande se nos ocurrió hacer shows para entretener a los vecinos, sacarles un peso de entrada y con el dinero hacer palomitas, venderlas y seguir con más "producciones".

¿Eran obras de teatro?

Claro, pero además mi papá nos trajo un proyector de súper 8, les pasábamos películas y cobrábamos. Mis hermanos son más actores que yo, pero fui el único valiente que siguió en esto, y digo valiente porque hay que serlo para agarrar esta carrera.

Pero estabas muy chico para decidir que serías actor...

No te das cuenta que vas a tomar esa línea. Me acuerdo que en segundo de primaria bailé "El rock de la cárcel" y de ahí me escogieron para representar al DF en un concurso a nivel nacional de primarias y esa fue mi primera incursión profesional en algo artístico.

¿Por qué no te dedicaste al baile?

Pasó que en tercer grado había una visita al teatro, de las que se hacían antes, pero mi mamá no me dejó ir y me escapé de la casa. Me costó una cinturoniza, pero pude ver El dragón de tres cabezas (Fumero Mario E.), en el Palacio de Bellas Artes, una de las cosas que jamás olvidaré: ver abrir el telón, hoy sé que se llama "tifanis". Al día de hoy tengo imágenes muy claras de ese montaje.

¿Qué pasó después?

Me dediqué a la escuela, pero me quedó la inquietud y fue hasta la secundaria, en la técnica 42 de la calle de Tenochtitlán en pleno barrio de Tepito, cuando por mi tipo güerito, mi maestra Raquel me escogió para ser el Arcángel San Miguel en la Pastorela. Ahí ya tenía un personaje... ¡y casi mato, literal, al diablo!, pues aunque solo tenía que ponerle la espada, le di un espadazo bien fuerte, ya era intenso desde chiquito.

Pero, ¿en qué momento dijiste "de aquí soy"?

La maestra Raquel nos mandó a ver Tartufo (Molière) en el teatro Hidalgo. Era una puesta del maestro José Luis Ibáñez y Tartufo era Sergio Corona; estaban Manolita Saval, Claudio Obregón y Alma Muriel. Yo estaba en octava fila, adelante no había nadie y poco a poco me fui pasando filas hasta llegar a la primera; quedé impactado, fascinado, fue la primera vez que, conscientemente, me dije: "Yo quiero estar ahí, arriba, no abajo". Muchos años después lo hice.

¿Fuiste rebelde en la secundaria?

¡Demasiado!, no me gustaba cortarme el pelo, pero teníamos una directora muy estricta que me rapó cuatro veces con tijeras de pollo. Pero nos formaron muy bien, a la fecha me voy de vacaciones con los cuates de la secundaria.

¿Al terminar te dedicaste a la actuación?

No, estuve en la vocacional Luis Enrique Erro, iba para contador, la dejé faltando nueve meses para terminar la carrera.

¿Te aburriste de los números?

Ocurrió que mis hermanas conocían a unos tipos que tenían un grupo; ellas les dijeron que yo cantaba todo el día en la regadera, me invitaron a participar y estuve en un grupo musical, de la época de Menudo, Chamos y la chingada, un pasado que no me gusta decirlo, pero que sirvió porque me di cuenta que me gustaba esto.

Dices que tus padres eran estrictos, ¿te reclamaron?

Mi papá me preguntó: "¿Qué quieres ser en la vida?", y le contesté que esta carrera, así que me dijo: "Entonces, si quieres ser actor, prepárate para ser el mejor", y esos son de las grandes consejos y lecciones que me ha dado la vida.

Así que dejaste la voca...

No, dejé el grupo y me inscribí en una escuela de teatro para ir en la tarde y en la mañana seguir en la voca. La primera no me llenaba, pero ahí conocí al maestro que fue mi guía: Víctor Carpinteiro, por eso me quedé tres años en esa escuela e hice grandes amistades, hasta ahora mis mejores amigos son de ahí.

Si no te sentías a gusto en la escuela de teatro, ¿por qué te quedaste?

Había invitaciones para casting, hice uno y me quedé en una obra infantil, trabajaba sábados y domingos, con eso y las tortas que me dejaba vender mi hermana, que tenía una vinatería, me ayudaba para pagar la carrera. Vivía aún con mis padres, yo me pagaba la carrera, pero ellos lo demás. Después decidí irme al Centro Universitario de Teatro (CUT) y de plano dejé la Contaduría, pues me di cuenta que no había otra cosa que quisiera hacer en la vida, que me apasionara más que la actuación.

¿Cómo llegas a las grandes ligas?

Cuando conocí a los grandes maestros Luis de Tavira, José Caballero, José Cermeño y Javier Margulis, entre otros, me dije que ese era el teatro que quería hacer y entré al CUT, porque ellos daban clases ahí y necesitaba que me conocieran para que me llamaran... ¡y así fue! Todo se fue dando, me considero muy afortunado, lo único que puse fue pasión y entrega total, porque entrábamos a las 12 del día y salíamos a las 10 de la noche. Vivía en la universidad, a la fecha la amo y busco el pretexto para ir todos los días.

Existen muchos prejuicios respecto a quienes son de barrio...

Así es, solo porque eres de barrio te califican de vago, malviviente, delincuente y hasta asesino, pero no es verdad. Puedo decir que todos mis compañeros de la primaria y secundaria son grandes profesionales y seres humanos que han trabajado por este país mucho, a diferencia de, esos sí, delincuentes de cuello blanco.

¿Cómo en algunos de tus personajes?

Hay un compromiso que he adquirido con los años, tiene que ver con un compromiso social, con que las cosas que hago y digo tengan que ver con un beneficio social para el entorno en que me desenvuelvo. Siento que he tomado esa actitud frente a la carrera, la misma carrera y los personajes me lo han exigido, de no ser solo el que sonríe frente a la cámara, hace su trabajo y se va. No, sino hacer el trabajo para que lleve a la reflexión, que la gente se lleve algo de lo que a mí me preocupa como ser humano; porque esta carrera me ha dicho que primero es el ser humano y después es el actor, soy un obrero de mi trabajo.

¿Como cuando fuiste Federico Márquez en "Capadocia"?

Sí. Federico, un tipo que con tal de manejar la droga dentro de un penal o la trata con las internas, es capaz hasta de "sacrificarse" y acostarse con quien sea, es todo lo opuesto de Juan Manuel, pero son personajes que hay que hacer o no los vemos aunque estén en la política, el problema es subirlos a la plataforma... al escenario.

¿Y con Ángel de la Cruz, en la cinta "Obediencia perfecta" (Luis Urquiza, 2014)?

Ese fue uno de los trabajos más difíciles que he hecho, un cura pederasta, hasta tuve que tomar terapia, hacer yoga, meditación y mucho ejercicio para dejar al personaje. Me tocó fuerte y espero que no me pase de nuevo, pues fue muy fuerte el proceso para entender a un enfermo como él, y sin juzgarlo, entender qué lo movió para hacer lo que hizo, pero son los papeles que quiero hacer.

Ahora, en tu nuevo proyecto por supuesto que te ayudó ser de barrio...

En la telenovela Así en el barrio como en el cielo se resaltan los valores del barrio; de que no necesariamente todos son vagos drogadictos, ladrones o rateros, hay otros que se ponen corbata y han dejado el país como lo han dejado. Aquí hablamos de lo mexicano, no el superhéroe que trafica y mata, sino del superhéroe que es un padre abandonado, levantarse todos los días a las cinco de la mañana, ir por su pollo, dejarlo en su puesto, ir a bañar a la más pequeña de sus cuatro hijas, peinarla, darle de desayunar, llevarla a la escuela, ir por ella, hacer la tarea juntos y regresar al puesto, eso lo hace 98 por ciento de este país.

¿Se dejan atrás los clichés de "los pobres y los ricos"?

Me caga que se manejen así las historias, porque no es pobre, es un trabajador normal, como cualquier mexicano, de ése es del que hay que hablar, resaltarlo para tratar de educar a mejores seres humanos y no decirles: "Lo chingón es que agarres un arma, mates a 400, te vuelvas un héroe y todo mundo te esté buscando y tú te sientas un chingón por chingarte a la gente". Me siento como pez en el agua, y se ve...

¿Has pensado en irte a Estados Unidos?

Me lo han dicho muchas veces, que me vaya a Hollywood. Respeto y admiro lo güevos que tienen los compañeros para irse a plantar y buscar nuevas oportunidades y abrirse horizontes en el extranjero, pero creo que como mexicano tengo muchas cosas que decir en mi país y lo hago mediante mis personajes; no siempre son los que concuerdan con mi forma de pensar, pero eso los hace interesantes, pues reflejan a alguien que uno ve. He luchado muchos años para ser actor, sigo en ello, nunca antepongo mi vida privada, que es tan común y tan corriente como la de todos, a la de trabajo. Creo que el actor puede ayudar a despertar conciencias para cambiar el mundo... ¡soy soñador!