Muerte sin fin

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(AP)

Ciudad de México

Cada vez que me encuentro con Jenni Rivera en la televisión escucho a lo lejos el rítmico campanilleo de una caja registradora. También cuando veo a Michael Jackson bailar a su modo espectacular como si estuviera vivo, o a Elvis, a Marilyn y a John Lennon. Son tan populares, tan exitosos y acaudalados que cualquiera quisiera estar muerto como ellos. De hecho, algunos de los más célebres difuntos han generado mayores ingresos desde el oscuro fondo de su tumba que en los escenarios mientras gozaban de las bondades de la vida.

El tema es tan vigente que publicaciones como Forbes, empeñadas en el recuento estadístico de cualquier persona, animal o cosa, lo incluyen en los listados que difunden periódicamente. Para muchos son los delebs, una forma abreviada para referirse a las deceased-celebs. Y no es para menos. Hay quien los percibe como una industria fría pero pujante que deja cada año sólo en Estados Unidos unos dos mil 500 millones de dólares, que benefician en buena medida a una cauda de familiares envidiosos, a algún representante honesto, a uno que otro sirviente fiel, a una mascota consentida y, sobre todo, a las disqueras y a las empresas de radio y televisión. Y el fenómeno se extiende también por el mundo de la creación artística, la literatura, la pintura, la música y un kilométrico etcétera que genera ingresos cuantiosos. Para sorpresa de algunos, se han colado ahora personajes antes ajenos como Tomás Alva Edison o Albert Einstein, y en el campo de las letras, por ejemplo, no deja de sorprender el anuncio reciente de la próxima publicación, en 2015, de cinco libros de J. D. Salinger, el muy exitoso autor de El guardián entre el centeno, fallecido tres años atrás y que publicó un volumen por última vez en 1965, o la celebrada aparición de vez en cuando de nuevas novelas póstumas de Guillermo Cabrera Infante.

Como sucede entre los vivos en un ambiente tan competido como el del espectáculo, ocupar los primeros lugares entre los muertos más redituables no es cosa fácil. Y no depende del esfuerzo de quienes ya no están para triunfar y mantenerse en el favor del público, ni mucho menos para cobrar. Son sin duda los interesados desde el gozo de su sucesión quienes promueven al exitoso difunto con el obvio deseo de que se incremente su patrimonio. Se explica así que Jenni Rivera no deje de rondar por las pantallas televisivas, ni Michael Jackson, ni Bob Marley, ni Bruce Lee, ni todos aquellos muertos que sin misericordia ni descanso siguen picando piedra para llevar a casa el pan y los autos y la ropa y las joyas ostentosas.

Visto así el asunto, me permito sugerir a Forbes con toda humildad la elaboración periódica de un listado de los parientes más inquietos de las celebridades fallecidas, con el reporte de su situación bancaria. Se vería así con toda claridad quiénes se pasan de vivos a costillas de los traqueteados muertos.