Claroscuros

Función dominical.
Crítica de cine
Crítica de cine (Especial)

Ciudad de México

En 2005, la novela de Markus Zusak golpeó a los lectores con una prosa limpia salpicada de frases contundendes: “He aquí un hecho, vas a morir.” La sensación que estos y otros recursos literarios dejan en el lector están lejos de ser “agradables”.

Sin embargo, en la translación a la pantalla, el documento original (el libro) ha adquirido cierto candor, cierto gozo de vivir (en la medida en que esto es posible con tema semejante). Y este gozo es, sobre todo, atribuible a los actores. Con toda justicia podríamos llamarlos actores “de los de antes”. Y es que sus duelos histriónicos nada deben al de las grandes parejas del cine estadunidense. Todos aquí son actores “de los de antes” con arrestos para, en el 2013, seguir siendo los mismos.

Por otra parte, La ladrona de libros es una invitación a vivir el estilo de continuidad hollywoodense; ese que durante dos horas nos invita a vivir en un continuo entre la vida de los protagonistas y la vida nuestra. No nos equivoquemos, el mundo con sus luces sigue afuera, feliz en la medida de lo posible, el estilo de continuidad (ese gran invento de Hitchcock) produce una indeleble línea entre los actores y quienes tengan sensibilidad suficiente para adentrarse en esta tragedia de toques agridulces, que, paradójicamente, demuestra que la vida, a pesar de todos sus bemoles, siempre será bella. Será bella por el cine, será bella por los libros, por la ficción, por el amor y aún por la muerte; por todo lo que la política de calaveras de plomo (la imagen, claro es del poeta García Lorca) no puede fundir en los hornos de sus odios asesinos.

Es posible que los amantes del cine de minions (no lo niego, amo a los minions), encuentren La ladrona del libros muy larga. Los más impresentables encontraran en ella incluso un pretexto para justificar un régimen político actual con nombre y apellido. A los miniófilos, los perdono. A quienes, sin embargo, creen que ha llegado la hora de olvidar los horrores de un régimen asesino, los invito a que dejen de lado sus odios políticos y su fallida inteligencia. Nazis y neonazis viven entre nosotros, viven disfrazados, viven gozosos y esperan el momento de saltar a la calle a romper cristales y quemar libros. Por eso y solo por eso no puede olvidarse el trauma. Hay cosas que no deben volver a pasar.

Hace muchos años, una amiga en Nueva York me decía que cuando se sentía deprimida le gustaba leer historias del Holocausto. Su novio, un judío ortodoxo, no podía entender semejante manía. En el recuerdo del trauma está el “no volverá a suceder”, en el recuerdo de quienes quemaron libros, destruyeron ciudades enteras, experimentaron genéticamente con niños y aún hoy se escudan en civiles para promocionar económicamente organizaciones asesinas, hay algo luminoso. Brilla en cada historia de estas la luz de un espíritu humano que se niega a sucumbir ante la oscuridad de la Shoah. El Holocausto.

La ladrona de libros es una película llena de claroscuros, pero en ellos más que cualquier otra cosa brilla la luz.


The Book Thiek (La ladrona de libros).Dirección: Brian Percival. Guión: Markus Zusak y Michael Petroni.Fotografía:Florian Ballhaus. Musica: John Williams. Con Roger Allam Roger Allam, y Sophie Nélisse. Estados Unidos, 2013.