Fiesta cubana de los Rolling Stones

El rock and roll de los Stones contagió hasta a los más fieles amantes del son cubano, que solo por curiosidad fueron al concierto de la banda británica en la Habana.

La Habana

No hay nada nuevo, en apariencia, en los conciertos de los Rolling Stones. Pero el asombro resulta inevitable ante un grupo que siempre lo deja todo sobre el escenario, como ocurrió este viernes en la Ciudad Deportiva de La Habana, donde fueron aclamados por una multitud procedente de los más diversos rincones no solo de Cuba sino del planeta.

Entre quienes fueron a verlos había numerosos cubanos escépticos, movidos solo por la curiosidad, convencidos de que sus gustos iban por caminos diferentes a los de la legendaria banda: "a mí lo que gusta es el son", señalaba uno; "esto no es lo nuestro", afirmaba otro. Al final, también ellos claudicaron y se unieron gozosos a la fiesta que terminó poco antes de las once de la noche, cuando Mick Jagger, visiblemente emocionado dijo: "Muchas gracias, muy buenas noches" y los cuatro: Mick, Keith Richards, Ron Wood y Charlie Watts se despidieron en el centro del escenario. Habían hecho historia, y lo sabían.

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"Sabemos que antes era difícil escuchar nuestra música en su país. Pero los tiempos están cambiando" –comentó Jagger en español en algún momento, y una ovación rubricó sus palabras en la gran noche cubana de los Rolling Stones, en la que refrendaron su prestigio como "el más grande espectáculo de rock".

Un espectáculo al que contribuye, por supuesto, la tecnología. Pero todas las computadoras, los amplificadores, las luces, las pantallas, serían nada sin el talento y la entrega de todos y cada uno de los artistas que participan en él; sin el buen humor y, sobre todo, sin la comunión entre Jagger y Richards: cuerpo y alma de la agrupación. "Mi compadre", le dice Mick cuando lo presenta y Keith sonríe con todas sus arrugas.

Como sonríen también Roon Wood y aun el hierático Charlie Watts, como lo hacen los demás músicos –todos ellos reconocidos maestros en sus instrumentos: los teclados, los metales, el bajo– y desde luego los espléndidos coristas.

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Sobre el escenario Jagger es el infatigable funámbulo, el mimo que maravilla con el dominio de su cuerpo y sus gestos. El mago que saca de su chistera una sorpresa tras otra.

"¡Qué público tan chévere!", grita y la gente enloquece. "¡Cuba, Cuba, Cuba!", dice, primero en un susurro, luego subiendo la voz, y un coro de medio millón de personas atraviesa la isla. Comenta que fue a La Habana Vieja y comió "ropa vieja, arroz y frijoles" y de nuevo la bulla de los convidados a esta celebración de la música, del rock, del porvenir.

Porque en las voces de los cubanos se escucha lo mismo: la ilusión de que las cosas comenzarán a cambiar en su país; se sienten orgullosos de sus logros en seguridad, educación y servicios médicos, pero anhelan mayor libertad de expresión y bienestar económico. Y en la visita del presidente estadunidense Barak Obama y en el concierto de los Rolling Stones encuentran signos de ese cambio. Eso lo dicen todos, unos con mayor énfasis que otros, pero todos coinciden con Jagger en que se avecinan tiempo nuevos para Cuba.

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¿Qué se puede decir de las canciones de los Rolling Stones, excepto que están en la memoria de todos?, incluso en la de aquellos pequeños de ocho o nueve años que, trepados en los hombros de sus padres, durante todo el concierto imitan a Jagger y cantan a todo pulmón. ¿Qué más puede decirse de los bailes y los brincos y las carreras y la fortaleza del dueño de la lengua más famosa del universo? Poco, ciertamente. Pero esta noche de un calor agradable, llena de nubes que no se transforman en lluvia, de una luna llena que se oculta tras ellas y solo aparece rotunda cuando los ídolos británicos se han despedido, el espectáculo no solo ha estado sobre el escenario, sino en la gente que ha creado una nueva Babel y ondea orgullosa las banderas sus países: México, Argentina, Brasil, Uruguay, Gran Bretaña, Suiza, Corea, Japón, Turquía. Hay también rumanos, sudafricanos, canadienses, estadunidenses, y de muchos otros lugares. Y todos responden con alaridos cuando Jagger dice: "¡La estamos pasando muy bien!". Y, especialmente, cuando como un guiño a los cubanos exclama: "¡Ustedes están escapados!" –es decir: son extraordinarios.

Es una noche hermosa, y la alegría no decae ni siquiera entre quienes están aquí desde mucho antes de las dos de la tarde, cuando se abrieron las puertas de la Ciudad Deportiva. Contrario a lo que sucede en otras partes, no hay souvenirs ni puestos de comida o bebidas, solo unos cuantos vendedores de golosinas. Un hombre lleva una playera blanca con la leyenda: "Rolling Stones. Havana, 2016". Es el único que la tiene, las otras playeras de los Rolling que se miran son de conciertos anteriores, algunos tan lejanos como el de Copacabana 2006. Al preguntarle dónde la compró, dice con una sonrisa: "¡Yo la hice!" Una muchacha, con un lápiz para cejas, dibuja en las mejillas de sus amigas la lúbrica lengua –el planetario símbolo de los Stones– y con bilé la tiñe de rojo. Algunas personas sacan de sus mochilas agua, refrescos, sándwiches o fruta y se sientan en el suelo a comer mientras comienza el concierto. Las horas pasan lentas, hasta que a las 20:36 aparecen Jagger y sus amigos para iniciar la pagana celebración de Viernes Santo, que concluirá más de dos horas después y durante la cual, en un momento especialmente conmovedor, dirá: "¡Gracias, Cuba, por toda la música que le has regalado al mundo!"

¿Las canciones? Las mismas de siempre: "Angie", "Sympathy for the Devil", "Start me up", "Miss You", "Happy" –una de las dos que cantó Richards– para cerrar con el himno de tantas generaciones: "Satisfaction", que –clásica al fin– parece que fue escrita ayer. Eso lo saben y lo sienten todos: los viejos y los niños y los jóvenes llegados de todas partes para atestiguar el concierto histórico y que al salir de la Ciudad Deportiva se amontonan en las guaguas o caminan largas distancias hasta sus casas o sus hoteles, haciendo muchos de ellos escala en los pocos restaurantes o bares abiertos, llenando a La Habana de una atmósfera de libertad.

"¿Ahora quién será el siguiente?", pregunta una muchacha a sus amigos, aguardando tal vez que la escuchen y le responda alguno de los que caminan a su alrededor. ¿Quién: U2, Madonna, Lady Gaga? En estos momentos todo parece posible en este país donde en cualquier parte aparecen letreros celebrando a la revolución y en el que las carencias económicas saltan a la vista. ¿Quién? Nadie lo sabe, algunos cubanos incluso ignoran los nombres de los Stones y se refieren a ellos como "el cantante", o "el más viejito" o "el de la cinta en la cabeza" o "el del polo verde". Nadie les dijo que se llaman Mick Jagger, Charlie Watts, Keith Richards, Ron Wood. Pero han advertido los tiempos de cambio y en el aire flota la certeza de que es solo rocanrol pero nos gusta.