"Tengo sueño, quiero dormir…"

Presentamos un texto de Sergio Velasco que relata un breve encuentro con Gustavo Cerati en un avión proveniente de Argentina.
Gustavo Cerati sufrió un colapso tras un concierto en Venezuela en el 2010
Gustavo Cerati sufrió un colapso tras un concierto en Venezuela en el 2010 (AP)

Guadalajara

Fue en mayo de 2006. Regresábamos de Buenos Aires. Jalisco había recibido oficialmente la sede de los Juegos Panamericanos.

Un viaje largo de Aeroméxico lleno de turbulencias, pues nos perseguía una fuerte lluvia. La mayoría dormía.

Por algunas ventanillas entraban los destellos de los relámpagos. Proveniente de la zona de clase ejecutiva y sujetándose de los respaldo de los asientos, apareció la silueta de un hombre. Caminaba entre dormido. Se detuvo completamente y permaneció así cuatro o cinco segundos. Se estabilizó el avión y el joven siguió caminando.

Quise reconocerlo. A tres metros de distancia, yo también medio dormido le pregunté: ¿Tú eres?... ¿Yo soy quién? Me respondió. Pues el cantante argentino. Él bostezó. Sonrió ligeramente y me preguntó ¿Cómo me llamo?

"Cerati, eres Cerati", dije. Sí, soy yo, ¿me das permiso de pasar? –me dijo él-. "Adelante disculpa". Siguió hacia la parte de atrás del avión donde platicó con alguien por unos 20 minutos. Me paré, abrí mi maleta y saqué mi cámara. Recordé mis días de preparatoriano, a mi entrañable amigo Héctor Ontiveros Delgadillo, que en aquellos años, me acercó a la música de Charlie García, Fito Páez, a la “Persiana Americana” y “Un Millón de años luz” de “los” Soda Estéreo.

Pero también llegaron a mi mente, ráfagas de los días de las explosiones de 1992 en Guadalajara y de esa, la tristeza que con los meses todo el resto del 92 se convirtió en depresión. Mi miedo de acercarme al barrio de Analco. De ver derrumbadas las casas de mis amigos y compañeros de escuela, de una ciudad aplastada por el poder y de un tapatío poco común en cada esquina para dar la mano a los damnificados. Pero el conflicto más sentido para mí, era que en medio de esa ciudad agredida. Lastimada. Humillada. Yo… estaba enamorado.

Ontiveros me marcaba seguido, para preguntarme cómo iba el tema de los afectados y la reconstrucción y un día, antes de colgar me dijo, ¿ya oíste “Colores Santos”? Pasaron semanas y me grabó el casete. Se convirtió en mi canción.

Cuando Cerati regresaba por el pasillo me dijo: “no más fotos por favor, ¿eres periodista?”. No, no lo soy (cómo crees para nada, pensé). Platícame de Colores Santos –le dije emocionado-. Sonrió y siguió caminando a su lugar, de repente se giró y con la mano me hizo la seña de que le siguiera, “pero deja tu cámara, todos duermen”, me advirtió.

Caminé tras de él. Al cruzar la cortina una azafata quiso impedirme el paso, pero Cerati dijo “no hay problema”.

Quitó unas revistas del asiento y me invito a sentar, yo lo hice en el descansa brazos. ¿Qué has escuchado? –me preguntó- ¿Cómo, perdón? le contesté.
Solo “Colores Santos” Le dije: “No claro que no. Pero es más que una canción para mí”.

“También para mí”. De ahí se lanzó a platicarme de “Dany”, de las madrugadas en que se pasaban jugando y burlándose de lo que ellos mismos tocaban y experimentaban, que una playa mexicana los había ayudado en el disco y de su viaje a México para presentarse en el auditorio nacional. Transcurrieron 30 ó 35 minutos y finalizó: “Tengo sueño. Quiero dormir”. Solo dije “Gracias. Hasta luego” y regresé a mi asiento.

Hora y media más tarde, se encendieron las luces. El cantante caminaba por el pasillo. Todos los miraban. Me levanté y le dije ¿Te tomarías una foto con los mexicanos? Adelante dijo Cerati. Se acercaron entonces mi estimado Edgar Chávez, entonces Director de Relaciones Públicas del Gobierno del estado y la regidora del PRI, mi amiga Delia Pacheco.

Jamás volví a verlo. Solo estuve en uno de sus conciertos.