El fin de la infancia

Función dominical.
Momentos de la vida.
Momentos de la vida. (Universal Pictures)

Ciudad de México

Resulta fastidioso que en una reunión alguien cuente su historia familiar. Y aunque Momentos de una vida es un poco así, la historia de este niño de Texas tiene cierto encanto por el que vale la pena recomendarla para una sabrosa función dominical.

En apariencia con todo y sus tres horas de duración, Momentos de una vida no ofrece otro interés al cinéfilo de a pie que la descripción realista de un niño sin importancia, pero la película ha tenido éxito en la crítica especializada. Se le compara con Ingmar Bergman y hay quien ha escrito que es algo así como la versión texana de Fanny y Alexander. Si uno lo piensa, puede que sí.

Momentos de una vida funciona y mantiene atento al espectador curioso porque, aunque en principio no pareciese, está hablando de un tema tan antiguo que la humanidad se tardó mucho en descubrir: el complejo de Edipo. En este sentido, la clave de la película está tal vez en la escena en que la madre de Mason, nuestro protagonista, enseña en cierta clase universitaria la teoría psicológica de que el ser humano está hecho para el apego: para enamorarse de la madre. “Si antes de los seis años un niño no ha sentido de su madre o algún sustituto, un amor incondicional, está prácticamente jodido”. Así lo dice la mamá de Mason. Y la verdad es que su hijo está bastante jodido.

A los seis, Mason escucha que él y su hermana son un “error” que cometieron sus padres. Papá y mamá, como suele suceder, se divorcian. La infancia del título en inglés se va moviendo de casa en casa, de pareja en pareja: la vida con mamá, la vida con papá. Una de las escenas más conmovedoras de la película es cuando el padre dice al hijo: “¿Viste?, terminé por volverme la clase de hombre que tu mamá quería. Tal vez debí haberle pedido que me tuviera un poco de paciencia”.

Sí. Tal vez si hubiera más paciencia entre los padres habría menos niños que (según palabras de Mason) tienen que aguantar a tanto padrastro borracho, y sobre todo no causaría tanta gracia que la escena final, aquella en que la niñez de Mason está a punto de terminar, suceda mientras espera el milagro de que pase “algo” con esta droga inespecífica que se acaba de tomar.

Por otro lado, Momentos de una vida efectivamente se parece (al menos un poco) a Fanny y Alexander. El desprecio simbólico por toda figura paterna está alimentado en los famosos descubrimientos de Freud. “Alexander, no te creas que eres Hamlet”, decía el padre muerto al hijo que tenía que soportar al padrastro en Fanny y Alexander. Y tanto esta película como Momentos de una vida eran autobiográficas, pero la imagen del padrastro se había dividido en dos: el padre idílico de la infancia y el monstruoso padrastro de la pubertad. Así por más que vemos aquí la historia mil veces repetida del niño del primer mundo que cambia de casa en casa al ritmo de los amores de papá y mamá, Momentos de una vida funciona porque uno se identifica con este niño y sobre todo con sus pugnas con las diferentes figuras paternas que frente a él van desfilando.


Boyhood (Momentos de una vida). Dirección y Guión: Richard Linklater. Fotografía, Lee Daniel y Shane F. Kelly. Con Ellar Coltrane, Patricia Arquette, Ethan Hawke y Lorelei Linklater. Estados Unidos, 2015.

@fernandovzamora