Morir en vuelo

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Ciudad de México

Siempre me han impresionado quienes retan a las alturas, a la gravedad, a la muerte. Los que saltan desde lo más alto de los balcones, los puentes y edificios, los paracaidistas, los que revolotean colgados de un parapente, los que practican el alpinismo extremo y hasta los voladores de Papantla. Estoy convencido de que la naturaleza tiene sus razones para no dotarnos con alas. No nacimos para andar por los aires, aunque son muchos los que viven en las nubes.

Entre las nubes etílicas andaba tal vez el muchacho que hace unos días se arrojó desde el último piso de un barco atiborrado de fanáticos de la selección mexicana de futbol. Se le hizo fácil saltar del piso 15, con el instinto de conservación desconectado por alguna sinrazón. No la misma, pero sí semejante a la que llevó al austriaco Félix Baumgartner a tirarse desde la estratósfera hace un par de años.

Este tipo de aventuras abre muchas veces las puertas del infierno. Otros locos entran entonces en acción. Buzos, alpinistas, exploradores, paramédicos, dedican horas, semanas, meses a la búsqueda de lo que quedó de los audaces provocadores que no escarmientan con nada. Un fotógrafo alemán, Dietmar Eckell, viaja por el mundo desde hace rato recogiendo las imágenes de aviones estrellados, despedazados en tierra. Sus fotografías explican todo el tiempo por que no estamos dotados con alas.

El año pasado, el español Álvaro Bultó murió al saltar con un paracaídas desde las alturas de los Alpes suizos. Hace unos días, Darío Barrio murió en circunstancias parecidas mientras rendía homenaje a Bultó. Dos individuos sufrieron graves lesiones después, en el curso de un homenaje en recuerdo de Bultó y Barrio. Y así.

Siempre hay alguien que asegura que quienes se precipitan sin remedio desde las alturas dejan en el aire su último aliento. Un mecanismo secreto en el cuerpo humano los libra del encontronazo en el aire, dicen.

Un diario español quiso indagar hace poco sobre los últimos segundos de vida de Barrio antes de llegar al suelo con su paracaídas sin abrir. Con ese afán recogió la opinión de un neurólogo que afirmó que quienes practican este tipo de “deportes” y se topan de frente con la fatalidad “son capaces de dejarse llevar e incluso no lo pasan mal porque simplemente saben que todo ha acabado”.

Un psicólogo estimó que en esos casos no se piensa en la muerte, sino en conseguir el control de la situación para sobrevivir. Predomina, dice, la excitación sobre la depresión y se emprende una lucha hasta el final, tratando de controlar la propia muerte “que hace que no te rindas incluso cinco segundos antes de estrellarte”. Comenta ahí mismo el profesional de la salud mental que conoce a algunos sobrevivientes de estas experiencias aterradoras que siguen saltando como si nada. Eso explica quizá el hecho de que el grupo de amigos que saltaba con Barrio se haya reducido a solo un individuo. Loco o desmemoriado sin duda.

 

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa