El rock de Eruviel

El Santo Oficio.
Santo Oficio
Santo Oficio (EFE)

Ciudad de México

En recuerdo de Arnulfo Rubio

Las sandalias del cartujo acusan las heridas de los años, las fatigas de largas y continuas caminatas por senderos inhóspitos. Están para el arrastre, pero a él no le importa y decide darles el tiro de gracia marchando del centro de la Ciudad de México a Texcoco, donde la voluntad del gobernador Eruviel Ávila impidió la realización del Hell and Heaven Fest 2014, ese atentado a la seguridad y las buenas costumbres de un estado donde se fomenta el recogimiento —sus habitantes han aprendido el beneficio de encerrarse a piedra y lodo en sus casas a una hora prudente, no se les vaya a aparecer el diablo, y no precisamente en la forma del veterano y lenguaraz Gene Simmons, líder de ese circo llamado Kiss.

El cofrade camina a la deriva por el oriente del Estado de México, en todas partes escucha historias espeluznantes. No hay casas ni negocios sin rejas y en los corrillos se comentan balaceras y homicidios. La venta de drogas y protección prospera como nunca y la delincuencia común actúa con el manto protector de la impunidad, aseguran los vecinos de esa zona donde las alambradas forman parte de un paisaje deprimente.

En su walkman de última generación, para conjurar el miedo, el amanuense pone un casete de Guns N’Roses —Appetite for Destruction—, una de las bandas invitadas al frustrado festival metalero en Texcoco. Le sube el volumen al máximo y comienza a zarandearse, no por el ritmo rabioso de la música sino por la letra de “Welcome to the Jungle”, cantada de manera impresionante por Axl Rose. Le provoca espanto, y no es para menos cuando dice: “En la jungla,/ bienvenido a la jungla,/ mira cómo hace que te arrodilles,/ quiero verte sangrar”.

El Estado de México se ha convertido en una jungla, Eruviel lo sabe y, en su ineptitud camuflada de sensatez, tirar a la basura festivales como el Hell and Heaven es su única solución para “proteger” a quienes solo quieren escuchar música, bailar o —tal vez, solo tal vez— emborracharse, darse un toque y gritar a ritmo de rock sus frustraciones pero también sus deseos de un futuro menos lúgubre.

Los conciertos de rock en la ciudad de México, organizados por OCESA, han demostrado las falacias de la prohibición impuesta por los gobierno del PRI en la prehistoria. En el espectáculo metalero de Texcoco la empresa de Alejandro Soberón no tenía ninguna vela en el entierro, quizá por eso la arbitrariedad del gobernador mexiquense para cancelarlo. El festival había provocado enormes expectativas y gastos considerables, pero al no estar encabezado por el gigante de la industria del entretenimiento en Latinoamérica fue fácil dejar a los organizadores, a las bandas y al público colgados de la brocha.

Mientras camina por esas calles de Dios, con su morral al hombro, el amanuense se pregunta si Eruviel no podría, en algún momento, cuando tenga ganas y tiempo, dejar al rock en paz y ponerse a trabajar en cosas tan triviales como la cotidiana seguridad.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.