Chocolate amargo

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Nigella Lawson y su esposo, Charles Saatchi
Nigella Lawson y su esposo, Charles Saatchi (Milenio Dominical )

México

Hay una imagen entrañable en la emisión televisiva de Nigella Lawson. Al cierre del programa, la chef aparece en la cocina asaltando el refrigerador en la oscuridad de la noche. Se roba un pastel, dulces o algo de pasta. Esos segundos de pasión por la comida le dan un aire más o menos perverso y clandestino.

En los últimos días del año pasado repitió la operación muchas veces. Comió montones de chocolates. Solo así ha podido superar los líos en que se ha visto envuelta de golpe: un encuentro violento con su marido, Charles Saatchi, en un restorán londinense en junio pasado, una demanda de divorcio breve y contundente, y un proceso legal contra sus empleadas en el que se vio obligada a reconocer públicamente que había consumido cocaína en dos ocasiones.

Cuando Nigella y Saatchi decidieron llevar ante los tribunales a las hermanas italianas Elisabetta y Francesca Grillo, nunca imaginaron que perderían el litigio y además buena parte de lo que quedaba de su intimidad. Habían descubierto que sus asistentes se despachaban con la cuchara grande cuando iban de viaje o de compras con los hijos del matrimonio. Con una tarjeta de crédito a cuenta de Nigella y Charles se dieron la gran vida entre 2008 y 2012, gastando un promedio mensual de 90 mil euros. Viajes en primera clase, hoteles de lujo, boutiques de alta costura, renta de yates...

Pero Nigella comenzó a sentir un sabor amargo en la boca cuando Saatchi alegó que sus empleadas gastaban a puños a cambio de no hacer públicas sus adicciones. La acusó en pocas palabras de ser una "criminal habitual".

Agobiada, deprimida, la reina británica de los fogones solo atinó a responder al tiroteo jurídico enviando por twitter recetas de tartas y pasteles a sus amigos y enemigos. Y se sentó a atascarse de chocolates después de conocer enteramente los defectos de un ex marido al que había mandado fácilmente a la lona en el apresurado juicio que disolvió su matrimonio de 10 años.

Pero lo peor de todo es que las hermanas Grillo se apresuraron a hablar con los periodistas de las intimidades de la pareja, más allá de la cocina. Aseguran que Nigella es adicta, "un zombi que deambula por la casa con insomnio, hace un pastel en mitad de la noche y duerme al mediodía". Y por si fuera poco han balconeado a la pareja disputándose durante el divorcio un perro disecado.

Una vez más ha quedado claro que la justicia tiene sus caprichos en todo el mundo. Después de tanto jaloneo, Saatchi se ha quedado con el perro, las hermanas italianas han sido declaradas inocentes por el momento, en tanto se instrumenta otro procedimiento judicial contra ellas, y Nigella, que se preparaba para entrar en el mercado televisivo estadunidense, ha quedado sujeta a investigación por sus presuntas adicciones. Lo que está en juego para ella es su futuro profesional en el mundo de la gastronomía.

Aterrada, la chef come chocolates a puños mientras se define su destino. D