El extranjero melancólico

Función Dominical
La originalidad de Xenia está en la forma, no en el fondo. La historia es un road-movie, un coming of age: dos muchachos que buscan a su padre en una Grecia en crisis llegan a ser quienes son.
La originalidad de Xenia está en la forma, no en el fondo. La historia es un road-movie, un coming of age: dos muchachos que buscan a su padre en una Grecia en crisis llegan a ser quienes son. (Especial)

Ciudad de México

La muerte de Theo Angelopoulos dejó huérfano al cine griego. Había allí un hueco que parecía difícil de llenar. La 58 Muestra Internacional de Cine prueba, sin embargo, que los artistas sobreviven no solo a través de sus obras. También sus influencias los hacen vivir. Panos Koutras es consciente de que Xenia está cerca de Paseo en la niebla, obra maestra de Angelopoulos. Pero el más grande cineasta griego también tiene influencias. Koutras las explora y llega hasta Homero.

La originalidad de Xenia está en la forma, no en el fondo. La historia es un road-movie, un coming of age: dos muchachos que buscan a su padre en una Grecia en crisis llegan a ser quienes son.

La actuación de Kostas Nikoul como Daniel (un nombre que remite al profeta) es lo que hace a esta película tan potente, que uno quiere volver a ella a pesar de que la historia la hemos visto ya tanto.

Dani es un prostituto de 16 años que en las calles de Creta ha recaudado el dinero para ir a Atenas, a avisar a su hermano Odiseo que Jenny, la madre de ambos, ha muerto. Dani es albano, tiene visiones y es homosexual. El nombre de la película comienza, en estos detalles, a adquirir sentido. Xenia remite en griego a "lo otro" o a "lo que no encuentra su lugar".

Esta intuición se confirma en dos secuencias. Dani y su hermano llegan a un hotel abandonado que pone en la marquesina desgastada: Xenia. El hotel se vuelve para ellos una suerte de Jauja, paraíso mítico en que las heridas se curan. Dani puede crecer. En cuanto a su hermano, tampoco aquí el nombre es casual. Como el sagaz héroe homérico, Odiseo es lento para la acción, pero una vez que se ha lanzado a la aventura nada lo puede detener. Xenia es, pues, esa Ítaca en que todo viaje adquiere sentido y lugar.

En otra secuencia, una muchacha ucraniana le dice a Odiseo que su pasaporte no sirve para escapar a ninguna parte. Él sonríe: "Somos extranjeros en todas partes, justo por eso somos dueños de todas las partes". Xenia tiene la raíz del extranjero y también del melancólico, del que vive sin hogar y sufre una aventura para entender que así quiere vivir: sin Dios, padre, patria ni lugar.

El ser humano es ser humano porque sueña. O mejor, porque ofrece a sus sueños una narrativa. Tal vez de ahí se desprende el lenguaje. Los sueños de Dani, sus visiones, son todo aquello que le da humanidad. Si uno viera la película dos veces (yo lo he hecho) se daría cuenta de que la primera escena más o menos truculenta en realidad está llena de candidez. Pero para entender a Dani hay que entrar en su cerebro; en el amor al pecho velludo de su padre y en su gusto por el espagueti con azúcar. Hay que entrar en su capacidad de robar y matar. Solo ahí, adentro de Dani, es posible apreciar lo hermoso de su existencia callejera.

Creo que Xenia no solo es la película que da continuidad al cine griego luego de la muerte de Angelopoulos. Es más, es la clase de cine que hace mucho no hace Pedro Almodóvar. Xenia es el mejor pretexto para coquetear con la locura en una deliciosa función dominical.

Xenia. Dirección: Panos H. Koutras. Guión: P. H. Koutras y Panagiotis Evangelidis. Fotografía: Hélène Louvart y Simos Sarketzis. Con Kostas Nikouli, Nikos Gelia y Aggelos Papadimitriou. Grecia-Francia-Bélgica, 2014.

@fernandovzamora