Las fotos de Jesús Magaña

El Santo Oficio.
Lina Marín
Lina Marín (Jesús Magaña)

Ciudad de México

En los albores de los años ochenta —del pasado siglo, por si hace falta precisarlo— el cartujo se inició como misionero nocturno. Predicaba en distinguidos cabarets, donde a veces sus palabras, dulces y fraternas, eran escuchadas por muchachas dispuestas a ser entronizadas en las páginas satinadas de una revista inolvidable: Su Otro Yo.

En sus correrías por esos sitios desaparecidos: El Capri, El Quid, El Can Can, encontraba siempre las paredes colmadas de fotografías en gran formato de mujeres ilustres: Princesa Lea, Princesa Yamal, Rosy Mendoza, Rebeca Silva, Olga Breeskin, y tantas otras alojadas no en la memoria sino en el corazón. El autor de esas imágenes era Jesús Magaña, un hombre solitario y taciturno.

Magaña, como era conocido, tenía un prestigio indiscutible. Era vanidoso, era envidiado, era el mejor. No participaba de la vida bohemia; tiempo atrás había sufrido una embolia y las secuelas estaban a la vista con su cojera y la mano izquierda inutilizada, pero nada le impedía continuar su trabajo ni sustraerse de la convivencia gremial.

“Mi propuesta fotográfica era parte de la noche”, le comentó en una entrevista a su hijo David, director ejecutivo del periódico cultural De largo aliento. Tiene razón, además, la noche sin las fotos de Magaña habría sido menos placentera, menos hermosa.

En una casa de ancianos cercana a Ciudad Universitaria, don Jesús se esfuerza en recordar. David le ayuda; algunas fechas y anécdotas se quedan en un túnel oscuro, pero otras aparecen como si acabaran de ocurrir.

“Las vedettes me tenían confianza —dice Magaña—, porque yo las cuidaba mucho. Después de fotografiarlas, se convertían en estrellitas de las películas en turno. Como sabía de maquillaje, las ayudaba a lucir mejor. Una de mis mejores modelos fue Rebeca Silva, le pusieron El Cuerpo por mis fotografías”.

Desde mediados de los setenta hasta el 85, cuando la Ciudad de México cambió para siempre en dos días de terror, las fotos de Jesús Magaña ocuparon no solo los muros del deseo de los centros nocturno, sino asimismo las portadas de numerosos periódicos y revistas. “Estoy convencido —le dijo a David— que fui el primer artista de la cámara en lograr que se dignificara la profesión con un crédito estelar”.

En la casa de reposo, donde se burla de estar “entre puros viejitos”, Magaña recuerda a la canadiense Princesa Lea, figura estelar del Can Can. “Era de primera línea, bailaba estupendamente, se metía dentro de una copa y se bañaba con champaña”. Ella fue su modelo, como lo fue también Rosella, “una mujer bellísima, un cuerazo. Era contorsionista, cantaba y bailaba… En realidad todas las vedettes, además de guapas, eran artistas; después llegaron las ficheras y los tables y todo se echó a perder”.

Jesús Magaña cumple este mes 81 años, no estaría mal celebrarlo con una muestra de su espléndido aunque pecaminoso trabajo.

Queridos cinco lectores, con los dedos cruzados y la ilusión a la deriva, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.