Rockeros versus políticos

Semáforo.
Semáforo
Semáforo (Reuters)

Ciudad de México

Se pregunta Simon Lancaster (“The Art of Rhetoric”, en YouTube) por qué es tan fácil mover y conmover multitudes con música popular y tan difícil con la palabra. El arte de la retórica mudó de costumbres y, al parecer, el rock es la nueva gran retórica (y a veces la única elocuencia transmisible): mueve y conmueve, une y reúne enormes masas de gente.

Hallo dos cosas notables: una, la economía del asunto; dos, la forma del gusto y el interés. El público paga por asistir a un concierto; hace filas, se deja esquilmar por revendedores: desarrolla toda una labor y un gasto para poder asistir. En cambio, la gente no va a escuchar a un político, a menos que le paguen. Una despensa es tan valiosa que la gente está dispuesta a soportar el discurso de un político que, por su parte, necesita la presencia de quien no quiere escucharlo.

Es interesante el sentido en que se mueve el dinero; más aun, comparar lo que ofrecen uno y otro caso. El político está obligado a aportar datos, cuentas, posibilidades y posturas: información, cosas que no se sabían y cosas que se desean. En cambio, ya sé, me sé de memoria tales y cuales piezas de música; es más, las tengo en mi iPod, bien grabadas y con sonido limpio, pero igual voy a pagar por ver y oír a tal cantante o grupo en vivo, incluso si el sonido es de menor calidad que mi grabación. No obtendré información nueva: voy a pagar por oír algo que ya me sé...

Y si la expectación no tiene que ver con la novedad ¿de qué interés hablamos? Quien habla está en constante lucha por mantener el interés de su auditorio; el rockstar cuenta con ese interés de entrada. Y le perdonamos todo —que se equivoque, que se caiga de borracho— excepto una cosa: que finja, que lleve a cabo una impostura; por ejemplo, que haga playback (fonomímica, le dicen). Y ese es el problema con los políticos: primero, los suponemos farsantes; segundo, sus discursos no son sino la fonación de un texto que no escribieron ellos y que seguramente tampoco podrían escribir. De entrada, los suponemos impostores.

Pero el caso es que nuestro interés primordial, en esta comparación que propone Lancaster, no está en el fenómeno de la información. Nos interesa mucho más aquello que no aporta nada nuevo. ¿Por qué nos conmueve tanto algo que ya nos sabemos? Quizá porque la repetición produce reconocimiento, y el reconocimiento es una confirmación del ser: vuelvo a ser yo, y reconozco la continuidad de mi persona a lo largo del tiempo, y la confirmo con el goce que me produce la música. Porque, además, en particular la música coloca a la persona ante ciertos asuntos fundamentales: la verificación del ritmo, la felicidad de la melodía y, particularmente, la intuición de la armonía: cosas disímiles que, juntas, producen algo superior a la suma de sus partes. Y junto a esto, la percepción del tiempo. Quizá sea esa confirmación de ser, ese reconocimiento, pero dado en el transcurso del tiempo. En eso consiste el valor de los rituales: confirman la existencia en el tiempo y aportan la intuición de una eternidad... y ya me puse filosófico, cuando lo que quería era, simplemente, decir que leer y escuchar no son solamente recursos para transmitir información, y que los niveles de lectura de este país no van a subir si no se logra transmitir algo más de lo que entiende la Sep.