Lawrence de Arabia y el honor de los políticos

El Santo Oficio.
Santo Oficio
Santo Oficio (Especial)

Ciudad de México

El cartujo vuelve perennemente a los viejos amores. Casi nunca se arriesga por nuevos caminos y poco le interesa estar al día en libros, cine, música o arte. Encerrado a piedra y lodo en su humilde celda, relee gastados volúmenes, escucha sus discos de vinil, mira álbumes con reproducciones de grandes maestros y desempolva sus cartuchos Beta para ver películas tan antiguas como Lawrence de Arabia, protagonizada por Peter O’Toole.

La muerte del rudo actor irlandés, como la del querido Gustavo García, otro renegado de la modernidad, lo impulsa a prender su televisión de bulbos, conectar el reproductor de videos y recordar, en medio de la penumbra y el silencio, antes del apagón analógico y el anhelado play, las desaparecidas salas —decadentes y enormes— en las cuales vio por primera vez esa cinta donde el desierto se erige majestuoso y violento, siempre en llamas.

La ambición y el poder son el centro de la historia basada en Los siete pilares de la sabiduría, el diario de T.E. Lawrence, quien, según sus propias palabras, vivió sus sueños con los ojos abiertos, para hacerlos posibles.

En Lawrence de Arabia, Peter O’Otoole pronuncia una frase recogida en las enciclopedias de cine y difundida ampliamente en internet. Decepcionado por las intrigas y traiciones, por la endeble moral de quienes se arrogan el destino de los pueblos, dice: “Puede haber honor entre ladrones, pero nunca lo habrá entre políticos”.

El trapense tiembla al escucharla, el corazón parece salírsele del enflaquecido pecho; siente las tarascadas de la tragedia, prende una vela y apaga la tele. “Gracias a Dios, los políticos mexicanos sí tienen honor”, repite una y otra vez, como si fuera una plegaria, un conjuro contra las amargas lecciones de la historia.

Las reformas constitucionales de este año, sobre todo la energética, lo devuelven a otros tiempos de ilusiones balines. En una época en la cual hasta los opositores son salinistas —Bartlett y Camacho Solís, por ejemplo— no es fácil olvidarse del “error de diciembre” de 1994 como tampoco de la atávica corrupción en un país donde los políticos pobres son una excepción y una vergüenza para sus pares.

La bonanza petrolera en el sexenio de López Portillo dejó una nación depauperada. Pero ahora todo será diferente, dicen los apólogos de esa reforma tan bien vista en el extranjero. Era necesaria y urgente, insisten reconocidos analistas, empresarios y funcionarios públicos. El ingenuo monje cae de rodillas ante sus argumentos, sólidos como el prestigio sin fisuras de Arturo Montiel, Humberto Moreira, Tomás Yarrington, Fidel Herrera, Carlos Romero Deschamps, Juan Sabines Guerrero y tantos más de la misma ralea.

En el México de ahora, la reforma energética será un camino hacia el progreso sin atajos hacia la corrupción o arreglos en lo oscurito. De esos se encargaran nuestros políticos tal vez honorables pero sin duda mañosos.

Queridos cinco lectores, con los mejores deseos para el 2014, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.