The Who y Tommy

Una de las bandas inglesas más importantes llega a 50 años y el aniversario coincide con los 70 años que hoy cumple su cantante Roger Daltrey; para celebrarlo recordamos cómo surgió su ópera rock, ...

Ciudad de México

ROCKERS Y MODS

Inglaterra; de 1963 a 1967. Rockers y Mods creen en lo mismo (libertad sensual y guitarras eléctricas) pero visten diferente (un R usa siempre el mismo chaleco negro de piel; un M combina telas de colores brillantes) y en nombre de sus vestidos se pelean en las playas de Brighton, a las afueras de Londres, al terminar sus clases de prepa los viernes por la tarde. Los Rockers usan cuchillos y piedras; los Mods, ceniceros y palos de golf. Muchos sangran; a veces alguien muere. Esta guerra se extiende de la moda a la música pop y en la radio encuentra su símbolo más visible.

La industria discográfica vive del sencillo; fabrica grupos y los manipula en el estudio. Opciones hay muchas (Boz’s Peoples Band, Merseybeats, Creaming Lord Stuch, Fortunes, Graham Bond Band, Spencer Davis Group o Small Faces) pero el sonido es uno; todos suenan a Los Beatles. El rock se reduce a una canción única (corta y melódica, siempre ligera, con algo de provocativo, un tanto triste y un tanto cursi); su encanto no radica en la novedad sino en el espectáculo: la libertad creativa de las bandas se reduce a actitud y apariencia.

En este mundo de teatro e imagen, Lennon y McCartney resultan aburridos. Los Rolling Stones y The Who son las bandas más impresionantes en vivo; construyen hipnóticas referencias extramusicales. Los Stones sirven a un dios sexual; Jagger canta y su voz se confunde en su cuerpo, de movimientos elásticos y frenéticos, para solicitar a través de todos sus miembros (húmedos labios, brazos abiertos, hinchadas las venas del cuello y los muslos tensos) lenguas y satisfacción. The Who sirve a un dios salvaje, de malévola violencia; Pete Townshend destroza contra piso, techo y amplificadores guitarras de 200 libras, Roger Daltrey le da vueltas al micrófono como si manipulara un látigo, John Entwistle toca su bajo inmóvil mientras hace gestos satánicos y Keith Moon rocía su batería con gasolina y le prende fuego.

Los Rockers siguen a Los Stones y los Mods a The Who. Ahora se pelean en los conciertos a patadas y puñetazos. Sangran pero es raro que alguien muera. Se avecinan los setentas. Ya son universitarios y mengua su guerra: hay Rockers que llevan camisas de colores bajo sus chalecos negros y Mods que prefieren a Los Stones. Los otrora enemigos comienzan a confundirse en una misma generación de jóvenes ingleses que se están casando, quieren hijos, buscan trabajo y dejan de interesarse por el rock, los sencillos y la radio.

Las disqueras, por lo tanto, pierden interés por el “sonido Beatles”, desechan a todas esas bandas que fabricaron para su producción y se enfocan en los nuevos adolescentes: Les preparan un sonido lejos del reino del blues y la guitarra eléctrica, de ritmos más bailables donde se adopten las nuevas tecnologías, como el sintetizador.


UN HÉROE CIEGO Y SORDOMUDO

Es abismal el vacío de la ópera inglesa; salta del barroco a la modernidad sin escalas; después de Dido y Eneas (1689) de Henry Purcell (1659-1695), un silencio lírico de 256 años cubrió a la isla hasta que Benjamin Britten (1913-1976) estrenó Peter Grimes (1945) y propuso un lenguaje de raíces tonales pero con libertad para incorporar nuevas formas de articulación sonora.

Ante una cultura del sencillo en declive y sin Mods o Rockers que lo busquen, el rock en Inglaterra ha perdido sentido. A Pete Townshed, guitarrista y compositor de The Who, se le ocurre proponerlo como opción alternativa a la de Britten: la ópera inglesa no tiene pasado, ¿por qué no el rock como su idioma nacional?

A Pete le fascina contar historias mórbidas y psicológicamente complejas (como en “I’m a Boy”, sobre un niño al que sus padres visten de mujer) pero no tiene facilidad de rimar ni de inventar pegajosas melodías (su único éxito verdadero es “My Generation” de 1965). Además, como guitarrista resulta limitado; sus solos son erráticos y pierde el ritmo constantemente.

Estas debilidades lo obligan a experimentar con narraciones disonantes y fragmentadas (en 1966 escribe “A Quick One While He’s Away”, canción de nueve minutos dividida en seis partes sobre una mujer que llora la ausencia de su amante y es seducida por el maquinista Ivor) que terminan por convertirse en su mayor fortaleza cuando a principios de 1968 compone Tommy, la primera ópera-rock de la historia.

En algunos dramas wagnerianos (enmarcados en la tradición operística alemana), los héroes (como Sigfrido y Parsifal) son elegidos para salvar el destino de humanos y dioses por su alma inocente y pura, capaz de perseguir un mandato con necedad y testaruda osadía. Pete retoma esta idea con humor ácido para componer una tragedia (escrita para batería, bajo, teclado, guitarra eléctrica, guitarra acústica, cantante de rock, coro masculino de cuatro integrantes y corno inglés) de hora y cuarto de duración, dividida en obertura, dos intermezzos (“Sparks” y “Undertune”) y 21 cuadros que ofrecen las miradas de un narrador y 17 personajes en torno a la vida de Tommy Walker, un ciego-sordomudo cuyas habilidades en el pinball (que juega guiado por el sentido del olfato) lo convierten, durante el periodo entre las dos guerras mundiales, en el nuevo Mesías.

Aunque alemana en su planteamiento, la ópera está estructurada de acuerdo a la tradición del romanticismo francés; su modelo concreto es la Carmen (1875) de Georges Bizet (1838-1875): una sucesión de números brillantes con vida independiente pero cohesionados a la trama por búsquedas literarias comunes y motivos melódicos que se repiten.

La coherencia dramática en Tommy gira en torno al tema del destino (presentado en la obertura por el corno inglés y retomado en el desarrollo, con algunas variaciones, por el teclado y la guitarra acústica), que consiste básicamente de dos partes (A, de cuatro notas cortas y una larga; B, de seis notas cortas y una larga) cuya expresión lúgubre y solemne recorre la narración a manera de trágica premonición.

La historia comienza con el coro (cuya función es comentar los acontecimientos, a la manera del antiguo teatro griego) que anuncia en la obertura la desaparición del capitán Walker en la Primera Guerra Mundial y cómo su esposa da a luz a su hijo Tommy con la tristeza de una viuda. Al poco tiempo ella se consigue un amante; de pronto, en 1921, el capitán regresa, descubre el adulterio y asesina al amante. Tommy, de cuatro años, lo ve todo y la impresión le clausura la vista, el oído y las palabras.

A partir de este momento, la vida de Tommy es comentada por un narrador (“Amazing Journey”, donde revela detalles del niño como su vestido de color plateado brillante) y atormentada por una serie de siniestros personajes: el primo Kevin lo tortura (“¿sabes jugar a las escondidas?, tardarías una semana en encontrarme; pero atado a esa silla no irás a ninguna parte”); su tío Ernie lo viola (“me alegra que no puedas verme ni escucharme (…) te voy a quitar tu piyama”); y su papá, en su afán de sanarlo, lo lleva con la Reina del Ácido, quien para curarlo le inyecta heroína y lo obliga a comer pastillas de LSD.

Ya adolescente, Tommy descubre el pinball y, de acuerdo con el testimonio de un jugador local (“Pinball Wizard”, la pieza más famosa de la ópera), su asombrosa capacidad de jugar por intuición olfativa le ha granjeado un grupo de fanáticos que los siguen ciegamente, como si fuera un Mesías y ellos sus discípulos.

Desesperada por el mutismo de su hijo (“Tommy Can You Hear Me?”), quien pasa horas parado frente al espejo, la madre de Tommy rompe el vidrio (“Smash The Mirror”) y el estruendo hace que Tommy vea, escuche y hable. Entonces la narración de la ópera cambia con abrupción y Tommy (hasta entonces su única participación ha sido cantar para sí mismo el leitmotiv “veme, siénteme, tócame, sáname”) se convierte en la voz protagonista.

La repentina curación se considera divina y Tommy es adorado como santo; comienza a dar sermones (“Sensation”) y lidera un movimiento religioso (“Welcome”) cuyos miembros deben taparse ojos, orejas y boca hasta encontrar dentro de ellos una luz plena y pura que los guíe hacia el camino del amor y la paz.

En realidad, Tommy al recuperar todos los sentidos se vuelve un humano más, común y corriente, perverso y mentiroso, con vicios y manías, que bebe hasta sacar vino por la nariz y se junta con el tío Ernie (“Tommy´s Holiday Camp”) en un anhelo pervertido por explorar de adulto los abusos sexuales que sufrió de niño. Sus seguidores lo desprecian, acusan de farsante, le gritan amenazas (“¡nunca te hemos creído, mereces ser violado!”) y lo abandonan.

La ópera termina con Tommy solo, implorando al cielo que alguien lo vea, que alguien lo sienta, que alguien lo toque y que alguien lo sane.