Dos mil días de vida

Función dominical.
ANNE MARIE FOX
ANNE MARIE FOX (VoltagePictures)

Ciudad de México

Dallas Buyers Club abre con escenas en las que adivinamos a un personaje macabro: homófobo, sexista y drogadicto (entre otras linduras). Por fortuna el cine es metamorfosis, la transformación del protagonista es un gozo. McConaughey ha llegado al punto más alto de su carrera y quien ha escrito que su actuación merece un Oscar tienen razón. McConaughey pone en escena la transformación, no de un hombre, sino la de toda una sociedad.

Hay que recordar que, en sus inicios, el sida era solo “el cáncer de los homosexuales” y a los homosexuales, con todo y la mentada liberación sexual, se les veía, en el mejor de los casos, con recelo y desdén. Lejos de acentuar esta noción, la epidemia del sida sirvió para comenzar a tomar conciencia de que todos somos iguales en dignidad. Películas como Dallas Buyers Club confirman lo largo del camino que la sociedad (al menos la sociedad estadunidense) ha recorrido en apenas una generación.

Ronald Woodroof es un cowboy texano que vive en el sexo, las drogas y el rock and roll. A veces trabaja (no mucho) de electricista. Y es justo en el trabajo donde Ronald da al público un primer acto de compasión. Es la compasión la que, a lo largo del filme, nos llevará, del desprecio al amor. Tal cual sucedió con el horror del sida.

Sida: hubo un tiempo en que ésta era la palabra ominosa, siniestra. Se susurraba con desdén. Era algo que sucedía a los “raros”, los que no son como la mayoría. Hasta que, claro, las mayorías descubrieron que también eran mortales. Comenzaron a morir mujeres, niños y electricistas machos como Woodroof quien, en su camino de transformación se encuentra con un travesti de carroza que interpreta con todo arte Steve Zahn. Total que homosexuales o no, drogadictos o no, temerosos o no, racistas o no, Woodroof encuentra que todos somos humanos y estamos expuestos al mismo final. Uno de los mensajes más significativos en esta película es que en la conciencia de la muerte la vida tiene sentido porque una vida sin sentido (como la de Ronald Woodroof al inicio del filme) no es vida.

El Oscar de este año se ha puesto particularmente interesante. Por el premio a mejor actor luchan al menos tres artistas de altos vuelos en la interpretación de estafadores cien por ciento estadunidenses. McConaughey, DiCaprio y Bale y son todos, en sus respectivas películas, representantes de una picaresca que Hollywood adora: el simpático hombre fuera de la ley. Cada cual tiene sus razones, las de Woodroof son las de un perro loco (Mad Dog dirían por allá) que enfrentado con la conciencia de la realidad más inquietante (la muerte) se embarca en una aventura ilegal, pero cien por ciento justificable.

Dallas Buyers Club tiene el encanto de aquella película que sorprendía por el retrato, en apariencia decadente, del paradigmático vaquero estadunidense: Midnight Cowboy. Jon Voight no ganó el Oscar, pero espero que a McConaughey le vaya mejor. Después de todo, ha encarnado a un personaje con tantos matices que merece pasar a la historia del cine.


El club de los desahuciados (Dallas Buyers Club) Dirección: Jean-Marc Vallée. Guión: Craig Borten y Melisa Wallack. Fotografía: Yves Bélanger. Con Matthew McConaughey, Jennifer Garner y Steve Zahn. Estados Unidos, 2013.


@fernandovzamora