El pequeño milagro de Hollywood

Shirley Temple, la niña dulce del cine estadunidense en los años treinta, no llegó a ser la actriz adulta que se esperaba y prefirió dejar la profesión, pero antes de irse demandó al mismo Graham ...

Ciudad de México

En los tristes años de la Depresión y durante la década de 1930, asolado por la pobreza, Estados Unidos puso en su corazón a una adorable pequeña de cabello rizado que se veía tan vulnerable como su país, pero que siempre ganaba al final gracias a la ayuda de sus amigos y de adultos de buen corazón que hacían un gran esfuerzo por apoyarla. Esta niña es Shirley Temple, quien en esa década se convirtió en una de las estrellas más grandes del mundo. Su carrera y sus presentaciones nutrieron generosamente las arcas del presidente del formidable estudio 20th Century Fox, Darryl F. Zanuck, para quien Temple se convirtió en un rizado corderito del dinero que bailaba y cantaba.

También logró fama como ejemplo sorprendente, casi único, de cómo una niña estrella se sobrepone al estatus de protagonista juvenil que le arruina la cabeza a tantos actores jóvenes. Shirley Temple no se alocó. Se convirtió en la representante de Estados Unidos ante Naciones Unidas y luego fue embajadora de su país tanto en Ghana como en Checoslovaquia —aunque estas ambiciones de servicio público surgieron de una aventura incómoda en la televisión en los años cuarenta. Temple sintió que, fuera de la niñez, no era realmente una estrella y era como una Esther Williams (la actriz nadadora) fuera del agua. Sin embargo, tenía estilo, dominio de sí misma, un factor de reconocimiento de marca y capacidad para el desempeño en público, y sintió que todo esto podría ser aprovechado en una carrera política.

Sus películas fueron aventuras azucaradas en las que esta pobre y pequeña niña se enfrentaba a algo terrible, pero demostraba un empeño indomable: ella era una niña sin ningún Chaplin que le ofreciera un correctivo dramático o cómico al sentimentalismo azucarado. En Bright Eyes (1934), logró casi el estatus de deidad hogareña en Estados Unidos: la película fue concebida específicamente para ella. Temple interpreta a una dulce niña huérfana llamada Shirley a la que apodan Bright Eyes (Ojos Brillantes).

La película jugó brillante y despiadadamente con los instintos protectores del público y les ofreció la sensacional canción “On The Good Ship Lollipop”, una dulce canción de cuna que habla de navegar por el cielo a un mundo de dulces. “Pero si comes demasiado —¡Ooh! ¡Ooh!— despertarás con dolor de panza”. Los estadunidenses hambrientos no podían más que soñar con comer tantos dulces. Con solo seis años de edad, Temple interpretó esa escena con un inquietante talento, como un alienígena del Planeta Profesional, con actores adultos que debieron mostrar sonrisas inamovibles. Ella tenía un hipnotizante control precoz del ritmo y el tono: calmado, desenfadadamente tranquilo y natural, con un pequeño quiebre en las notas más altas.

El otro filme trascendental de Temple, Curly Top (1935), se estrenó un año después. En este interpreta a Elizabeth, una niña en un orfelinato —pero por supuesto— en el que su atractiva hermana mayor trabaja en la cocina. Un acaudalado administrador del orfelinato se encariña con Elizabeth y, mientras hace lo posible por adoptarla, se enamora de su hermana mayor. Fue en esta película que Temple le entregó al mundo su otra canción legendaria, “Animal Crackers In My Soup”, cantando en el orfelinato sobre la maravilla de encontrar galletas de animalitos, encontrar algo con lo que alegrar su dura vida, y obtener lo mejor de las cosas.

Cuando tenía poco más de 20 años, Temple dejó el cine, sintiendo que nunca podría lograr el estrellato electrizante del que había disfrutado de niña, y sus modos almibarados comenzaron a verse incómodos cuando se acercó y entró a la adolescencia.

Y fue debido a este asunto que Temple tuvo el enfrentamiento más famoso de la historia de Hollywood con un crítico de cine, y no fue con cualquier crítico de cine. En 1937, cuando Temple tenía nueve años de edad, Graham Greene reseñó su película Wee Willie Winkie en la ya desaparecida revista Night and Day: “Sus admiradores, hombres maduros y sacerdotes, responden a su dudosa coquetería, a la vista de su pequeño cuerpo bien formado y deseable, lleno de una enorme vitalidad, solo porque el telón de seguridad de la historia y el diálogo cae entre su inteligencia y su deseo”.

20th Century Fox lo demandó por difamación, afirmando que Greene había implicado que el estudio había comercializado deliberadamente la película de esta manera moralmente objetable, y ganó. Parece posible que el viaje de Greene a México, que inspiró su novela El poder y la gloria y que inició antes del juicio, haya sido apresurado porque, estando en un país sin un acuerdo de extradición con Gran Bretaña, podría evitar cumplir una sentencia en la cárcel por difamación criminal. En consecuencia, la multa por difamación civil destruyó a la revista y el asunto terminó allí.

El caso Temple/ Greene es interesante en cuanto a que es un ejemplo de cómo una vena particularmente elevada o “literaria” de crítica cinematográfica se sigue inclinando por ridiculizar o ser condescendiente con Hollywood, o a usarlo como la materia prima para chistes o provocaciones. Pero Hollywood tiene dientes, y Greene no fue el último escritor en descubrir que las leyes de difamación de Gran Bretaña contemplan grandes cosechas para las celebridades acaudaladas y poderosas.

El personaje cinematográfico de Shirley Temple era una especie de primo de la Elizabeth Taylor de National Velvet, o de la Julie Andrews de The Sound of Music: una niña adorable y de naturaleza dulce, con logros de adulto, pero asexuada y sin arte, y totalmente cómoda con la actuación. Haberse desempeñado tan bien con tan pocos años, pero haberse retirado del mundo del espectáculo y del estrellato infantil con tanto éxito fue, hasta cierto punto, un milagro.



(c) The Guardian

Traducción: Franco Cubello



Texto completo de la crítica de Graham Green

El 29 de marzo de 1938, los estudios 20th Century Fox ganaron el juicio por difamación contra Graham Greene por su crítica de la película Wee Willie Winkie publicada en la revista Night and Day. En ella dice:

Los dueños de una estrella infantil son como arrendatarios: su propiedad pierde valor todos los años. La carroza del tiempo está a sus espaldas y ante ellos se extienden acres de anonimato. El caso de Shirley Temple, sin embargo, es de un interés especial: la infancia es su disfraz, su atractivo es más secreto y más adulto. Hace dos años ya era una personita elegante (creo que la infancia real la abandonó después de The Little Rebel). En Captain January vistió pantalones con la sensualidad madura de una Dietrich: su trasero bien marcado y desarrollado se movía con el tap: sus ojos miraban de soslayo buscando coquetear. Ahora, en Wee Willie Winkie, usando faldas cortas, es completamente adorable. Observe sus zancadas por las barracas indias: escuche los suspiros de expectativa excitada de su antigua audiencia cuando el sargento levanta la mano; vea la manera en la que mide a un hombre con ojos de estudio ágil, con rizada depravación. Los sentimientos adultos de amor y dolor se deslizan por la máscara de la niñez, una niñez que solo es superficial. Es inteligente, pero no puede durar. Sus admiradores —hombres maduros y sacerdotes— responden a su dudosa coquetería, a la visión de su pequeño cuerpo bien formado y deseable, lleno de una enorme vitalidad, solo porque el telón de seguridad de la historia y el diálogo cae entre su inteligencia y su deseo.