En busca del Starman: adiós a David Bowie

Como homenaje, ofrecemos aquí dos crónicas: una sobre la reacción en Londres durante los días posteriores a su muerte, y otra que recobra los días de su visita a la Ciudad de México en 1997.
David Bowie murió a los 69 años víctima de cáncer.
David Bowie murió a los 69 años víctima de cáncer. (AFP)

Londres

Fue solo un sueño, pero no cualquiera. Tras ingerir durante días diversas reseñas del disco Blackstar, el mismo Ziggy Stardust aterrizó en mi inconsciente, la noche del jueves 7 de enero, en mi exilio londinense. Durante ese periplo onírico le demostré mi torpeza para las selfies con mi humilde cámara fotográfica. Se trataba de una oportunidad irrepetible, algo me lo decía. A la mañana siguiente, el mundo se regodeaba por su doble aniversario: los 69 años cumplidos de haber caído sobre la tierra y la génesis de su última obra. El lanzamiento del video Lazarus, también formaba parte del festejo. Dentro de sus imágenes me percaté que teníamos algo muy en común: un profundo desasosiego personal...

Proyectando su agonía, el cantante dictaba en ese tema su testamento, pronto se uniría al Major Tom sentado en una lata. En mi propia desazón yo me quedaba a luchar por los desafíos que implican permanecer en este planeta azul y triste, por el que nada podía hacer. Suficiente motivo como para llorar una tarde entera. Ambos llevábamos cicatrices invisibles, el cerebro revuelto, un drama imposible de arrebatar. El lunes siguiente, los medios revelaban que su nave despegó hacia la odisea espacial... y las estrellas lucieron diferentes desde ese día. Esto último sí se trató de una dolorosa realidad.

Mi congoja no se disipó esa mañana, la noticia solo la acentuó. Por la tarde desafié la rush hour y me dirigí en el tube hacia la estación de London Bridge, para después subir a un autobús rumbo al barrio sureño de Brixton, punto de violentas trifulcas durante la década de los ochenta y hogar de migrantes negros y caribeños. Meses atrás había encontrado ahí mismo un grafiti conmemorando la portada del disco Aladdin Sane, en un muro del callejón Tunstall, mismo que parió a este niño originalmente llamado David Jones, sobre la calle Brixton Road. James Cochran, un artista urbano proveniente de Australia, tuvo el atino de plasmarlo en 2013 sin saber que un par de años más tarde se convertiría en un altar improvisado.

El muro se había convertido en una ofrenda rodeado de flores, velas, cartas y fotografías. Los súbditos y curiosos de diversas nacionalidades llegaban desde la mañana cargados con ramos para rendir silenciosa pleitesía al "camaleón", a su "rey de los gnomos", como rezando. El único vendedor de flores ubicado a la salida de la estación de tube Brixton resultó muy afortunado esa tarde. Le pregunté sobre la cantidad vendida y, aun sin saber precisar la cantidad, me respondió que la venta había sido más próspera que en días anteriores.

Las cámaras de los canales de televisión entorpecían el reducido espacio de la ofrenda. Otros peculiares personajes derrocharon extrañas ocurrencias, como un hombre negro que con sarcasmo cantaba "We are the champions", de Queen. El resto de los asistentes lo miraba con desconcierto. Me incliné frente al muro y las lágrimas se vertieron de nuevo.

"Es una pena". Comentaba una chica italiana con quien me acerqué a conversar. Al revelarle mi nacionalidad, comentó haber visitado la ciudad maya de Tulum poco antes. Como muchos otros se enteró de la noticia del deceso en Facebook, cuya página oficial dio la primicia. El frío calaba más hondo conforme avanzaba la oscura tarde. Tras las horas de oficina, la masa creció para comenzar una improvisada fiesta de disfraces, con hombres y mujeres maquillados, indumentaria psicodélica, peinados extravagantes y androginia al estilo glam rock.

Para muchos que no vimos morir a otros íconos semejantes como Morrison, Lennon, Elvis, Jimi Hendrix o Janis Joplin, Bowie representaba uno más que los acompañaba de manera tardía, pero con una vida profesionalmente más prolija, lo cual lo coloca muy aparte del selecto y lúgubre "club de los 27". Ni Lou Reed fue tan llorado y celebrado hace un par de años, cuando también partió, ni Scott Weiland o Lemmy Kilmister, fallecidos apenas en diciembre pasado.

Un chico francés tuvo la iniciativa de colgarse una guitarra y de forma súbita entonar "Space Oddity" mientras que el resto de la multitud lo coreó. El karaoke siguió con "Starman", "Jean Genie", "Five years" y "Life on Mars?". Fue una experiencia emocionante para aquellos que tuvieron el privilegio de acudir a alguno de sus conciertos y aun para otros que no, como Alison, una joven inglesa de 22 años de edad que se asume fanática desde los cinco años gracias a sus padres. "Yo compré su disco apenas hace dos días y me resultó inesperada la noticia. Creo que ahora que se ha ido seguirá siendo inspiración para mucha gente, como por ejemplo Lady Gaga y otros, y yo espero que siga mereciéndose el reconocimiento, ya que hizo mucho por la música".

Darren fue uno de los pocos seguidores ingleses que llegó portando una pancarta donde se leía: "¿Quién quiere bailar?", pese a que uno de sus brazos se encontraba herido y apoyado en un cabestrillo. Me explicó que existir es todo lo que importa: "A mí Bowie me enseñó a no sentirme avergonzado de solo ser yo mismo, como él, que tenía los ojos de dos colores. Él me enseño a simplemente ser: usar plataformas, delineador, falda. Eso no es para mí, pero simplemente hay que ser. Mi disco favorito es Space Oddity que es a su vez una canción triste y oscura. Pienso que le está hablando al Mayor Tom como a Dios y le está haciendo preguntas". Comenta que su orfandad lo dejó marcado y cómo en la música de este camaleón encontró cobijo para resarcir esa ausencia. "Para mí, cada conversación que tengo con la gente es como si fuera con mi padre, que murió cuando tenía cuatro años y él siempre está ahí... como Dios".

¿Recuerdas que edad tenías cuando te volviste fanático? "Cuatro años es la edad que siempre tengo, aunque ahora cuente con 42". Al despedirse de mí me llama "María" por error. Sonrío.

La ofrenda de la calle Tunstall se convirtió en una fiesta en el vecindario hasta altas horas de la noche, con alcohol, música, más euforia que lágrimas y tristeza, un frío intenso, pero ni una gota de lluvia durante un invierno que se decía era de los más cálidos en Londres desde años atrás. Los recintos culturales vecinos, como el Brixton Academy y el cine Ritzi, también rindieron homenaje a su héroe en sus respectivas marquesinas... un héroe que no lo será solo por un día sino para siempre.

Abandoné el sitio antes de la llegada de la marabunta. En los días siguientes no se disipó la vibra. Londres seguía existiendo con sus temperaturas heladas, su humedad, tránsito y ruido vespertino, pero faltaba uno de sus hijos.

Mi periplo continuó la tarde siguiente por el barrio sureño de Beckenham, donde el artista también pasó parte de su infancia. Encontré el extinto pub The three tuns, que lo vio dar sus primeros pasos como artista sobre la calle High Street. Hoy, es un restaurante italiano sin alma. Fueron pocos los seguidores que no perdieron de vista este significativo sitio y aprovecharon para depositar más flores, fotos, discos y mensajes como si se tratase de una pequeña capilla. Los curiosos con cámara continuaban llegando, pero en un ambiente más íntimo. "Bueno, al menos eso ya le dio notoriedad al barrio", manifestó una mujer anciana que se detuvo a observar el altar. "Yo vivo aquí a la vuelta desde hace tiempo y nadie viene aquí. Este es un barrio obrero, donde no hay mucho que ver realmente... hasta ahora. Eso lo logró Bowie". El teatro Hammersmith Apollo, al oeste de la capital británica, es recordado por el "concierto asesino" de Ziggy Stardust en 1973. En su marquesina también se leía: "Un héroe por más de un día" y las cámaras de los curiosos acudieron mientras las ventas póstumas de sus discos se elevaban paulatinamente ese miércoles".

Nunca conocí en persona al "hombre estrella" más que en un sueño, ahora solo lo recordaría por tener un encuentro onírico con él en su ciudad natal, mientras su presencia permanecerá en la memoria de todos como una pequeña maravilla, más que como un hombre muerto caminando. Adiós "Lázaro", adiós, "estrella negra", que sigas iluminando el firmamento con tu oscuridad.

DESDE LA ESTRATÓSFERA

por Carlos Mapes

La fotografía en blanco y negro de una estrecha calle de Londres había que colorearla para darle textura y así convertirla en la portada de The rise and fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1972), el álbum más centellante y original del glam rock y, por supuesto, una de las obras más trascendentales de todos los tiempos. Trémulos rayos de luz, pedernal herido de riffs y solos de guitarra de Mick Ronson, expresiones tan necesarias como la voz de David Bowie, quien decidió cambiar su nombre cuando se dio cuenta de que uno de los integrantes de Los Monkees, David Jones, era su homónimo. Intensidad y matices en el canto. Un tono de voz diferente en cada composición musical. Arte cubierto de un halo nebuloso. Espíritu moderno e innovador. Presencia con la que inicia el siglo XXI. Evocación del futuro. El ego ocupa el centro del universo en sus canciones. Ególatra recalcitrante. Tuvo la peculiaridad de ocultarse bajo las máscaras de otros personajes. Compulsiva necesidad de hallar lo que no se ha oído ni visto antes. Amigo de lo ignoto. Maestro del instante. Cambio y renovación perpetuos. Rasgos teatrales y glamorosos. Piano y guitarra en el cuerpo. Delgadez casi femenina. Ambigüedad sexual. Rock rojizo, audaz, y estrambótico. Un artista blanco que le da versatilidad al soul al mezclarlo desesperadamente con la música del mundo entero. Leyenda pop. Grandiosidad tecnológica. Guitarrazos y cambio de ritmo que acrecientan el drama en la canción. Relampagueo musical. Mirada vivaz cuando canta: pupila dilatada al grado de parecer que cada uno de sus ojos tiene distinto color. Canciones ambientales construidas con el genio instrumental de Brian Eno en Low (1977), un escenario de alteración interior, y en Heroes (1977), un paisaje urbano de Berlín, de sus barrios y su gente.