Las desventuras de Depardieu

El paseo pudo costarle una pena de dos a cuatro años de cárcel, pero las autoridades fueron generosas con él. Entendieron que no tenía ni la menor idea de lo que significaba su grave delito.
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(Milenio Digital)

Ciudad de México

La vida de Gérard Depardieu es un verdadero torbellino. Un torbellino que a veces topa con roca. Excelente actor, filma un montón de películas cada año. Cinco, siete, 10. Se hace cargo personalmente de su lujoso hotel boutique en París, conduce los destinos de sus viñedos, hace inversiones bursátiles que ponen la carne de gallina a muchos, se dispone a abrir un negocio cafetero en Rusia, y en Bélgica es propietario de una taberna, un restorán, dos cavas de vinos y un hotel. Se da tiempo además para conducir su moto en estado de ebriedad, orinarse en el pasillo de un avión y visitar con cierta frecuencia las comisarias en calidad de inculpado por sus faltas administrativas. También dedica buena parte de su energía a sus pleitos frecuentes con el fisco francés y a procurarse las simpatías de las autoridades y los ciudadanos de los países que le han dado cobijo desde que decidió abandonar Francia hace unos meses para escapar del yugo fiscal. Trata también de no perder popularidad en Francia y emprende verdaderas campañas para convencer a sus compatriotas de que su amor por los colores de su bandera permanece intacto a pesar de todo. Aunque le atice de vez en vez voces fuertes a su presidente, François Hollande.

En medio de tanta actividad y tanto esfuerzo conciliatorio, ha topado con piedra en estos días. Con su nacionalidad rusa enfrentó problemas hace unas semanas, cuando visitó una región separatista georgiana. El paseo pudo costarle una pena de dos a cuatro años de cárcel, pero las autoridades fueron generosas con él. Entendieron que no tenía ni la menor idea de lo que significaba su grave delito. Pero las cosas se le han puesto peor últimamente por los resultados de su interpretación de Rasputín en una coproducción fílmica con la participación de Rusia y Francia.

En pleno lambisconeo, Depardieu había expresado a gritos al comienzo de la filmación que tenía mucho en común con el siniestro personaje, que se moría de ganas de interpretarlo desde que tenía 15 años y que lo asociaba con el alma rusa. Tanto rollo para nada. Ahora que la cinta se acaba de estrenar en Rusia el público y la crítica lo están haciendo pedazos. Ante el regocijo de la prensa francesa, le han prodigado burlas y reclamos por su caricaturesca visión del personaje. Se mueren de la risa allá mientras lamentan que no pudo hacer de Rasputín un personaje infernal, ni siquiera cómico, y que la trama de la cinta quedó reducida a una colección de coloridos clichés. Se burlan de su gran nariz y un diario ha asegurado que en su actuación como Rasputín “el talento estaba allí, pero el diablo lo llevó por mal camino”.

Lo peor de todo es que el presidente Vladimir Putin había adivinado en esa actuación una aportación cultural del artista francés que justificaba su decisión de otorgarle la ciudadanía. Ahora estará buscando al culpable del desastre en el que Depardieu seguramente no está solo. D


*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa