ENTREVISTA | POR HÉCTOR GONZÁLEZ

“Lo bonito del teatro es que no te puedes ver”: Jesús Ochoa

Jesús Ochoa inició en 1974 su carrera en la actuación.
Jesús Ochoa inició en 1974 su carrera en la actuación. (Clasos)

Ciudad de México

Un director escolar con buen ojo le dijo un día a Jesús Ochoa, entonces maestro normalista, que su vocación iba por la actuación y no por la docencia. Atento, el sonorense dio un vuelco a su profesión y entró a paso lento en el teatro. Cambió el norte por el DF para dedicarse a construir una carrera tan respetada como diversa.

¿Qué lo trajo de Hermosillo al DF?

Primero me vine a estudiar en el 79, después de terminar la Normal. Un director me dijo que más que profesor parecía actor así que le tomé la palabra y me vine a estudiar. Luego me invitaron a hacer El Jefe Máximo en la UNAM.

Si le aplicaran la evaluación para maestros, ¿cómo le iría?

Según la región. Hay muchas condiciones para evaluar al maestro y son muchas las circunstancias. No creo que esté completo el plan que promueve el gobierno. La diversidad de nuestro país no permite imponer un solo contexto. A veces somos muy centralistas. Cuando estaba en la primaria no conocía nada fuera de Sonora y hasta que llegué a la capital y vi los murales de Diego Rivera, entendí de lo que hablan los libros de textos. Deberíamos poner más atención en las regiones.

¿Cómo llegó a trabajar con el rapero 50 cent?

Imagina que te dicen: "Vas a trabajar con morenazas de fuego por buenos dólares y además estarás en Cancún". ¿Tú te negarías?... Yo tampoco.

Dicen que es bueno para el dominó...

No soy bueno... soy muy bueno. Lo digo yo.

Hábleme de esas sesiones con Leñero, Taibo...

Han ido cambiando de sede. Empezaron en el 91 o 92, jugábamos en el Milagro de Giménez Cacho, después nos fuimos a Casa del Teatro. Muchos actores pensaron que era bolsa de trabajo y llegaron sin saber jugar. Cuando mi mujer se embarazó decidí traer las sesiones a casa. Han pasado desde quienes juegan bien como yo, hasta los supremos como Vicente Leñero, quien impartía auténticas cátedras. No vamos a platicar ni nada, solo a jugar.

¿Hacía trampa?

Sí, pero no se lo diga a nadie.

¿Toma a bien perder?

A nadie le gusta perder y menos en el dominó...

¿Qué tal era Leñero de suegro?

Soy afortunado por haberlo conocido. Menos mal que él no te puede contestar. Lo quise mucho y sentí su aprecio, cariño y sabiduría. Lo conocí de manera diferente a sus lectores. Comía con él y su familia los miércoles, jugábamos dominó. Viajamos a Salvatierra, Guanajuato, porque quería volver al lugar donde hizo su servicio social como ingeniero. Me di ese honor y le di ese gusto. Hablábamos sobre la fe. No es por colgarme medallas pero todavía siento algo en el corazón cuando oigo su nombre.

¿Por cuál de sus actuaciones habría pagado por ver?

Por ninguna. Lo bonito del teatro es que no te puedes ver. A mí no me gusta verme en monitor ni en mis películas. No me aguanto. Cada quien tiene sus broncas y yo no me soporto. Por eso ni el cine ni la televisión me gustan tanto como el teatro.

¿No se ve ni en el espejo?

Ahora que estoy adelgazando sí.

¿Cuál es su dieta?

El ejercicio, es una chinga. Uno tiene que volverse adicto a la chinga del ejercicio, no es un juego.

¿En el espejo qué ve?

Me digo: ¡Cuánto me falta para bajar!

¿Qué le quita la sonrisa?

Muchas cosas, me pone mal ver el desamparo de niños y viejos.

¿Qué tipo de obra vivimos los mexicanos?

Una kafkiana, de una diversidad absoluta, con una escenografía infinita y maravillosa y un libreto excepcional, pero que puede ser destruido por los directores.