"El teatro me deja ser niño, fantasear"

Siempre ha sido de izquierda, por eso Roberto Sosa Rodríguez quiso estudiar ciencias políticas, pero el teatro lo jaló; Pisó la cárcel en el 68, protagonizó el clásico del nuevo cine mexicano Canoa.

Ciudad de México

Roberto Sosa Rodríguez, de 73 años, don Beto, como le dicen sus amigos, usa bastón, pero no porque lo necesite, sino "porque da personalidad". Pide un caballito de tequila al mesero de una cantina del poniente de la ciudad. Dicharachero y juguetón, charla con Dominical MILENIO.

¿Dónde nació?

Soy de la Ciudad de México. Llegué a este mundo en 1942, cuando el teatro todavía era en blanco y negro. Estudié la primaria y secundaria, me reprobaron cuatro veces de la primaria en palitos y plastilina, ya luego entré a la prepa, pensaba estudiar ciencias políticas, incluso iba como oyente a la facultad, pero un día ¡se me atravesó el teatro!

¿Cómo ocurrió?

Yo era muy aficionado al cine, iba cuatro días por semana, cuando exhibían tres películas por una sola sentada. En ese momento yo andaba con (Carlos) Marx y (Federico) Engels sobaqueados, me jalaba el socialismo, sentía cierta afinidad con Fidel Castro, Salvador Allende, el Che Guevara, Genaro Vázquez y Lucio Cabañas. Un día fui con un primo que estaba ensayando una obra en la escuela del Seguro Social y descubrí un mundo que no tenía idea que existía, se manejaban emociones y se utilizaba sensibilidad con autores como Tennessee Williams, Arthur Miller... así que abandoné todo.

¿Se metió a estudiar actuación?

A estudiar propiamente no, sino al grupo de mi primo, al poco tiempo él desertó pues nunca estrenaban y me dijeron que le entrara y ahora sí se presentó la puesta, era Los Desarraigados, de Humberto Robles Arenas, y lo que es la vida, años después fui íntimo amigo de él, de sus hermanos Sergio y Javier, trabajé con todos.

¿Se sintió diferente?

Nunca lo he dicho (le da un trago al caballito), pero confieso que al caer el telón me di cuenta del fenómeno que hizo el teatro conmigo: no solamente yo era capaz de producir una emoción en el espectador, sino que me lo festejaban y el ego también dice, "¡qué bonito!".

¿Qué siguió?

Ahora sí entré a estudiar teatro en serio a Bellas Artes. En el primer año hice mi primera obra también en serio: El señor Puntila y su criado Matti (de Bertolt Brecht), un fenómeno que pocas veces he vuelto a repetir. El Teatro Hidalgo, de pie, aplaudiendo a Salvador Sánchez y a mí, y nosotros no sabíamos qué habíamos hecho, hasta que salimos al lobby y nos felicitaron por hacer algo extraordinario.

Además de don Salvador ¿quiénes estudiaban junto a usted?

Fue una generación extraordinaria: Pepe Alonso, Octavio Galindo, Salvador Sánchez, Ernesto Gómez Cruz, impresionantes, uno tenía que esforzarse para notarse y un plantel de maestros excepcionales: Hugo Argüelles, Sergio Magaña, Alejandro Jodorowsky, Carlos Ancira, Héctor Mendoza... ¡puta madre, todos impresionantes!

¿Héctor Bonilla ya había salido?

Sí, pero seguía, iba a la escuela y él me acercó a su generación: Martha Ofelia Galindo, Ana Ofelia Murguía, Eduardo López Rojas, Sergio Jiménez, Claudio Obregón, entre otros tantos, y es cuando me involucro en un círculo de actores de primera línea, con una mística, disciplina y trabajo brutal. Héctor es mi hermano del alma.

Fue ahí donde conoció a su primera esposa, ¿verdad?

(Reflexiona y le da otro trago a su caballito). La vida me cambió totalmente, conocí a la mamá (Evangelina Martínez) de mis tres hijos maravillosos (Roberto, Evangelina y Gabriela) haciendo teatro.

Así que todo le salía bien...

No todo. Hubo un episodio bastante desagradable, pero que me dejó una gran lección de vida: estuve en la cárcel por andar en el rollo estudiantil, decían que éramos un peligro, seguramente manejados por fuerzas oscuras, era 1968.

¿Anduvo en marchas?

Fui a muchas, pero nos agarraron afuera de la escuela, en lo que ahora es un camellón, donde está el teatro El Galeón. Estábamos toda la escuela: Evangelina Martínez, María Clara Zurita, la adorada Lourdes Guerrero, Cristina Rubiales, Joana Brito y todos los que ya te había mencionado. Nos gritaban groserías, hacían ladrar a los perros y cortaban cartucho para intimidarnos. Nos tenían con las manos en la nuca y contra la pared con las piernas abiertas.

¿Los golpearon?

No. Un gran amigo que después fue mi compadre del alma, Arturo Alegro, padecía de la circulación, y por tener las manos en la nuca se le hincharon como guantes de box, llegó el momento en que ya no pudo y las bajó; le gritaron para que las subiera y les dijo: "Señor, máteme, de cualquier forma me voy a morir, mire cómo tengo las manos"... ¡y que nos meten a la "julia"! (Toma su bastón, aprieta el mango unos segundos y después lo cuelga en el respaldo de la silla a su derecha). Primero nos tuvieron como cinco horas en esa madre, le pegaban con las culatas de los rifles a la carrocería y por tanto tiempo que estuvimos ahí comenzamos a sudar y el techo se llenó de agua que nos caía encima. Ya después fuimos al bote.

¿Qué pasó adentro?

Nos encerraron 12 horas gracias a que Héctor Azar (entonces director de Teatro de Bellas Artes), José Solé (director de la Escuela de Teatro de Bellas Artes) y José Luis Martínez (director de Bellas Artes) se movieron y lograron sacarnos. Estábamos bien preocupados por las mujeres porque, obvio, nos separaron de ellas. Por fortuna no pasó de ahí. Fue una lección de entereza, solidaridad con los compañeros. Adrián Ramos y Luis Torner nos levantaban el ánimo para no decaer, para que siguiéramos enteros, fue una experiencia muy interesante.

¿Qué siguió para usted?

Estudiar y hacer teatro hasta que llegué al cine, también por casualidad. Me había quedado de ver con Juan Ángel Martínez, Héctor Bonilla y Mario Casillas en la cafetería de los Estudios Churubusco, para platicar, ver a las actrices y arreglar el mundo. Ahí me encuentro a Arturo Alegro, Salvador Sánchez y Claudia Becker, todos estaban bien calientes con algo llamado Canoa (1975).

¿No sabía nada de ese proyecto?

Ni la más puta idea. Mientras tomábamos café, se me acerca Claudia y me dice: "¿No te gustaría hacer un casting, verte con Felipe Cazals? Creo que puedes estar bien para un personaje". Los cuates me insistieron, llevábamos cuatro cafés helados y ya no teníamos más dinero, y que voy a ver a Felipe.

¿Sin saber de qué se trataba el asunto?

Así es. Hoy Felipe es mi gran amigo, pero en ese momento me dijo en un tono como encabronado: "Que lo vea mañana Alex Phillips para que le haga una prueba". Me fui y me dije: "¡Puta madre, pues voy!". Al otro día me presento con el adorado de Alex y con su cámara que me ordena: "De perfil, de frente, del otro perfil, de espalda, de nalga", y ya. Pensé que iban a ponerme a actuar y no, solo era para verme la facha.

Una prueba muy extraña...

Pues sí. Total que al día siguiente nos reunimos de nuevo en la cafetería y Claudia me comentó: "¡Quiere verte Felipe!". Todos los cuates estaban felices, y ahí voy. Veo a Felipe y me recibió con: "Se queda usted en la película, será Julián, que le den un libreto". Cuando regresé a la cafetería los cuates me preguntaron qué onda. "Pues que voy a ser Julián", les dije, se me quedaron viendo y soltaron: "No mames, cabrón, ya, en serio". "Pues sí, ese es mi personaje, no sé ni de qué se trata, no sé quién es Julián", les argumenté. "Por eso, ya, ¿qué vas a hacer quién? Ya no mames, de cuál fumaste, deja las drogas". Tanto fue su sorpresa que mejor me fui a leer el libreto, ya me habían sacado de onda.

¿Y cuando lo leyó?

No, pues me dije: "Ay, güey, puta madre...", así fue, no lo busqué, es parte de las cosas que me han caído solas. He tenido una suerte del demonio, así hice Canoa, con grandes amigos, con muchas restricciones de presupuesto, pero rodeado de muy buena gente, no solo de actores y técnicos, sino de gente del pueblo que nos ayudó a hacer la película... ¡y me llegaron los premios!

El 68 lo siguió...

Parece mentira, pero sí, ahí está Rojo amanecer (1989), otro proyecto que no busqué.

¿Cómo llegó?

Jorge Fons, Bonilla, Marcela Mejía, mi mujer ahora, y yo, estábamos decepcionados porque en Televisa teníamos un proyecto que nos quitaron. Jorge, con su particular forma de hablar, dice: "Yo tengo un guioncito", y Bonilla le respondió: "¡Ni madres!, hay que hacer una obra de teatro, necesitamos quitarnos este mal sabor de boca ¡chingada madre!".

¿Qué hicieron?

En esa época Bonilla, Sofía (Álvarez), Marcela y yo teníamos un método para elegir proyectos que casi siempre proponía Héctor: lo leíamos por separado y luego nos juntábamos para discutir si valía la pena o no hacerlo, aunque también era un pretexto para ponernos hasta el gorro y cenar. Un sábado nos vimos en la casa de Héctor, nadie había hablado con nadie al respecto y después de la copita hablamos del chingado "guioncito" y concluimos que lo haríamos, pues era muy sólido. La verdad es que me dije: "Este es mi testimonio para mis bisnietos, ¡carajo!".

Era un tema bastante sabroso aún en los ochenta.

Pues sí, solo se tenía El grito (Leobardo López Aretche, 1968), pero no había más testimonios de Tlatelolco. Había libros como el de Poniatowska o Monsiváis, por ejemplo, pero visualmente era escaso. Obviamente sabíamos que nadie lo financiaría, así que con el dinero que hicimos Héctor y yo en algunas novelas de Televisa le entramos sin tener experiencia. Mi mujer también había trabajado en Televisa y producido teatro, así que llevó la producción. La hicimos con la idea de estrenarla en el auditorio Che Guevara, pero a la segunda semana se nos acabó la lana.

Pero la estrenaron en el circuito comercial

Se dice que estuvo vetada y no sé cuantas madres más, pero no es cierto. La vio Gobernación y le dijeron a (Carlos) Salinas: "Tienes broncas con (Luis) Echeverría, con esto te lavas la cara". Así, pidió que la viera el Estado Mayor, que le quitara lo necesario y se estrenara comercialmente.

¿Y el final alternativo?

Eso de que le quitamos una tanqueta, no, por favor, nunca existió, si no había dinero, ni modo que le dijéramos al Ejército: "Oigan, présteme una tanqueta porque estamos haciendo una película de ustedes". Vaya, la toma del sol, del rojo amanecer, la hicimos a hurtadillas, llegó el velador del edificio para que nos saliéramos por no tener permiso; Jorge pidió entretenerlo y echó a correr la cámara.

Así que no hubo mutilaciones...

Solo se cortó un parlamento de dos líneas del abuelo. Cuando nos dijeron que la censura lo había quitado dijimos: "¡Ni madres, la película va como está o no va!", pero Jorge nos calmó: "Espérense, quieren cortar esto", lo llevaba escrito en una servilleta, y al verlo nos dimos cuenta de que no afectaba en nada y fue.

¿Con 73 años, aún tiene mucho que dar?

¿En qué me quiero gastar la vida? Llegó el momento en mi profesión en que me dije que no quería ser famoso, sino contar cosas que me llenen y me sienta contento, satisfecho de hacerlo. ¿Meterme lana? Me hago una novela y eso me permite hacer mi rechingada gana. No estoy vetado en las televisoras, yo me he salido, pues no quiero gastar la vida en eso. Me visto como quiero, aunque ya no manejo tengo un carro del año de puta, ya no circula los miércoles y sábados, no necesito más.

¿Cómo resume su vida?

Como un sueño en el cual, pese a mi edad, tengo la oportunidad de seguir jugando gracias a mi trabajo. El teatro me deja seguir siendo niño, fantasear, decirle a la gente que esto es un avión y si me lo compras, jugamos todos como cuando éramos niños. La actuación me da la oportunidad de seguir siendo lúdico, jugar, crear atmósferas, contar historias y es tan divertido, tan placentero.

Se termina su tequila, estira la mano para llamar al mesero y pide el que sigue.